domingo, 30 de diciembre de 2012

Mamá viaja por la noche


Hace unos días he recibido la visita de mi madre. Cada vez que la veo de nuevo -ya sea después de un par de semanas o tras una larga temporada de ausencia- tengo la ilusión de verla emerger de una inmensa negrura. Supongo que esto tiene mucho que ver con los dos infartos que sufrió hace unos años. Fueron dos ataques terribles que, según su médico, no le destrozaron el corazón por puro milagro.
Y he aquí que antenoche realizó un viaje de nueve horas para venir a Cartagena a resolver algunos asuntos pendientes con el abogado que le está diligenciando la pensión. Durante dos días fuimos de un despacho a otro bajo un sol de cuarenta grados, sin que ninguna alusión a su corazón enfermo fuera suficiente para arrastrarla por más de media hora al reposo de un restaurante o el sosiego sombreado de alguna plaza del Centro.
Después de aquel trajín, me ha sido imposible luchar contra la nostalgia de "las matas abandonadas" en el jardín de su casa, y anoche emprendió el viaje de regreso, dejándome la impresión de haber vagado todo este tiempo de la mano de un ser inconcebible. Me ha dejado también el deseo de escribir su historia y al mismo tiempo -para precoz desconsuelo mío- la comprobación de que tal empeño demandaría una cantidad de páginas incontables y un talento que tal vez no tengo. Por tal razón, quiero limitarme a presentar dos realidades que ella ha hecho surgir ante mí.

La primera está formada por la población de sujetos maravillosos que habitan mi olvido. Es casi aterrador darse uno cuenta de todo lo que va dejando de recordar: cada una de las personas que alguna vez nos dijeron una frase cariñosa, quienes tuvieron un gesto compasivo para nuestra debilidad o alimentaron la fantasía de nuestros primeros años... Todos por igual relegados a un limbo injusto y demasiado propenso a perderse para siempre. Digo esto porque quiero agradecer y renovar la alegría (esa alegría infantil que nos dan las revelaciones) de hablar con mi madre acerca de algunas personas, muertas en su mayoría, en quienes no había vuelto a pensar una sola vez durante los últimos diez años.
Ahí está Ñelo con la blancura verdosa de su ojo derecho, su caminar inflexible apoyado sobre un bastón de cañaguate, el sombrero vueltiao y la aseguranza cruzada con una pita sobre la barriga que sobresalía por la camisa rala, siempre desabotonada.
Y la señora Rebeca, "plebe y dicharachera", abuela de Sorangel, la indiferente novia de mi infancia.
Y el finado Gustavo, que se sentaba en un taburete a la puerta de su casa y nos atrapaba en vuelo para sacarnos la "pelleja" (la técnica consistía en cogerno el pellejo de la barriga entre el dedo pulgar y el índice, estirarlo de golpe hacia arriba y soltarlo en el momento justo para ver que tanto sonaba: a más decibeles, más gordo y saludable estaba uno).
Y la diminuta señora Cristi, con sus ojitos tibetanos: abuela de Eni, nuestra nana de doce años.
Y la señora Carmen, tía lejana de mi padre, que tuvo el más famoso criadero de caballitos de palo y murió insuperada en la fórmula para hacer "arropillas".
Y el Bony, un vecino que usaba patillas al estilo escocés y de quien siempre tuve la impresión de haberle visto afeitándose con su navaja automática.
Y Pello Lindao, el gigantón, siempre dormido en una cama minúscula de la que sobresalían sus piernas desde la pantorrilla.
Y Lascarro, el viejo de la gripa interminable y los pantalones de campana, que se robaba el alambre  de púa que cercaba el cementerio para fabricar bases de tinajas.
Y Ruiz, el viejo Yenco, ñato empedernido y tontuelo de vocación: el árbitro que gritaba las faltas en vez de pitarlas; el que se anticipó a los teléfonos con cámara cuando le pidió al hijo, que vivía en Venezuela, que le comprara unos zapatos igualitos a los que tenía puestos; el inspector de policía que fue sorprendido robándose una mata de yuca.
Y al final de todos, admirado por todos, Nicanor Ortiz, mi tío-abuelo, fabulador empedernido que hace varias décadas llenó de narraciones fantásticas las noches de un pueblo sin luz: el hombre ciego que, al resplandor de los candiles, perpetuó, hecha leyenda, la historia de unos hombres cansados, analfabetos y nobles, y de unas mujeres ricas en mitos y agüeros, sabias para la crianza de los hijos y pacientes amansadoras de la tierra.

Lo otro que me ha regalado la visita de mi madre es la imagen -más o menos patética- de un bus que hiende los cientos de kilómetros de oscuridad que la separan de casa. Pero ya en este punto no logro verla a ella (a quien acompañé a la estación y despedí sin ganas de llorar pero sintiéndome más triste y más solo que nunca): no logro imaginarla unida a la imagen de este bus que viaja tan rápido hacia un amanecer en tierras lejanas.
El bus es un animal oscuro (un cuervo, un búfalo a trote sobre las secas praderas interminables) que se mueve veloz tras un chorro de luz: un animal inmenso, inmemorial de tan soñado, dueño de un corazón infatigable que lo empuja hacia las entrañas de las tinieblas... y sobre ese corazón viaja mi madre, sosegada sobre los brazos de su propio cansancio, dueña de todo eso que nunca podré saber acerca de mí mismo: dispuesta a aparecer mañana ante mis hermanas, a surgir ante ellas, como el sol, desde la inmensa negrura de la noche.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Algunas imprecisiones


