sábado, 26 de noviembre de 2011

Para eso son los amigos


Salí de su apartamento y pedí el ascensor. Mientras lo esperaba en la impecable claridad del pasillo, disfrutando por última vez el furor de aquella vista, entendí por fin el sentido de sus palabras.

Justo estaba yo hablando de lo grande que era el mar, de lo pequeña y rotunda que se veía la ciudad desde allí (por dentro me preguntaba qué significaría poder ver esto todas las mañanas), cuando él cortó mi asombro con aquella frase:

-De tanto sonreírme la vida -dijo, con su tono de siempre-, le ha quedado una mueca que ahora no sé si es de dolor o de desprecio.

Después nos pusimos a contar lo que nos había pasado durante tantos años de separación. Yo dije todas las mentiras que pude para ocultar la frustración de estar pobre y casado, pero acostumbrándome definitivamente a lo que tenía. Él, por su parte, se empeñó cuanto pudo en arrancar las sábanas de despecho que sus palabras habían dejado caer sobre los caros muebles de su apartamento.

Intentos vanos de engañarnos, sinceros intentos de no lastimar la amistad ambiciosa y soñadora que en días muy remotos habíamos tenido.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una historia moralizante


A la edad que yo tenía entonces ese tipo de verdades, por más que a uno se las den molidas, le quedan dando vueltas en el gaznate. No en vano decía aquel burro de Plinio que la Juventud (la flaca y loca Juventud) es la única defensa que la Resignación (poderosa enemiga de los hombres) encuentra en nuestros corazones.
Nicanor Ortiz.

