jueves, 16 de marzo de 2023

La odisea de Penélope

―Ya es tarde y debo apurarme ―dice Roberto, que está sentado en el borde de la cama amarrándose las botas de trabajo. 

Su mujer, que lo escucha desde la cocina, termina de llenarle la taza. Con lo afanado que anda, Robert ni siquiera probará el café, que hoy tiene clavos, como ella sabe que le gusta. Antes de irse, él tiene la costumbre de dejarle un beso en la mejilla. Ella lo espera en mitad de la sala con la taza en la mano, disfrutando el presentimiento de ese beso. ¡Cuánto le gustaría hablarle a Roberto sobre lo que siente cuando el olor del café y el de su cara recién lavada se mezclan en el aire profundo de la mañana! Pero él anda siempre tan afanado... 

―Hoy vendré a almorzar temprano ―le informa después de besarla, y cierra la puerta tras de sí. 

Ella, sin afanarse, devuelve el café a la jarra, y desde ya se distrae pensando en la mejor manera de deleitar a su querido Roberto, que hace diez años dijo que volvería temprano para el almuerzo, que lo esperara temprano, recuerda ella que dijo, antes de cerrar la puerta.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Una criatura de dios


Esta tarde, entrando a Crespo, hemos caído en un trancón de dos horas. 
Un estudiante de lengua embarrada en francés (luego supe, por uno de sus compañeros que ha pasado sus nueve años entre Francia, Rusia, Israel y Colombia) estuvo a punto de enloquecer cuando le informé que, según mis cálculos, en lugar de a las tres y diez, llegaría a su casa después de las cinco. Creo que sacó cuentas y no quedó contento: todo su delirio –acentuado terriblemente por sus grandes ojos enrojecidos- consistía en exclamar, entre dientes fuertemente apretados, que llegando a esa hora sólo le quedaría una antes de irse a dormir. 
En algún momento me pidió que le permitiera bajarse, explicándome que haría a pie el resto del trayecto hasta Bocagrande:
-Pero a pie son tres horas más –le expliqué para desconsolarlo.
Detuvo sus quejas por un momento (por lo que se ve, para sacar de nuevo sus cuentas), y luego me espetó, como diciéndome con gestos: “idiota, pero es que no lo ves”:
-Entonces llegaré a las ocho y podré estar despierto más tiempo.
Me sentí vencido. Quise ser vil, recriminarle que sus molestias de ahora no eran nada en comparación con las padecidas pos los niños pobres de esta ciudad… hasta pensé en los niños judíos como él de hace setenta años. Pero me contuve. Callé y le dejé estar con su rabia y su locura.
Al final sólo me reservé un pequeño y miserable triunfo. En el momento de entregarlo a su madre, le dije al oído:
-¿Ves que no era tan grave?
Pero el muy cretino estaba sordo de felicidad y se arrojó riendo a los brazos que lo esperaban abiertos en el andén.
Ahora que lo veo con calma, creo que lo peor de todo fue el engaño en que me pusieron sus cálculos. Según lo que decía sobre tener que irse a la cama a la seis, llegué a creer que su madre era la típica tirana, puta, gruñona, castigadora implacable. En cambio, me encontré ante una mujer —ciertamente hermosa— que lo recibía con besos por todas partes y le decía, entre mimos empalagosos: 

— ¿Cómo está mi rey, mi actorcito de mamá?.

sábado, 7 de mayo de 2016

Abuela


A Débora Chávez, madre de todos.

Ya vieja te conocimos, abuela.
El cuerpo pequeño y la voz apagada.
El paso vacilante
y seguro
por el laberinto de tu caserón
lleno de santos y misterios.

Los ojos cansados de sufrir tus hijos,
se iluminaron mansamente en el amanecer de tus nietos.
Algunos –quiera Dios que sean muchos-
te guardan junto al recuerdo feliz
de la primera luz de los sábados
y las tardes lluviosas del invierno.

Te guardan, todavía, como eras.
Un sabio olor de vestidos
largamente guardados en baúles sin tiempo;
un plato de comida contra el borde filoso del hambre,
un dulce blanco y rojo en los labios golosos del capricho,
una puerta y un corazón que nunca se cerraban...
la única luz encendida en los primeros
días difíciles de nuestra infancia.