Aproximación al ejercicio de escritura creativa

Norman Paba


No se puede escribir literatura como si ya no hubiera una literatura anterior. No se puede deshonrar a los muertos y luego fingir que se descubre la poesía. Hay en la verdadera literatura un acto de contundente honestidad creadora, de misterio y de inevitable revelación. Pero también hay un arduo trabajo y un entrenamiento constante, porque no existe arte sin holocaustos, y el verdadero escritor tiene que aprender a separar el texto bien escrito de la obra maestra. La escritura de todo poema es inevitablemente un acto de amor y de fe que se justifica por sí solo. Casi siempre es un acto de amor desesperado y suicida llevado hasta las últimas consecuencias.
     La poesía es misterio y revelación, encuentro y cruce inevitable de lecturas. Porque los escritores son ante todo lectores, pero no todo lector es inmediatamente un escritor. Cortázar, a través de Horacio Oliveira en Rayuela, nos habla de libros desencadenadores, dichos libros son capaces de motivar la lectura de otros textos y por consiguiente de generar en el lector nuevas perspectivas respecto al mundo y a su concepción del arte. Mi primer libro desencadenador fue Trópico de Cáncer de Henry Miller, tenía 15 años; en un momento de sus páginas el narrador recorre las calles hambriento y enfermo de gonorrea y desesperado como solo puede estarlo un escritor en ciernes bajo la lluvia de París, pero su cabeza gira obsesiva en torno a su obra; él puede robar o trabajar o curarse pero el hambre y la enfermedad pasan a un segundo plano, su literatura ocupa su última esperanza, lo que él tenga que decir no lo dirá su cuerpo podrido, ni su conciencia torturada; lo dirá el manuscrito que celosamente guarda entre sus manos, mojado por el rocío y de algún modo bendecido por la belleza; después de leer esto quedé francamente deslumbrado y pensé inmediatamente que sí, que ese era el camino, que por allí iba la cosa. Esa imagen me pareció reveladora: el tipo aplastado por la mierda que sacrifica su cuerpo en pos de su obra. Carajo, yo la parafraseo horrible, pero el maestro que es Miller me hizo despertar por primera vez al compromiso. Era un mártir y de la hoguera de su cuerpo florecía la Literatura misma, esa que es honesta, que galopa entre generaciones y ojos, entre sensibilidades y sexos, entre actitudes y voluntades.
     Algunos años después recuperándome de una pelea en un bar, y con un ojo vendado y la nariz rota y hematomas adornándome como negras flores de odio, comencé a leer Sexus, el primer libro de la trilogía de La Crucifixión Rosada. Nuevamente el poder de Miller me embrujó de principio a fin. Supongo que leerlo en ese estado es ya de por sí un homenaje, quizá inconsciente durante aquella convalecencia pero ahora totalmente claro y revelador, a lo que una vez comprendí de ese momentáneo pero infinito lugar de su libro.
"Trópico de cáncer" de Henry Miller     Si algo detesto es adoctrinar conciencias, o creer que a partir de mi experiencia puedo iluminar sonrisas alrededor, eso es patético, como patético es sentarse y creer con los ojos desbordantes de adoración casi orgásmica que otro ha abierto una puerta inexpugnable o tiene un secreto tan gigantesco y asquerosamente cierto que necesita ser contado, eso es despiadada mediocridad; si piensas de esa manera estás de antemano deshabilitado para el feroz viaje de la literatura. Todo poema es unidad autosuficiente, objeto único cuya manera de ser abordado y hecho es prácticamente intrasmisible, incomunicable. En la poesía no hay secretos, ni hay fórmulas, de haberlas todos los poemas del mundo serían iguales; la poesía es un acto individual de creación y perplejidad. La poesía, como el sexo y la experiencia mística, es intraducible a dos o tres recetas, lo que nos queda es el respiro o la impresión del respiro, y la exhalación, lo que nos queda es el temblor post-coito y esa absoluta sensación de haber volado.
     Hay una definición de Emily Dickinson que, en grandiosa inocencia y fuerza, nos ofrece una visión abrumadora: «Si leo un libro y ello me deja el cuerpo entero tan frío que ningún fuego puede calentarme, sé que eso es poesía. Si tengo la sensación física de que me arrancan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Estas son las únicas maneras que conozco». 
(1)
     En todo caso lo mejor es no tomar ninguna de las cosas aquí dichas al pie de la letra, aunque sean hermosas, los poetas suelen mentir. Ojala ahoguen en fuego este manuscrito antes que sus retinas encuentren el punto final. Es muy probable que mañana piense de otra manera, pero también es cierto que aún mantendré algunos puntos fundamentales en mi visión global de la poesía y la Literatura.
     Como he dicho o he intentado decir, mi intención no es dictar leyes ni motivar a nadie, mi intención si es que hay alguna, es clarificar ideas en torno a lo que considero es un escritor, qué hace, y por qué un buen puñado de estos es preferible a toda la literatura que se escribe actualmente. Yo por mi parte trato de no leer poetas vivos, exceptuando alguno que otro iluminado. La verdadera lucha es con los muertos que han sabido pelear contra el tiempo devorador de todo, excepto del verdadero arte. El tiempo tiene un gusto excelente.
     Considero que el poeta solo es poeta mediante la poesía, que el poeta está atrapado en ese título gigantesco mientras la poesía toma posesión de su cuerpo y de su voz, por lo demás es solo otro hombre común y corriente que come, caga, y duerme. Entonces no hay necesidad de mirar arriba y recibir consejos, nadie puede darlos.
     Tampoco hay necesidad de tanto entusiasta de la literatura a medio minuto del Nobel, eso abunda en este lugar que se ufana de ser país de poetas (lamentablemente no hay celdas ni mazmorras para meter tanto payaso, y creo que seguramente algunas ONGs de derechos humanos denunciarían el asesinato sistemático del ridículo, esa clase de ratas están protegidas por la suerte de la época).
     Ha habido poetas, es cierto, pero los que quedan actualmente son contados, cualquier persona con dos dedos de frente y medio ápice de sensibilidad sabe que eso es una triste mentira para justificar festivales insulsos con poetas aún más malos venidos de los aún más recónditos lugares donde solo habita la pésima escritura. Y ni hablar de las lecturas de “poesía”. Me hacen recordar a Bukowski cuando dice que Dios creó mucha poesía pero hizo muy pocos poetas. 
     La belleza abunda y eso es algo que dos o tres o mil castrados espirituales no comprenderán jamás; no hay que ser un genio para hallarla, ella se siente como se siente la cercanía de una mujer hermosa, como sientes el mar, como sientes el beso de la brisa en agosto. Solo basta recordar la frase que Borges en su conferencia en el Teatro Coliseo de Buenos Aires “¿Qué es la poesía?” atribuye a Browning: «Cuando nos sentimos más seguros sucede algo. Una puesta de sol. El final de un coro de Eurípides. Y otra vez estamos perdidos» (2). Robert Browning, te agradezco esta certeza, es un golpe, y una hermosa amenaza.
     Por otro lado, no estoy en contra de los talleres de literatura. Pienso, y supongo que no es cuestión de pensar sino de corroborar, que la actual literatura norteamericana debe su fuerza y gran parte de sus nuevos talentos a los estudios, de grado y postgrado, que desde muchas universidades impulsan la escritura creativa. Raymond Carver, Junot Díaz y Denis Johnson son solo tres elocuentes ejemplos. En todo caso siempre hay que tener presente que la literatura se hace en soledad y todo escritor, si quiere por lo menos un par de logros decentes, debe estar completamente seguro de que tendrá que estar solo; los talleres de literatura sirven en la medida en que perfeccionan tu talento, pero un mal escritor que asiste a un taller seguirá siendo un mal escritor luego de salir de allí, no hay truco en eso. Yo mismo he conocido a algunos fantoches que están en cuanta mierda existe y supongo que su “literatura” es inversamente proporcional a sus esfuerzos, y por qué no, a sus egos, desafortunados mecanismos de defensa.
     En todo caso pienso que el taller fundamental es la noche. Huyendo de las balas y de las putas frenéticas y sus navajas. Para mí no es posible alejar la poesía de la sensación de peligro que ésta entraña. Me recuerdo caminando las calles con la rumba viva dos o tres días después de comenzada, metido en callejones sin ninguna esperanza y de repente suena una canción de Pink Floyd en el cielo y todo se inunda de música y yo respiro cada cosa que existe y arde. Recuerdos así me hacen comprender que el paranoico ángel de la poesía me persigue con celo envenenándome de belleza cautiva. Hay poesía sin poemas. Paisajes, personas, hechos tan salvajemente brillantes y hermosos que suelen ser poéticos. Poesía que no se viste de poema. Poesía travestida de vida.
     Aquí es imposible dejar de lado ese hermoso poema 23 de Alejandra Pizarnik en Árbol de Diana:

"Árbol de Diana" de Alejandra PizarnikUna mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos. 
(3)

     Para mí la poesía es un acto tan o más poderoso que el asesinato; poesía es también sublimación. Sábato en una de las conversaciones con Borges, realizadas entre diciembre de 1974 y marzo de 1975, dice un dato que me parece interesante, menciona a Shakespeare y arguye la posibilidad de que el escritor inglés haya dado especial importancia en sus obras a los crímenes y asesinatos para no tener que cometerlos. La poesía, si es seria, es la verdadera rebelión. Siempre he tenido en cuenta una frase de García Márquez que encontré como epígrafe en un capítulo de una novela genial de José Sbarra llamadaMarc, la sucia rata: «El mundo sería igual sin literatura. En cambio, estoy convencido de que sería completamente distinto si no existiera la policía. Pienso, por tanto, que habría sido más útil a la humanidad si en vez de escritor fuera terrorista» (4). Esto hay que ponerlo en una placa arriba del escritorio y tenerlo presente para nunca olvidar: más hubiera ganado el mundo si en vez de libros hubiera puesto bombas en cuarteles de policía; la literatura no es para güevones. Lo que hagas hazlo hasta las últimas consecuencias. Y recuerda que:
Es derecho de nosotros, los poetas,
estar en pie ante las tormentas de Dios,
con la cabeza desnuda,
para apresar con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre, a él mismo.
Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos
el don celeste. 
(5)
"Marc, la sucia rata" de José Sbarra
        Ten siempre presente a Hölderlin.
     Entiende también que, aunque seas bueno, ya existe Artaud clarividente, y también Rimbaud respiró y luego nos enseñó que se puede ser grande y darle la patada en el culo a la Belleza e irse a comerciar armas a Abisinia (en lo posible se debe comerciar armas o personas o drogas). Saint-John Perse restituyó de plenitud y sentido al vértigo, y claro, René Char, el poeta combatiente que practicaba el arte de las emboscadas bajo los negros cielos de la Segunda Guerra Mundial, volvió visible el misterioso significado perdido de cada palabra. Eres solo una llama que se arroja al incendio gigantesco de la noche para iluminar el mundo o lo que queda de él.
     Los poetas nacen, crecen, y mueren, los verdaderos poemas permanecen más allá de las vidas. (Hay un poema de Charles Bukowski que de manera más dramática y tal vez patética, pero por qué no más bella y lucida, dice lo anterior; no lo mencionaré aquí inmediatamente, lo dejaré al final del texto, para quien quiera leerlo).
     Este mundo está lleno de magnífica poesía escrita. Pienso en Ezra Pound, de lucidez abismal, aislado primero en una jaula en Pisa y luego encerrado en el manicomio de Santa Isabela, a las afueras de Washington; pienso en sus Cantos y en Personae y en el movimiento imaginista, en su libertad y su revitalización del lenguaje simbólico, en su gran amigo y discípulo T. S. Elliot. Pienso en toda la poesía posterior a ellos, en el hecho de que leerlos significa olvidarlos inmediatamente, exorcizarlos del cuerpo con Dylan Thomas, con Ginsberg, con Silvia Plath (así funciona con Hemingway y Faulkner, leer uno hasta la ceguera y luego recuperar la vista paulatinamente con el otro).