Ahora entiendo que ciertas cosas pasan porque sí. Aquella noche, cuando ya estaba de regreso en casa, me lo dijo el tío Roberto: “Esas cosas pasan, hijo”. Uno al final no sabe si puede fiarse de los hombres sentenciosos, pero el tío tenía razón. Yo trabajaba entonces en una librería y, si no fuera porque esa tarde me retrasé durante el almuerzo, seguro no me habría metido en problemas. A veces miro hacia atrás y, aunque quisiera ver todo aquello como un hecho sin importancia, debo confesar que pocas cosas de mi vida son tan dignas de recordarse.
Pero ya estoy viejo. Cuando se está viejo no valen los reproches, y lo peor es que uno se vuelve sentencioso. Como el tío Roberto, que un día me sentó frente a él para decirme cosas que luego se fueron volviendo verdad: me dijo que, viéndolo bien, las mujeres son todas buenas, que los hombres no ven bien y por eso las mujeres son malas a veces, que la cerveza es muy saludable para los nervios, que en ciertos momentos de su vida la gente suele descorazonarse... Siempre recuerdo al tío Roberto. Era un viejo zorro de los de aquellos tiempos.
La librería de la que hablo estaba ubicada en el cruce de dos calles con casas de grandes balcones, en la zona antigua de la ciudad. Era un buen sitio y yo entonces pensaba que tenía el mejor trabajo del mundo. No diré que ganaba mejor que un mesero, pero aquel era un lugar estupendo cuando imaginaba que saldría de allí para hacer grandes cosas. A veces me sorprendía suspirando (ya fuera porque los libros llegaban hasta el techo muy alto o porque había en el mostrador unas primorosas estatuillas de Sancho y Don Quijote o porque en el aire siempre flotaban buena música y aroma de café), al tiempo que repetía en mis adentros que era una suerte para mí poder ganarme la vida rodeado de tantas cosas agradables.
Una librería es un negocio particularmente raro (y apuesto completa mi vejez a que solamente quien haya sido librero sabe de lo que hablo). Aquella contaba además con un café, por lo que de vez en cuando se presentaban algunas dificultades adicionales, como la que esa tarde estuvo a punto de hacerme cometer una locura contra un hombre inocente: el cliente aquel muy conocido por todos que usaba copete alto y pedía palitos de aceituna con pepinillos.
Yo trabajaba en la parte de libros, pero casi todo el tiempo tenía que estar a cargo del café. Aunque había que lavar vasos y todo eso, debo decir que me gustaba bastante el espacio que quedaba detrás de la barra. De algún modo me pertenecía. Era como una ratonera y aún en los momentos de mayor ajetreo uno podía esconderse ahí detrás para leer un poco. Incluso se contaba que hacía varios años uno de los primeros dependientes solía traer a sus chicas para tirárselas detrás de la barra. Un fanfarrón que vino después, y que todo el tiempo estaba echando malos chistes, bautizó el café como el rincón de la impostura.
El día del incidente salí a almorzar después de la una. Fui a un restaurante que quedaba cerca, pues debía volver enseguida. Creo que la dueña llegaba de Bogotá esa tarde y teníamos que arreglar un par de asuntos con la administradora.
En esa época yo era bastante “disperso” (eso decía la administradora cuando quería ofenderme) y me resultaba muy difícil mantener una noción clara de mis responsabilidades. Iba por el mundo como quien no logra comprender que si no trabaja hoy no podrá comer mañana. Como que hacía lo que me daba la gana y sólo voltear la cabeza era excusa suficiente para cambiar la ruta. Iba y venía sin importarme gran cosa lo que eso pudiera significar. Pero por un tiempo estuve esforzándome y logré al menos ir sin contratiempos de mi casa al trabajo y a veces alcanzaba a llegar para la cena con mis padres y el tío Roberto.
Pero ese día me quedé viendo las noticias y justo cuando salía del restaurante cruzó por delante de mí la criatura más encantadora que veía desde mi primera comunión. Era una joven de esas que trabajan en el día y asisten a sus clases nocturnas con el uniforme de oficina. Debía ser empleada de alguno de los bancos que funcionaban a pocas cuadras de la librería. Era hermosa, lo juro, como pocas oficinistas, y creo que fue su caminar pausado lo que más me gustó. Ya iban a ser las dos, pero ella parecía no enterarse. Llevaba una carpeta contra el pecho; de vez en cuando bajaba los ojos para mirarla y era como si estuviera viendo su propia forma de caminar. Desee llegar junto a ella y susurrarle cosas al oído mientras la tomaba por la cintura, amarla contra una pared hasta que llegara la noche.
Como era de esperarse, me limité a aprovechar su andar lento para alcanzarla y seguirla de cerca pensando en las épocas más felices de mi vida. Soñé que me casaba con ella y que la nuestra era una marcha nupcial. La imaginé vestida de verde caminando hacia un altar de flores. En realidad, ya lo de la iglesia había pasado y justo en ese momento los dos caminábamos hacia nuestro nido de amor, alrededor del cual unos pajecitos de piedra nos invitaban a acostarnos. Puedo jurar que escuchaba una música suave tocada por algún paje malicioso que se ocultaba debajo de la cama.