Eras vieja, abuela, como nuestro temor
a la muerte,
que tú tan bien conocías.
Como las voces de la ingrata juventud
que nos llamó muy pronto
lejos de tu caserón lleno de misterios descifrados
y baúles polvorientos,
indiferentes a las largas tardes del invierno
en que te fuiste cansando
de mirar
sola
la lluvia. 

lunes, 20 de abril de 2015

La relación con el otro: una ética de la violencia (Lectura en clave moralista de La otra cara de Rock Hudson, de Guillermo Fadanelli)*


El reconocimiento del otro parte siempre de una consciencia, clara o no, de uno mismo, y viceversa: el yo sólo se define en su confrontación con el otro (o lo otro). De ahí que el concepto de “identidad” sea tan importante para emprender cualquier tipo de discusión sobre las “relaciones éticas”: siempre estamos frente al otro desde el autoconocimiento (para el caso, no importa si equivocado) de quiénes somos nosotros mismos.

Savater es claro, y hasta esquemático, al presentar las posibles relaciones del yo con la otredad, discernibles por el grado de reciprocidad e igualación de los sujetos involucrados. En el plano de mayor distanciamiento, está la relación del yo con lo absolutamente otro, con el dios y con cuanto sobrepasa la condición humana. Es el tipo de vínculo que, desde la religión, se da entre el creador y su criatura. Pero esta relación se establece en términos absolutos: mientras el hombre medieval, en su visión teocéntrica hallaba en esta relación todo el sentido que cabía esperar para su vida, los seres posmodernos retratados por Fadanelli no encuentran ya en la divinidad la objetivación de un dador de sentido para la travesía vital. De hecho son seres con una visión desacralizada del mundo, personas marginales a quienes no les ha quedado mucho tiempo para ocuparse de sus almas, empeñados como están en no dejar que sus cuerpos sufran o mueran. Si acaso, hay todavía temores heredados de una cosmovisión demasiado arraigada que todavía le da cierta vigencia a la figura de dios, pero poco se necesita para ser desechada ante la primera confrontación con lo que es necesario para sobrevivir. Piénsese por ejemplo en la madre del narrador,  una mujer que se declara a sí misma una buena mujer y buena esposa, y que, sin embargo, no duda en mandar a matar a la amante de su marido: “Quiero a mi familia, señor Ramírez, y quiero conservarla. No me importa si me voy al infierno por esto, pero en esta vida nadie va a quitarme a mi marido”. No sé si sea aventurado decir que, aunque la mayoría de nosotros estamos dispuestos a aceptar la omnipotencia de Dios, pocos se sentirán incómodos con la idea de que es un viejito un tanto chocho al que no es necesario hacerle demasiado caso.

Un plano más abajo, Savater menciona las relaciones del otro definidas por la violencia en el ámbito de la política. En el ámbito muy general, muy amplio, de la política en cuanto actividad que engloba todas las actividades humanas y que define el orden jerárquico de las relaciones humanas. Es la relación entre estos individuos marginales, Johnny y el narrador, Rebeca y Elena, entre ellos mismos y con la sociedad mexicana. Ellos, digámoslo así, son los perdedores de la historia mexicana (y universal): son hijos de los que fueron humillados y ofendidos por los fuertes del pasado y del presente. Ese orden social no se menciona en ningún momento de la novela, no hay en ella una sola frase que encarne una crítica social, pero la simple enumeración de lo que estos muchachos no tienen es suficiente para entender la rapacidad, la inequidad que han dado forma a nuestras sociedades. Además, están las relaciones de fuerza entre los propios personajes: el Johnny que se impone al narrador en un principio, y que luego dará lugar a un reconocimiento mutuo en la libre realización de un destino marcado por la violencia y el crimen. Las relaciones paralelas, equivalentes, entre Johnny y su hermana Rebeca, y el narrador y su hermana Elena. Al final, podría decirse que La otra cara de Rock Hudson es hasta costumbrista en la fidelidad del retrato de una sociedad regida por la ley del más fuerte, o del menos débil.

Para referirnos al tercer tipo de relación: la que se da entre iguales, podemos afirmar que en esto se afirma la evolución dramática de esta historia. La novela de Fadanelli es la historia de un descenso moral hacia el mundo del crimen, de una caída inevitable, de la pérdida definitiva de una inocencia que ya estaba perdida. El reconocimiento final entre el narrador y Johnny se da en cuanto el primero desciende desde la altura moral que le daban sus quince años “sin crimen cometido” hacia la aceptación y la realización de sí mismo en la compañía de un hombre para quien asesinar o traficar con drogas no es motivo de desvelo.

Dado lo anterior, para el cuarto tipo de relación (el amor) no había esperanzas: el único vínculo de esta naturaleza que puede observarse en la novela, si bien desinteresado y de una gran entrega, está rodeado por la sombra del incesto.