"Madame Bobary" de Gustave Flaubert"The Cantos" de Ezra Pound

     Si tienes influencias no las insultes lanzándolas como putas baratas en los textos. Escribe hasta depurarlas, hasta que te sangren los dedos. La voz propia es apenas un resultado inevitable del proceso. En todo caso hay que trabajar duro, constantemente; decían que Flaubert duraba una tarde quitando una coma y la tarde siguiente poniéndola. No hay necesidad de publicaciones prematuras, ni siquiera hay necesidad de publicaciones. Hablando de Flaubert, recuerdo que Raymond Carver menciona en una entrevista, llamada “De qué hablamos cuando hablamos de minimalismo”, que durante los primero trámites de publicación de Madame Bovary el novelista fue instado por los editores a cambiar el contenido de algunas hojas y a cercenar otras, él se negó, los editores amenazaron con cancelar todo, él respondió que podían seguir siendo amigos, pero que había aprendido a diferenciar perfectamente el negocio literario de la literatura. Esto es una gran enseñanza. Imaginen un mundo con Madame Bovary censurada por el miedo y el pudor y el dinero. Ante esto prevaleció la voluntad creadora del escritor, la honestidad última del verdadero artista; el mundo editorial está saturado de poetas mediocres, de novelistas perdidos, de vendedores de almanaques con pretensiones de inmortalidad; piensa que, si no vas a dar arte, mejor harías dedicándote a cualquier otro trabajo, no te maltrates ni maltrates la belleza, sé digno y enfréntate a la derrota en silencio, no hagas de tu miseria un estruendo de hojas; y no hagas el ridículo de esos farsantes embebidos en trances pseudomístico-narcisistas que tildan a la poesía como refugio y la declaran salvadora de sus inútiles culos. La poesía, como Hölderlin nos enseñó, es un oficio peligroso, es mirar a los ojos de la bestia y perderse. Si quieres salvación compra un revólver. Si quieres salvación comienza a orar. La poesía, si es honesta, solo debe salvarse a sí misma.
     Respeta sobre cualquier cosa al lenguaje, ya que el poeta se debe a este. El lenguaje es lo que queda después de la conflagración primordial. Las palabras hay que pulirlas, labrarlas, acerarlas; las palabras son organismos en estado de perpetuo nacimiento y se entregan al verdadero poeta como símbolo de la unión de este con su propia naturaleza; escribir poesía es indagar entre el océano de posibilidades plásticas y eléctricas del lenguaje; las palabras exactas siempre comulgan fuerza y belleza, comunican el mar con el cielo.
     Siempre he creído que los hombres nacen con un determinado número de palabras, he creído o me he convencido de creer en esto, para cuidarme de no desperdiciarlas en mis textos como si fueran luz desesperada. No puedo andar escupiendo y balbuceando como cualquier mediocre local, si vas a decir algo, dilo, déjate de rodeos; si el texto necesita que seas extenso, sé extenso, si por el contrario el poema se contiene en una corta respiración, no lo fuerces; lo realmente maravilloso del oficio del poeta es que las mismas palabras se van escogiendo unas a otras. Borges, cuando comenzaba a escribir, ya tenía una idea general del principio y del final, pero él mismo dice en alguna entrevista y María Kodama lo reafirma en alguna otra, que durante la escritura de sus textos, fueran cuentos o poemas, sentía que cada letra se iba colocando en su lugar como si de antemano hubiese sido escrita desde siempre. Yo estoy de acuerdo con Borges en esto y en lo implícito de la frase: la poesía es cadencia y ritmo. No en vano, Carlos Edmundo de Ory, gigantesco poeta español, vilmente sepultado en vida, decía que el poema no tenía ninguna relación con la novela, que estaba más directamente emparentado con la música. El poema no es una forma literaria, el poema es el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre.
     También son importantes las cosas que dejamos afuera de los textos, pues siguen implícitas como fantasmas del sentido en ese lugar donde la intuición se mezcla con la sensibilidad y el placer de la lectura; es posible tener una idea clara del poema antes de empezarlo (a la manera de J. L. B.), o es posible que gritos interiores y también silencios dicten el poema (de Ory), pero es también bastante sabido que la corrección de los textos es parte del trabajo arduo y que durante esta corrección mucho se deshace, se borra, se rompe, se sangra, se pelea. El poema perfecto, una visión del poema perfecto, sería el que contenga el mundo entero sin esbozarlo. El poema que fuera universo y hermosa sencillez, levedad, fuerza sonora. Magia. Disparo. Noche. Felicidad.
     No te preocupes por quién habla en tus poemas. Los temas, si es que dicha cosa existe, te buscan a ti. No dejes que la técnica le gane a la música. No llenes de ruidos inútiles tus versos. No escribas influido por trucos o ingenios que solo reflejan mediocridad; hay mucho constructor de artefactos literarios que se oculta tras un par de cosas correctamente escritas, pero ausentes de cojones o alma. La literatura tibia es asunto del olvido. Lo triste es que con nosotros solo podemos llevarnos la satisfacción de haber hecho y dado lo mejor, y la mayoría de estos sujetos mediocres viven entorpeciendo la comprensión de lo que supuestamente aman.
     Solo lee constantemente y escribe y quema. La poesía es afirmación que reordena el universo. La poesía se copula constantemente a sí misma y es el resultado de sus propios gemidos. La poesía es adoración ritualizada de la belleza fundamental. Es tormenta contenida en desierto. Es exilio al país de los fuegos perpetuos.

Carver: alumno de escritura creativa
Carver: alumno de escritura creativa

     Ahora dejemos que hable Bukowski:



MANUAL DE COMBATE
dijeron que Céline era un nazi
dijeron que Pound era un fascista
dijeron que Hamsun era un nazi y un fascista.
pusieron a Dostoievski frente a un pelotón
de fusilamiento
y mataron a Lorca
le dieron electroshocks a Hemingway
(y sabes que se pegó un tiro)
y echaron a Villon de la ciudad (París)
y Maiakovski
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados,
bueno,
también se pegó un tiro.
Chatterton tomó veneno de ratas
y funcionó
y algunos dicen que Malcom Lowry murió
ahogado en su propio vómito
borracho.
Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no encendió el horno.
Séneca se cortó las muñecas en la
bañera (es la mejor manera:
en agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir y
hay muchos más.
¿y tú quieres ser
escritor?
es esa clase de guerra:
la creación mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo y
no lo pueden hacer
nunca más.
algunos pocos llegan a viejo.
algunos pocos hacen plata.
algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
es esa clase de guerra:
bajas por todas partes.
está bien, adelante
hazlo
pero cuando te ataquen
por el lado que no ves
no me vengas con
remordimientos.
ahora me voy a fumar un cigarrillo
en la bañera
y luego me voy a ir a
dormir. 
(6)


"Guerra sin cesar" de Charles Bukowski"Obras completas" de Jorge Luis Borges"Aclaraciones a la poesía de Hölderlin" de Martin Heidegger


     —————
     (1) De Ory, Carlos Edmundo, Poesía y definición. Pág. 4.
     Disponible en http://www.infopoesia.net/pdf/Carlos%20Edmundo%20de%20Ory.pdf.
     (2) Borges, Jorge Luis, Ciclo de conferencias. Pág. 43.
     Disponible en http://www.razonesdeser.com/informes3/Sietenoches.pdf.
     (3) Pizarnik, Alejandra, Obra completa, Medellín, Árbol de Diana, 2000, pág. 206.
     (4) Sbarra, J. Marc, La sucia rata. Pág. 45.
     Disponible en http://www.tevoyaatornillar.com.ar/tvaat1/PDF1/JoseSbarra.pdf.
     (5) Heidegger, Martin, Hölderlin y la esencia de la poesía. Pág. 11.
     Disponible en http://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/viewFile/76281/98533.
     (6) Bukowski, Charles, Manual de combate.
     Disponible en http://hankover.blogspot.com/2008/11/manual-de-combate-by-charles-bukowski.html.

     Bibliografía
     —Barone, Orlando, Diálogos: Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Buenos Aires, Emecé, 2007.
     —Borges, Jorge Luis, Borges literal: transcripción de las conferencias pronunciadas por Jorge Luis Borges, entre junio y agosto de 1977, en el Teatro Coliseo de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, Umbriático, 2006.
     —Capote, Truman, Music for chameleons, New York, Random House, 1980.
     —Carver, Raymond, La vida de mi padre: cinco ensayos y una meditación, Santa Fe de Bogotá, Norma, 1997.
     —Cortázar, Julio, Rayuela, Bogotá, Alfaguara, 2004.
     —Chejov, Anton, Consejos a un escritor: cartas sobre el cuento, el teatro y la literatura, Madrid, Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2005.
     —Miller, Henry, Tropic of Cáncer, Toronto, Granada Publishing, 1965.
     —Paz, Octavio, La casa de la presencia: poesía e historia, México, Círculo de Lectores, 1994.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

De Pessoa, sin cariño


"He sufrido la humillación de conocerme".

***

"Busca un puerto lejano una nave desconocida
Ese es todo el sentido de mi vida"
.