Mi corazón ladraba con un ritmo escandaloso, lo tenía entre las sienes, y en el pecho se me revolvía un remolino de angustia cuando ella se volvía de vez en cuando para ver si la estaba siguiendo. Era encantadora y su trasero se dibujaba tan redondo en la tela verde del pantalón que no sabía si iba a alcanzar a llegar a la cama antes de echármele encima.
Cuando llegamos a la primera esquina, ella delante con su caminar pausado, yo detrás con los ojos puestos en su trasero, ya le había hecho dos hermosos niños y creo que la tenía encinta del tercero. Ahora nuestro andar por esa calle era el de dos esposos que han viajado por el mundo durante años y están de vuelta paseando con sus hijos. El mayor iba delante de nosotros y la niña, un poco más pequeña, se enredaba entre las piernas de su madre. Yo los seguía de cerca como un guardián silencioso, sintiéndome satisfecho de mi hermosa familia.
Cuando a veces estaba a punto de hacer caer a su mami, la niña se volvía hacía mí con una sonrisa de picardía que me gustaba mucho. “Te ríes igual que tu madre”, pensaba yo, y me hallaba feliz con mi lugar en ese círculo de gente bella. Salvo por su extrema seriedad, Damián se parecía mucho a ellas; era un muchacho inteligente que vivía pensando en sus libros todo el tiempo.
Damián dobló en la siguiente esquina y con él su madre y su hermana. Aunque hubiese querido que fuéramos hasta el final de esa calle que conduce al mar, me dispuse a seguirlos (creo que me gustaba que ya Damián estuviera tomando sus propias decisiones). En ese momento una voz demasiado conocida me llamó desde el fondo de mi pasado como librero, desde lo más profundo de ese tiempo en que yo pensaba que una librería es un lugar de trabajo estupendo porque estaba convencido de que saldría de allí para hacer grandes cosas. Era la voz de Carlota, la administradora.
Antes de entrar a la librería (como el niño que han obligado a guardarse porque ya está demasiado tarde para jugar en la calle) tuve el pesar de mirarla por última vez (como el niño que ve impotente que su pelota sigue dando tumbos calle abajo). Supe, como ese niño, que ya la había perdido y lo peor fue que no pude consolarme con la ilusión de nuestro hogar y nuestros dos hijos, ni logró entristecerme más la idea de ese embarazo que en adelante debería seguir afrontando sin mí. Allá iba ella con su hermoso trasero y su caminar sin prisas. Aquí estaba yo, de vuelta al mejor lugar del mundo.
Durante mi ausencia había llegado el señor Juan Garcés (le ponía rojo que los desconocidos lo llamaran de otra forma), uno de los clientes más asiduos del café. Siempre pedía banderillas de aceituna con pepinillos, que acompañaba con cerveza italiana. “Es lo mejor para después del almuerzo”, solía decir, y se cruzaba de piernas frente a su mesa de la esquina.
Era medio gordo, medio alto, medio viejo, el tipo de hombre del que uno no alcanza a distinguir bien un fondo y al que nunca se puede señalar de hipócrita o de bondadoso. De modo que sobre él no se podría decir cosas como éstas:
“En el fondo, el señor Garcés es un malparido”.
“Pero, en el fondo, el hombre es hasta buena gente”.
“En el fondo, don Juan no es más que un pendejo que vive del renombre de su familia”.
Porque además pagaba lo que consumía y a veces dejaba propina, y creo que a los dueños no les disgusta para nada que personas así visiten sus negocios.
Yo cumplía con servirle lo que pedía, como el que tiene un burro y sabe que debe darle paja todos los días. Ni siquiera esperaba que me llamara, pues ya lo nuestro se había vuelto un ritual. Un asunto de rutina que yo asumía con una sonrisa. Aunque siempre fui consciente de su falta de fondo, había aprendido a soportarlo de la mejor manera. En la librería todos sabíamos que parte de su tranquilidad estaba en poder comerse su bocadillo y para entonces yo no me sentía capaz de turbar la dichosa vida de un hombre a quien resultaba tan fácil comparar con un burro. Lo dejaba estar, y punto.
Pero esa tarde yo había estado negociando con el diablo y andaba de muy mala leche. La cercanía de aquella muchacha me había trastornado de tal manera que el hecho de tener que volver a mi trabajo mientras la imaginaba yendo por la calle con su andar tan lento, me volvía loco de indignación. Sentía que esta renuncia, justificada sólo por la obligación de completarle el almuerzo al señor Juan Garcés, era una humillación. A pesar de quererme tan poco a mí mismo, sentí el tamaño de aquella afrenta como una caliente bofetada. Y decidí que debía regresarla. Así como se oye.
