sábado, 26 de marzo de 2011

Alfonso y el tigre

Después del incidente con el tigre, Alfonso padeció fuertes dolores de cabeza durante más de una semana. Pero era un hombre terco, y a pesar de la comprobada inutilidad de las aspirinas sólo los coágulos de sangre lo decidieron a visitar al doctor.
—A ver, dígame qué le pasa —le dijo el médico, parado frente a él.
—No sé —respondió Alfonso, que estaba sentado en la camilla—. Por eso vine —se sentía cohibido por el excesivo olor a limpieza del consultorio.
—Veamos —dijo el doctor, y tras un suspiro de formalidad, le introdujo en la boca la paletita de madera—. Mmmm. Ya veo… —otro suspiro.
Después de auscultarlo, el doctor fue a sentarse detrás del escritorio. Apoyado de codos sobre la mesa, empezó el cuestionario de rutina, al tiempo que garabateaba las respuestas sobre un papel amarillento. ¿Nombre completo? Alfonso Hernández Moreno. ¿Edad? 36. ¿Tipo de sangre? O positivo. ¿Alergias? Ninguna…
—Y qué es lo que se siente, señor Alfonso —lo miró el doctor hacia el final de las preguntas.
—Realmente, doctor, no sé. Bueno, ahora no sé. Primero fue un dolor de cabeza muy fuerte. Llegué a creer que me mataría, pero las aspirinas lo aplacaron al principio. Incluso esa noche pude dormir bastante bien —se calló. Mientras hablaba, había venido a sentarse frente al doctor, que seguía tomando apuntes. Éste lo miró: un cierto dejo de lástima empezaba a notársele.
—Ya veo… —y se puso a escribir.
—Pero al día siguiente —retomó Alfonso— pensé que la cabeza se me iba a partir por la mitad. Gracias a Dios, las aspirinas… aunque esta vez me quedó un dolorcito como de cansancio, aquí en la nuca, doctor. Y así hasta que las pastillas no sirvieron de nada. Pero vea que uno se acostumbra a cualquier cosa y la verdad es que ya yo me había hecho a la idea. El problema para mí son los coágulos de sangre que se me empezaron a venir por la boca hace ya dos días. Entonces sí me preocupé, doctor, y por eso vine.
—Ya veo. Dígame una cosa, señor Alfonso, ¿cómo son esos coágulos?
—De sangre, doctor. Aunque yo les noto algo raro, como unos grumos blancuzcos, rosados.
—A ver, señor Alfonso —y puso los codos sobre el escritorio—, dígame algo más: ¿usted había sufrido de estos dolores antes? ¿Sabe si en su familia alguien más padece o padeció cefalalgias o migraña?
—No, doctor, nunca. Es más, creo que sé cuál es la causa del asunto. Usted sabe que hace unos días se celebraron los carnavales.
—Sí —respondió el doctor—. Yo me disfracé de burro —y sin poder evitarlo se echó a reír.
Alfonso esperó con mansedumbre.
—Pues vea, doctor —dijo al fin, mientras el doctor se secaba las lágrimas—, esa semana me quedé trabajando. Mi abuelo se había muerto unos días antes y yo no estaba de buenos ánimos.
—Lo siento —dijo el doctor, y aunque seguía pensando en su cola de burro, logró reprimirse.
—Usted sabe que nunca faltan los compañeros pesados. No sé quién maldito entró en mi oficina a la hora del almuerzo y dejó un tigre amarrado a la pata de la mesa. Usted imaginará mi susto al momento de abrir la puerta. Por fortuna el animal estaba bien amarrado y, aunque quedé indefenso por el desmayo, no me hizo nada. Me desperté en la enfermería, ya con el maldito dolor de cabeza.
—Ya veo —dijo el doctor con ojos distraídos y volvió a sus apuntes. Tras un silencio pensativo, agregó—: Mire, señor Alfonso, espero que no se alarme por lo que voy a decirle. Después de todo, cuando el paciente llega al estado en que usted se encuentra, los peligros reales ya han pasado. Su problema es muy sencillo: lo que usted ha venido vomitando en esas continuas hemorragias es su cerebro. No me mire así. Tal vez, al desmayarse, recibió un fuerte golpe en la cabeza, quizás tan fuerte que le licuó los sesos. El dolor explica la lenta fragmentación de su masa cerebral y esos grumos que usted dice haber visto mezclados con la sangre no son otra cosa que trocitos de su cerebro. Pero, ya se lo dije, el riesgo mayor ha pasado, y lo más seguro es que los dolores desaparezcan cuando haya terminado de evacuar su cabeza. Es muy probable que después de eso usted se sienta despistado por momentos o que empiece a olvidar algunas cosas, pero no se preocupe: es natural. Después de todo, uno termina por acostumbrarse a lo que sea. Créame, usted podrá vivir con eso.
El doctor —que mientras hablaba no había dejado de pensar en su cola de burro—tenía razón. Dos días después de la consulta, Alfonso vomitó la última vez, y ya no volvió a sentir dolores de cabeza.