***

"A veces me pongo a mirar una piedra.
No me pongo a pensar si siente.
No me extravío llamándole hermana mía.
Pero me gusta por ser una piedra,
me gusta porque no siente nada,
me gusta porque no tiene ningún parentesco conmigo.
Otras veces oigo pasar el viento,
y me parece que sólo para oír pasar el viento vale la pena haber nacido".

***


"Con pequeños malentendidos con la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las cortezas a las que llamamos panes, como los niños pobres que juegan a ser felices".



miércoles, 21 de noviembre de 2012

Un epitafio para Don Juan


Y no me hablen de grandezas después de que este hombre
que se tendió tantas veces para el amor
se tiende hoy para la muerte.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Literatura universal, según Google



Cervantes.


B. Stoker


J. Austen.


J. L. Borges.



F. Dostoievsky.


A. P. Chéjov.


C. Vallejo.


Bioy Casares.


A. C. Anderssen.


A. Malraux.


A. Christie.


C. Milosz.


R. Gómez de la Serna.


C. Dickens.


E. Saint-Exuperry


F. Pessoa


J. F. Goethe.


G. Flaubert.


H. G. Wells.


I. Calvino.


J. de la Fontaine.


H. Melville.


P. Neruda.


L. Pirandello.


A. Pushkin.


J. Rulfo.


J. J. Rousseau. 


M. Twain.


J. Verne.


Y. Kawabata.

sábado, 20 de octubre de 2012

Historia local de la infamia 4: Abel Capado


Desde que firmó sudivorcio, Abel Capado podía pasar horas enteras leyendo libros (teológicos, de psicología, novelas, poemas…) o escuchando canciones en busca de un personaje, de una voz que le dijera que no era ninguna desgracia el haber sido traicionado. Tan difícil como le resultaba encontrar una salida por sí mismo, se había entregado a la marea de los principios, a veces inconciliables, que alimentaban el alma de esos poetas cantores, tan dispuestos para la alegría como para el lagrimeo. De modo que no lograba mantenerse sereno durante un solo día, y tan pronto se tranquilizaba por el ejemplo de entereza de tal o cual personaje en su misma situación, como se convencía de que había hecho mal en no matar a su mujer. Pero no siempre es fácil decidir sobre estas cosas, y buena parte de los cuarenta y tres años que sobrevivió al golpe fatal de esa traición los gastó leyendo sus libros y escuchando sus canciones. Creo que llegó a tener la más grade biblioteca del desamor que se haya conocido.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Divagaciones de un hombre de piernas cortas



Para los seres humanos siempre hay cosas difíciles de llevar… Una cojera, una nariz abombada o más respingona de lo debido, unas manos ásperas… En fin, el cuerpo es de muchas formas una carga, y a uno puede darle por creer que si tal o cual parte no fuera como es, el mundo giraría mejor... A ojos de la mayoría, los bellos son seres privilegiados que se mueven dos o tres centímetros por encima del piso. Pero incluso los bellos saben que no son suficientemente hermosos, y que unos frijoles le sientan mal a cualquiera si se los come a altas horas de la noche… Por eso no debe extrañarnos el auge y continuo éxito de la cirugía plástica, ni hay que juzgar mal la tendencia de la gente a “reconstruirse” como una muestra de la vacuidad de estos siglos postreros. Si una mujer se cambia la nariz o se engrandece las tetas, no es porque sea más tonta que la de hace seiscientos años, sino porque ella nació en un tiempo en que son posibles tales procedimientos. Es más, parece claro que lo que hay detrás de todo no es tanto una manifestación de la vanidad humana como de su desasosiego: su cabal comprensión de que el mundo no está bien hecho: su mala comprensión del mundo: su crónica incomprensión del mundo. El deseo de unas tetas perfectas es, al menos, la muestra de que para alguien existe una idea de perfección. No la que puede consumarse en el arte, donde la durabilidad del lienzo o la dureza de la piedra la hacen parte de un simulacro demasiado evidente. La belleza de una mujer de mármol nos paraliza en medio de la frustración que nos genera su impenetrabilidad. La belleza de una mujer de silicona, también es un simulacro; pero un simulacro que podemos tocar… Un pintor, por ejemplo, sigue moviéndose sobre un plano de representaciones más humano que el cirujano plástico. El acto de creación del artista es paralelo al de los dioses; el cirujano, en cambio, mete directamente las manos en la creación de éstos, con la pretensión de corregir sus divinos descuidos… Pero no era esto a lo que quería llegar. Esa primera línea, “para los seres humanos siempre hay cosas difíciles de sobrellevar”, sólo pretendía servir de entrada a un pequeño apunte sobre lo duro que puede ser el hecho de tener una baja estatura. Ayer, viendo bajarse del bus a una señora muy chaparra –sus altos tacones apenas si le completaban el metro y medio-, pensaba cómo, con el tiempo, el tener piernas cortas puede llegar a convertirse en un gran inconveniente. Cuando uno es joven (yo también tengo piernas cortas), puede vadear ciertas dificultades por la gracia de la habilidad y la fuerza de un cuerpo nuevo. El estribo demasiado alto de un autobús, por ejemplo, no representa mayor cosa: donde a los otros les basta con alzar la pierna, uno da un saltito imperceptible, y ya está. Pero cuando las articulaciones se endurecen y los músculos se aflojan, tiene uno que enfrentarse a la humillación de su incapacidad para moverse bien en el mundo de los grandes. Entonces uno (acostumbrado a mirar a los otros hacia arriba) empieza a darse cuenta de que ahora es más difícil evitar parecer un niño de movimientos torpes, un niño hipertrofiado por la carga de los años…
En fin… pensaba decir otras cosas, pero debo reconocer también que la mayoría de veces soy un tipo de ideas pobres y corto aliento.   