En el mundo edificado (o simplemente retratado) por Fadanelli no hay lugar para felicidad: una vieja maldición advierte que ésta será negada para siempre a quienes hayan perdido la inocencia.


*Trabajo realizado en el área de Novela y filosofía, Maestría en Literatura y creación literaria, Centro de estudios Culturales Casa Lamm, México, D. F.

jueves, 10 de octubre de 2013

Esquela de un día de invierno (16 de septiembre de 2012)


Hemos tenido esta tarde (a eso de las cinco y media) un "espantable" y maravilloso vendaval. El cielo se ha arremolinado sobre sí mismo y, en medio de un despilfarro de invisible fuerza y vistosa revolución, ha puesto algunos árboles, tejas y paredes con los pies para arriba.
Supongo que no puedo describir bien lo que ocurrió ante mis ojos, y mejor no lo intento. Me basta decir que, al ver todo aquello desde el tercer piso de una casa ubicada sobre una loma, comprendí definitivamente por qué Joseph Conrad, hombre de mares agitados, se inclina tan poderosamente hacia "el corazón de las tinieblas", a las potencias oscuras que están siempre como a punto de engullir el mundo entero, a la sorda y ominosa fuerza natural que a veces parece distraerse dando muestras de su potencia destructora...
De no ser porque mucha gente sufre de veras con estas tormentas; si no fuera por la humillación que encierran, me atrevería a decir que me gustan estos "espectáculos naturales", con su inquietante revoloteo de pájaros enmudecidos. Nada, ni siquiera el crujido de los techos, ni la danza macabra de los árboles, ni la eventual explosión de una sirena en esas circunstancias, nada refleja mejor el tamaño de aquella conmoción como el vuelo de los pájaros. Sólo pensar en sus ojos desorbitados por la desesperada lucha contra el elemento que los sacude tan terriblemente me pone los pelos de punta: imagino que aquella lucha contra ese gigante invisible es como la de un hombre desesperado que se enfrenta, inerme, a la furia de un dios en medio de la noche del alma.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Hecho circunstancial

Desde el balcón de mi casa, cada vez más asediado por nuevos edificios blancos con ventanales, se divisa el triunfante arco dorado, iluminadísimo, de McDonald's. Supongo que esto y la noticia de que están por abrir otro mall de tres cuadras son señas claras de que estamos progresando mucho: por fin nos están civilizando.

martes, 24 de septiembre de 2013

"Enoch y el gorila", de F. O´Connor.

He leído en esto días "Enoch y el gorila", de Flannery O'Connor. Descubro en este cuento una gran sutileza. Salvo algunas cuantas palabras dichas en contra de Enoch Emery, la narración --o la mano del narrador-- es de una admirable y tensa y sutilísima ironía. Se sabe que, al menos físicamente, estamos ante un hombre desagradable y que, a pesar de la inocencia que lo mueve, no inspira más que desprecio. Pero esto apenas se logra intuir, porque desde el principio el lector se siente arrastrado a una inevitable simpatía hacia las infantiles aspiraciones del personaje. Enoch quiere caminar bajo la lluvia sin mojarse, a pesar de que el paraguas que le han prestado no es más que un amasijo de tela raída y varillas oxidadas. Enoch quiere hacerse amigo de un gorila que lo manda "a la mierda" en el primer intento. Enoch quiere ser él mismo el hombre dentro del disfraz de gorila y termina cometiendo un crimen del que apenas tenemos conciencia.

También es sutil, magistralmente sutil, el mecanismo que controla los objetivos del punto de vista narrativo. Como en el Flaubert que relato el último y desesperado ir y venir de de Madame Bovary, el narrador de O'Connor es un maestro en el cambio de los lentes con que observa las andanzas de Enoch: unas veces se aleja, otras se acerca, y sin previo aviso se escurre o se estanca en la oscuridad que rodea a esta pobre criatura de su cuento. Lo rodea de muchas formas para dejarnos ver la ambigua persona, los ambiguos hechos de Enoch. 

Es éste, en términos generales, un buen relato: admirable ejemplo de cómo se ha de contar una vida miserable.

jueves, 12 de septiembre de 2013

En defensa de las buenas costumbres

--Como se puede apreciar --dijo la rata, que hacia el final de su discurso se veía realmente indignada--, es evidente que cualquiera tiene el derecho y hasta el deber de exterminar a los ratones que encuentre husmeando en su despensa. Con lo cual, pido que se me declare inocente.

El juez supremo de la roedora república, amparado por Dios y envestido en la autoridad que le otorgan la ley y la justicia, la absolvió.