Sin decir una sola palabra, me dirigí hacia la mesa del señor Garcés y lo golpeé dos veces en la cara. Con la segunda cachetada, dada con el revés de la mano, el pobre hombre se fue contra el piso. Cayó de la silla y yo no perdí ocasión de aporrearlo en el suelo. Era tan agradable sentir cómo mi pie se estrellaba contra sus blandos costados. En algún momento aproveché el tacón para machacarle la cabeza.
Creo que los crujidos de su cráneo se escuchaban en cada rincón de la librería. El pobre movía las manos y los pies igual que un escarabajo bocarriba. Pero aquello no era suficiente para él, pues ahora parecía reírse. Sabía que en realidad estaba llorando, pero me resultaba insoportable su espantosa mueca y el ruido que salía de su boca abierta como un agujero negro. Quería silenciarlo. Para ello empecé a molerlo con las patas de la silla, en la actitud de quien unta una sustancia desagradable contra el piso.
Pero el cretino no se callaba. No cerraba la boca ni se quedaba quieto, y lo que le estaba saliendo hacía el final era un lamento de animal herido.
Ante la imposibilidad de hacer que se callara, terminé por cogerlo de los pies para arrojarlo a la calle. En esas estaba, dándole puntapiés mientras lo arrastraba, cuando volvió a sonar la voz de Carlota:
—El señor Juan llegó hace rato y te está esperando.
—Sí.
—¿Y entonces qué haces ahí viendo lejos? Ve a atenderlo.
Maldita sea la voz de Carlota.
Sentí, y ella lo sabía, que había encontrado el tono perfecto para humillarme. El tono de los jefes, seco, sin mala intención, dueño de una orden que la línea de mando vuelve ineludible. A un jefe lo acatas o te vas y yo seguía convencido de que aquel era el mejor lugar del mundo. A pesar de la pérdida de la muchacha no había cerca de mis posibilidades otro refugio con libros hasta el techo, de modo que me mordí los puños y me dispuse a alimentar al respetable señor Juan.
Pero el diablo es puerco (eso también me lo dijo el tío Roberto) y antes de abrir la puerta de la nevera ya tenía la cabeza llena de malas ideas. Definitivamente, estaba decidido a cobrárselas a mi borrico. Esta vez sería más sutil, pero sé que le valdría por mil pescozones. Nada le dolería tanto como verse agredido en el estómago y en esos momentos yo era dueño del poder para hacerle sufrir. Podría torturarlo a mi antojo y eso me ponía eufórico. Pero resolví proceder con calma. Por un instante me sentí orgulloso de mí mismo. “Soy una mierda”, me dije, y estuve a punto de soltar una carcajada.
Con toda la calma de un hombre que ha tenido tiempo de medir sus pasos, y actuando como si representara un gran espectáculo para mis compañeros, abrí el frasco de encurtidos, destapé una cerveza y fui luego a sentarme frente al señor Juan. Todo sin prisas. Me comí una a una, lentamente y sin dejar de mirarlo a los ojos, sus deliciosas banderillas. Enseguida me eché un trago de la cerveza italiana y, antes de que alguien pudiera decir o hacer nada con que frenar esa locura, levanté la botella y brindé:
—Tiene usted razón, señor Juan. Esto es lo mejor para después del almuerzo.
El pobre hombre estaba tieso. No conseguía soltar una sola palabra para defenderse de semejante insolencia. Y seguramente hubiese permanecido así toda la tarde, de no ser por la voz de Carlota. Esta vez me estaba estrujando, me preguntaba algo acerca de las cosas que pasaban en mi cabeza, “en qué estás pensando, gran pendejo”, creo que le oí decir. Entonces me sentí inmenso como el estante de libros del fondo:
—Señorita Carlota, puede usted hacer lo que quiera —le dije, exagerando cuanto pude el gesto de quitarme el delantal y tirarlo contra el piso después de secarme las manos—. Aunque le sugiero con todo respeto que empiece por servir usted misma las banderillas del respetable señor Garcés. Las cervezas más frías están en el congelador.
Luego, levantando la mano, grité: “Hasta luego, señor Juan. Dios lo bendiga. Hasta luego, muchachos”. Y dejé que la puerta de la calle se cerrara sola, despacio pero imparable, detrás de mí.
—¿Qué tienes, muchacho, estás enfermo? ¡Dios mío, qué ojos de loco!
—Creo que me ha sentado un poco mal el almuerzo, señorita Carlota. Pero no se preocupe. Estoy bien.
—Es que me da pena con el señor Juan. Tú sabes cómo es él a veces.
—No se preocupe. Enseguida lo atiendo.
Y le serví sus banderillas de aceituna con pepinillo, y él se las comió lentamente, deleitándose entre trago y trago de su cerveza italiana.
Todo el resto de esa tarde estuve pensando en la mujer que había perdido, en Damián, en la niña de hermosa sonrisa que hubiese sido mi hija… en que el mundo, definitivamente, es una cosa despiadada que da vueltas.
Al final decidí hacer algo mucho peor, que es lo que quería contarles. Pero los años me han enseñado que nadie debe hablar mal de sí mismo, así que me limitaré a decir que aquel día quedé sin trabajo. Contrario a lo que yo mismo habría podido esperar, cuando estuve en la calle me sentí feliz. Creo que entonces conservaba todavía la esperanza de estar saliendo de allí para hacer grandes cosas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Otro relato costumbrista