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Mujeres fatales


Debo reconocer que frente a ella siempre me sentí vulnerable, indefenso. Y no como un niño, sino como quien ha conocido la maldad y sabe que es imposible penetrar el corazón de una mujer… Estaba tan desamparado frente a ella, como ante la muerte: la muerte que es mujer también.

jueves, 26 de julio de 2012

Apología del realismo



 Unas palabras exaltadas en favor de la sobriedad

Una cuestión que debe resolver, ineludiblemente, quien empieza a escribir tiene que ver con lo que en un determinado momento se le revela como realmente digno de contarse. Es decir, debe decidir qué asuntos son los que harán parte de ese mundo que quiere crear.
En sus primeros textos, la mayoría de escritores se inclina hacia lo dramático, hacia el patetismo de las situaciones que marcan los límites de la condición humana. De ahí que sus poemas y cuentos se conviertan interminables inventarios de lamentaciones y quejas que van desde la terca marcha de los relojes hasta la también terca mudez de Dios. Con el tiempo, ese espíritu de insatisfacción sigue intacto; pero –ante la indiferencia de los silenciosos titanes― su voz se tuerce sobre la injusticia humana. Nacen de este giro los compromisos políticos y los malos poemas revolucionarios que casi siempre terminan en fría resignación. A veces, sin embargo, el joven espíritu del escritor no se recupera de las primeras heridas y, una publicación tras otra, el público verá nacer su frondosa caterva de criaturas doloridas.
Hay, en cuanto a estas posibilidades, una infinidad de matices que harán la buena y mala literatura de todas partes.
Como puede verse, en los últimos días he estado muy ocioso. A tal punto que me he puesto a hablar como si yo mismo fuera un veterano escritor enfrascado en arduas reflexiones sobre su propio arte. No estoy seguro de que llegue yo a tal condición, ni me atrevo a considerarme escritor más allá del hecho de que me entretengo escribiendo. Pero se da el caso de que, tras darles tantas vueltas a estos asuntos, he empezado a andar por un camino poco antes transitado por mí, y sin querer me he puesto ante una idea en la que se pueden entrever atisbos de una verdad irresistible.
Entre otras cosas, he pensado que una vez se enfrenta uno al riesgo de crear personajes a imagen y semejanza de obsesiones demasiado personales (al menos en la forma de “encarnarlas”) o de adherir alguna ideología poco propicia al tratamiento literario, se hace evidente que pocas actitudes le causan tanto bien a la escritura como la que permite el realismo. A riesgo de ser demasiado obvio, podría afirmarse que esta tendencia ―tantas veces reinventada por tantos movimientos del pasado― es la que deja al escritor en una mejor postura frente a la realidad. Supone, por decirlo de alguna manera, la obligación de mantener la sangre fría (aquellos que saben en qué consiste la inspiración, sabrán valorar lo que esto implica).
No sé si sea una buena analogía, pero se me ocurre que un escritor de propósitos realistas ha de ser como un médico en tiempos de guerra, o de peste: podrán caer mil a su diestra (Salmo 91) y otros tantos estar agonizando, sufriendo, clamando a su izquierda, pero él se mantendrá fiel a su sagrado deber de dejar en pie el honor de los acontecimientos. No dará lugar en su mente ni al asco ni a la compasión, sino que buscará siempre el sosiego que le permita, por igual, hundir la jeringa o esgrimir el bisturí. Nada ha de turbarle: ni el ruido, ni el dolor, ni las promesas vanas de paz que le haga su propio cansancio.
Eso ha de ser el escritor realista: unos ojos atentos, unos oídos abiertos al fragor de muerte que atonta al mundo del que escribe. No dará albergue en su despensa ni a la sensiblería ni a la moraleja.
Atento a esto, el escritor realista tendrá que volver los ojos al ancho mundo, sin olvidar la falsedad y la nobleza que iluminan por igual al pasado en que habitan los más caros recuerdos (suyos y de sus prójimos) y al futuro en que resplandecen las más temibles promesas de destrucción. Mirar hacia afuera, pero no tan lejos que se olvide lo esencial del ahora que palpita entre sus manos: los conflictos, los temores, los fantasmas, las alegrías falsas y verdaderas de quienes han tenido el azar de ver este mismo tiempo, de vivir su mismo apocalípsis.
Como cualquier otro extremismo, la vocación realista de un escritor deja por fuera sus propias esperanzas y las de quienes han apostado por el activismo en favor de la conservación del planeta, de los animales, de la Libertad (en toda su extensión)… en fin, a los defensores de las causas perdidas.

jueves, 12 de julio de 2012

Las minificciones y yo


Ya sé por qué no me gustan las minificciones (o, para ser más justo, por qué en el fondo no puedo dejar de menospreciarlas). En literatura, como en la vida cotidiana, soy amante de los personajes: de los conmovedores, los sinceramente cursis, los atormentados, los triste, los frívolos sin aspiraciones de profundidad, los lascivos, los confundidos y los demasiado claros…
Los personajes cotidianos son una muestra de vida espontánea y a veces uno piensa que el mundo no anda bien cuando conoce un carácter dislocado, una persona de esas que no encajan; pero, en general, uno puede confiar en que el destino de las gentes dicta que las cosas sean como tienen que ser. Aunque esto suene despiadado o conformista, cada vez me convenzo más de que la cuestión es así.
Los seres literarios, en cambio, son resultado de un gesto premeditado, y en esa medida están bien o mal hechos. Todos son como esa criatura que el doctor Frankenstein hizo con retazos de varias personas: una abstracción abarcadora de una idea del sujeto, una muestra más expresiva de la complejidad humana. Pero por eso mismo viven el riesgo de la creación, la posibilidad de que alguno de sus elementos constitutivos quede fuera de lugar.
En ambos casos, los personajes se definen en sus gestos y a veces la claridad o la confusión que nos inspiran están marcadas por la realidad interior que nos revela el tono de sus palabras. Y como los gestos varían y una de nuestra obsesiones más arraigadas es el deseo de darle justo valor a nuestras palabras, nunca el instante de un párrafo o una página darán cabida suficiente a la complejidad de las razones que tiene un personaje para decir o hacer. En la reiteración se confirma la verdad más elemental de nuestro carácter, y si hay algo de lo que podremos dolernos es de nuestra incapacidad para aprender a actuar por fuera de nuestra triste naturaleza. Siempre actuamos igual, por más que nos hayamos flagelado ante una actuación pasada, porque hay voces e impulsos dentro de nosotros que asumen el control cuando nuestra conciencia se torna incapaz de tomar decisiones. Siempre envidiamos al que vemos actuar como nosotros pensamos que debiera actuarse, sobre todo porque nuestra lectura de sus actos es más equivocada de lo que estamos dispuestos a aceptar y porque generalmente uno ignora la pobre criatura que habita en el corazón y la cabeza de los hombres de mayor entereza.
La reiteración, digo, es difícil dentro del corto espacio de una página, y creo que se torna imposible cuando nos circunscribimos a un párrafo o una línea. Al menos se vuelve imposible hacerlo sin que se vea el artificio, sin que eso le reste efectividad.
No es que la extensión garantice nada, e incluso podemos afirmar que suele ser uno de los peores males de la literatura, pero es que a cada cosa debe corresponderle su justa medida, y la vida de un hombre y lo que la define (me refiero a la singularidad que la define) difícilmente cabrán en un espacio en el que hay apenas lugar para un atisbo de genialidad o sorpresa. 


martes, 10 de julio de 2012

Historia local de la infamia 3: Una mujer a una nariz pegada



Sospecho que nunca olvidaré la nariz de Dania. Es una nariz ajena, per se, a cualquier rostro que uno quiera asociar con la belleza. Una nariz arbitraria, autónoma, con una especie de vida interior atormentada que la mantiene constantemente a punto de explotar. Al ver sus puntitos negros y esa fuerte contextura que la hace tan despótica y audaz, uno no puede dejar de pensar en un vigoroso y libre albedrío: en un maquiavelismo despiadado.
       Al encontrarme con Dania cada mañana, debo luchar irremediablemente con la tentación de darle a esa nariz los buenos días. Por fortuna, siempre consigo contenerme y hablo con Dania de la manera más natural que puedo. Como quien dice, escarbo el cielo buscando pájaros madrugadores, con tal de no mirar su nariz. Es la única forma que encuentro de no entregarme sin vergüenza a un estudio detenido de aquella maravilla de la desproporción.
        Pero ella (Dania, quiero decir) es muy buena gente, a pesar de toda la maldad que uno pudiera endilgarle a causa de aquel terrible atributo. A lo mejor, ahora que este viaje me aleja de mi antigua vida, me olvidaré pronto de Dania; pero temo que el recuerdo de su nariz tendrá también el coraje de ir al pie de mi cama de viejo para cerrarme los ojos muertos.

lunes, 9 de julio de 2012

Una casa con jardín


Agosto 17 de 2008.

Hoy nos hemos mudado nuevamente. Es la tercera vez que lo hacemos este año. Katty no se siente bien, y parece que será muy difícil encontrar un lugar que sea capaz de brindarle la tranquilidad que tanto necesita. Después de su caída las cosas no marchan como esperábamos, pero qué le vamos a hacer.
        La casa es muy bonita, y al menos tengo la seguridad de que a Katty también le ha gustado. Es más, sé que no son propiamente los lugares los que la molestan, sé que se conforma con una habitación en que las cortinas estén siempre corridas. El barrio es muy tranquilo, y lo que más me complace es que esta vez tendré la oportunidad de cultivar un jardín. Espero que nos dure.

8:30 p.m.

Hemos cenado en la habitación pri.ncipal. El comedor está desordenado todavía. Durante la tarde he estado recorriendo el piso de arriba, dándome cuenta de la mejor forma de mantener las habitaciones con buena ventilación. Sé que Katty no querrá abrir la suya, pero para mí el asunto de la ventilación es fundamental, estoy convencido de que uno debe mantenerse rodeado de buen aire.
        En el desván que se abre sobre el cielorraso, he encontrado un par de cajas llenas de polvo y de objetos viejos. Adornos navideños, juguetes rotos, trozos de encaje, algunos álbumes, un manojo de cartas, un juego completo de medias de bebé.
        He estado viendo todo eso por un buen tiempo, y me ha llamado mucho la atención una carta que dirige una señora Francisca Olivares a una amiga. La he leído varias veces. Luego he buscado en vano una carta de contestación o cualquier otra cosa que me permita comprender un pasaje oscuro que aparece hacia la mitad de la carta. Me extraña que no tenga ninguna conexión con el resto de cosas que escribe.
        Ahora lo consigno:
…Había pensado escribirte sobre la historia de Martha y su padre. Quería darte cada detalle de cuanto supe, pero al final he jurado silencio. Creo que no podía hacer menos por ella. Cosas terribles suelen suceder bajo los techos donde vive la gente común, y las puertas que vemos todos los días, mientras vamos al trabajo o salimos de compras, ocultan secretos que de ser oídos harían llover sangre. Sólo eso digo, en la esperanza de que Martha algún día deje de sentirse miserable. A fin de cuentas, no he podido pensar en el asunto sin llegar a la conclusión de que ella sólo ha sido una mujer inocente con un destino muy triste...
        Espero que más tarde podré revisar estos papeles con calma. No sé si contarle a Katty, ella es muy supersticiosa y es muy probable que todo esto la intranquilice. No quisiera tener que mudarme otra vez.

martes, 17 de abril de 2012

Historia local de la infamia 2: Las oscuras razones de Abdulio Censontle

Lo que era a Abdulio, la situación se le estaba volviendo insoportable, sobre todo cuando comprendía que aquello no era más que una plebe y elemental falta de caracter. Sin embargo, lo peor vino después, cuando empezó a volverse incapaz de trabajar o ir a la despensa de la esquina.

        Al final (es decir, en los días en que lo encontramos tirado en medio de la acera, con una pea del putas) únicamente conseguía moverse a la acción con ayuda del remordimiento: sólo el sentirse vil y miserable le procuraba las pocas ganas que tenía de no tirar la toalla. Así es que se hizo ladrón de poca monta, mentiroso, onanista, puto barato... buscando las fuerzas necesarias para seguir viviendo.

lunes, 9 de abril de 2012

Historia local de la infamia: Perfil de un hombre sudoroso


Quién iba creer que a Celso Andujar -un hombrón de ojos bizcos y finos ademanes mujeriles- le sudaran tanto las manos. Era, sin exagerar, como una colegiala a punto de hacer su presentación de canto el día de las madres. Esto lo descubrimos el jueves santo por la noche, cuando llegó a la fiesta y nos dio ese saludito tímido y nervioso que es marca inobjetable de quienes -puertas adentro- sacian sin piedad sus más bajos apetitos.
        El resto de esa noche todo fue tomar, bailar, olvidarse de las penas propias y ajenas. A eso de las cuatro, cuando quisimos en vano emerger indemnes de aquella borrachera, Celso se había puesto a llorar sobre el hombro de la amiga que lo trajo. Sin exagerar, hay que decir que ninguna colegiala es capaz de llorar con tanta pureza y enjundia.

domingo, 11 de marzo de 2012

Metamorfosis


Pocas veces la había visto lucir tan hermosa. Aunque llegaba en un momento en que me faltaba tranquilidad para darme cuenta de cosas como esa, noté enseguida que algo había pasado en su rostro, o en su pelo, que la hacía particularmente atractiva. A simple vista ella es lo que suele calificar como una mujer agraciada, pero, insisto, yo nunca había notado la inviolable claridad de sus ojos, el engarce exacto que hacen su mandíbula y su barbilla, el tenue desplazarse de su cuerpo espigado y perfecto.

Debo confesar que nunca me he sentido cómodo cuando estoy frente a una mujer hermosa, aun si quien está frente a mí es la propia Silvana, la mujer esta que dice amarme, que no se ha guardado nada y de quien puedo esperarlo todo con tan solo abrir la boca o estirar la mano. Imagino que me intimidan, que encierran una especie de elogio que desde mi humilde (y humillada) humanidad no creo merecer. Porque si algo se puede decir de mí es que soy de los tipos a los que se les puede decir feo sin cargos de conciencia. Feo a secas. Un feo rotundo.