Un hombre de cuarenta años toma el autobús a las cinco y cuarenta y siete de la tarde, poco antes de que las oficinas regurgiten sobre la noche su bullente amasijo de cansancio y estrés. Se para durante algunos segundos en mitad del pasillo y recorre con la mirada las filas de asientos. Entre los pasajeros de los últimos puestos reconoce la cabeza blancuzca de un viejo amigo (que al parecer conserva la costumbre de leer la Biblia en cualquier lugar). Enseguida lo ataca la misma aprensión de siempre: el temor a encontrarse con un conocido a esas horas, el fastidio de las conversaciones automáticas e interminables que tendrán lugar si uno se deja sorprender.

Por eso se sienta, no vaya a ser que lo reconozca.

No tarda mucho en percatarse de otra presencia, esta vez desconocida pero igual de tortuosa para él. En el puesto del lado, junto a la ventanilla, va sentada una joven mujer. Nada de malo habría en ello sino fuera por que es tan bella, y en este mundo no hay cosa que le haga padecer más que la absurda necesidad de iniciar una conversación cada vez que esto pasa (aunque lo que en realidad lo tortura es su incapacidad de encontrar las palabras adecuadas).

El clima es estupendo y eso no sirve para iniciar una conversación, sobre todo cuando el trayecto no es lo suficientemente largo para saltar de ese tema hacia una cursi explicación acerca de lo bueno que es conocer personas nuevas. Sólo el tiempo de las rutas largas sería capaz de fecundar este azar; sólo un conquistador nato podría crear en tan pocos minutos esa confianza que permite esbozar la ilusión de que es posible encontrarse otra vez, en un lugar más agradable que este asiento de autobús sobre el filo de la tarde.

El cacharro avanza. El Centro histórico va quedando atrás y la ciudad se hace cada vez más fea.

Siempre lo ha aterrado un poco el sentimiento de que ir desde el Centro hacia cualquier parte de la ciudad es una especie de descenso, un sumergirse lamentablemente en la parquedad de lo que no está iluminado por el mar o refrescando por las sombras de las antiguas construcciones coloniales. Pero ni el conductor ni los pasajeros parecen percatarse de eso. Se nota que cada quien está en lo suyo: el regreso a casa, el paseo nocturno de las mascotas, el hambre, las ganas de saciar el hambre...

Tampoco ella se percata de su angustia. Mira todo el tiempo hacia afuera y él, que intuye la belleza de sus ojos, daría el resto de sus atardeceres para que ella se decidiera a mirarlo. Tal vez un gesto o una sonrisa de esa mujer pudieran darle ánimos. Pero ella sólo sabe callar, y él padece también la belleza de su silencio.

Recuerda que hace tiempo, en una época en que todavía gustaba de cruzar los límites de la ciudad, conoció a una hermosa chica en un autobús. Después de diez horas se habían amado, se habían prometido nuevos encuentros y habían desaparecido hasta el moribundo sol de hoy.

Despierta de esta ensoñación, en la que ha estado buscando valor para el presente, cuando se percata de que las calles empiezan a hacerse cada vez más conocidas. Como último recurso prueba a desplegar el periódico, que sin darse cuenta ha estado estrujando entre las manos, pero enseguida entiende que un periódico abierto no es una buena forma de despertar la curiosidad de una mujer. “Una mujer como esta”, piensa. Un hombre como él no será nunca capaz de poseerla. Se necesita… Pero él no sabe qué se necesita, y cuando el autobús se detiene accede dócilmente a su rendición.

Ya en la acera, desearía tenerla cerca otra vez, alagarla, acariciar su cabello, decirle cosas lindas (o sucias) al oído. Pero el vehículo se bambolea ya bajo la luz de los faroles. De cualquier forma, piensa, nadie podrá contradecirle cuando -en busca de consuelo- diga que esta noche hace un clima estupendo.