Pero ya se ve: ella ha vuelto. Y esta vez está más hermosa que nunca. Un poco más llenita, tal vez, pero con una especie de énfasis en cada parte de su cuerpo, con los rastros notables de una esmerada tarde de embellecimiento. Tal vez calculo mal, pero hace casi un mes que no la veo. Y lo peor es que ahora siento que la he estado extrañando sin darme cuenta. Siento que me duele el haberla dejado ir… el haberla echado después de una discusión que ahora me parece absurda. Cómo pude hacer aquello, me digo, ¡qué feo soy también por dentro!

He sentido ganas de decirle todo esto, pero me detengo y la dejo entrar. Le abro mi casa y mi vida, alentado esta vez por el atontamiento, o tal vez por un involuntario gesto de galantería. La invito a pasar, a sentarse en el mueble de la sala mientras me dirijo a la cocina por algo de beber. Pero ella me dice a secas que necesita hablar conmigo:

—Necesito que hablemos —me ha dicho, y hay en esa frase un dejo de tristeza que está a punto de conmoverme.

—Está bien. Hablemos… pero déjame ofrecerte algo de beber. Tengo algunas cervezas en la nevera.

—Agua está bien. No puedo tomar.

—Muy bien. Ponte cómoda.

Dispuesto a aceptarlo todo, cada vez más consciente de que nunca he querido perderla (a pesar de lo que dije la última vez que la vi), voy por dos vasos de agua.

—Estoy embarazada –me ha dicho al verme volver de la cocina.

Está sentada en el mueble verde de la sala. Se ha cruzado de piernas, y por primera vez noto que ha engordado más de la cuenta, que unos gorditos diabólicos le asoman por debajo de los codos. Vista bajo la luz de la lámpara de la esquina, se nota que durante todo este tiempo que estuvo ausente no ha hecho más que dormir y comer. Basta ver sus ojos medio estúpidos, sus labios demasiado gruesos, la horrible malicia que le ha crecido por todas partes... la invencible decisión que le veo, mientras vacía su vaso de agua, de instalarse en mi vida para siempre.

lunes, 30 de enero de 2012

J. Franzen: sobre el arte de la novela...

En conversación con la revista Arcadia, Jonathan Franzen ha dejado sueltas un par de opiniones sobre la novela que vale la pena rescatar y difundir. (A mí, al menos, esta entrevista me ha suscitado un serio interés por leer Las correcciones y Libertad)).
En realidad, se trata de un credo, de una forma de entender la literatura -y en particular la novela- como un espacio único para aclarar asuntos de primer orden en la vida de las personas. El suyo es un doble compromiso: con la literatura (en el sentido de mantener vivos los valores estéticos que la definen) y con ese público que se empecina en confiar que los escritores serán capaces de darle un poco de claridad a los viejos y nuevos conflictos de la humanidad.
En su propia búsqueda de una literatura más relevante, Franzen habla permanentemente y sin tapujos sobre la "importancia de llegar a una audiencia amplia, sobre la aridez de la literatura posmoderna, sobre la necesidad de hacer literatura que incluya, que entretenga, que sea relevante y que salga de los ámbitos académicos".
En este orden de ideas, ante el asedio de la entrevistadora (Catalina Holguín Jaramillo), va soltando las afirmaciones que justifican esta nota:

*"Quiero que más lectores aprecien los valores literarios. Y mi obra es una campaña activa en contra de los valores con los que no comulgo: sentimentalismo, narraciones débiles, prosa artificial, indulgente y solipsista, la misoginia y otros provincialismos, juegos verbales estériles, didactismo, simplicidad moral, dificultad innecesaria y fetichismos informacionales".

(Refiriéndose a esta cita, Holguín precisa lo siguiente: "Lo suyo es ´el realismo trágico`, que define como la exploración del mugre que se esconde tras el sueño americano")

*"El matrimonio destruye lentamente cualquier sentido de moral o de lo que es bueno y lo que es malo. La verdadera pérdida de la inocencia ocurre durante el matrimonio.

*"El motivo por el cual me atraen las relaciones de familia y de pareja es porque son las relaciones más intensas que hay. Ahí se concentra toda la carga emocional".

*Creo que la fortaleza principal del género de la novela es la oportunidad de vivir y experimentar, en algo parecido al tiempo real, las transformaciones de los personales".

*"Para explorar ese tipo de complejidades psicológicas -quizás la mayor fortaleza de la novela- es necesario enfocarse en las relaciones que obligan a considerar justamente las debilidades morales propias".

(Estas citas son, en parte, una justificación de lo que la crítica ha dicho al considerar el proyecto novelístico de Franzen como la permanente búsqueda de las conexiones que hay entre el orden personal y el social: "una novela en la que las relaciones íntimas y familiares de los personajes refractan verdades sobre la sociedad contemporánea).

En cuanto al compromiso del escritor, Franzen opina:

*"Nuestro trabajo consiste en buscar representaciones artísticas honestas (...) De modo que esa idea de un novelista proponiendo soluciones para un mejor mundo es simplemente absurda. Creo que es más interesante, y quizá más valioso, escribir sobre las pequeñas luchas morales y no sobre los grandes principios".

sábado, 28 de enero de 2012

"La sabiduría no es una vocación"


Siempre recuerdo lo que me dijo papá aquella madrugada de diciembre, pocos días después del escándalo en que se vio envuelto por abofetear a un médico amigo suyo. Iban a ser las cinco, y él y yo nos habíamos sentado en al anden para vigilar a los niños mientras jugaban con las velitas de la Concepción.
        -El mundo -me dijo cuando le pregunté por las "verdaderas" razones que había tenido para golpear a su colega- siempre te obligará a mostrarte muy sensato o muy estúpido. Por más que te resistas siempre es la misma vaina y, si quieres ser honrado, el único deber digno que te queda es mirar a tu alrededor y tratar de comprender.
        Con los dedos tomó la cera derretida de una vela que tenía a su derecha e hizo una bola del tamaño de una canica.
        -Si uno es de los que no entiende nada de nada, debe ser sensato y no preocuparse. A fin de cuentas en esas anda la mayoría de la gente. En cambio, si uno es de los que descubre siempre el verdadero valor de las cosas, debe buscar algo que lo atonte y lo libre de la locura que es el pago de esa lucidez...
        Hizo una pausa y levantó los ojos para ver qué hacían los niños. Luego miró hacia el cielo, que estaba pasando de negro a gris.
        -Como puedes ver,la sabiduría no es una vocación.
        Después de eso se quedó callado, entregándose por completo a pulir su canica de parafina. Supongo que esperaba alguna respuesta, pero preferí callarme.