martes, 28 de mayo de 2013

Esperando a Campo Elías (una crónica atrasada)


―Ya viene ―gritó alguien al fondo de la calle y la multitud que se había formado frente a la catedral sufrió una brusca sacudida. Los que estaban cerca de la barrera policial se inclinaron hacia adelante para ver mejor y los de segunda fila se empinaron y pusieron en alto las cámaras fotográficas.
Falsa alarma. Era la tercera vez que hacían aquel anuncio, y también ahora los curiosos se reacomodaron con un suspiro al comprobar que se trataba de una patrulla de la policía.
Ya llevábamos casi una hora esperando y, a pesar de que la casona del Instituto Geográfico Agustín Codazzi y los árboles del parque Simón Bolívar daban buena sombra, el calor empezaba a volverse insoportable. Sin embargo, nadie se atrevía a abandonar su puesto por temor de que en cualquier momento apareciera la carroza fúnebre.
El hombre disfrazado de campesino típico (un tal Juancho Colombia) seguía ondeando la bandera nacional, modificada para la ocasión con un listón blanco y algunas cintas moradas. Los policías entraban y salían de la catedral, según lo indicaran las voces de mando de un coronel y dos tenientes, estoicamente vestidos con guerreras verde olivo de manga larga. Uno de los oficiales, el blanco bajito, no podía ocultar sus finas maneras y a veces se acercaba a algún miembro de la guardia de honor para pedirle que enderezara el fusil o le arreglaba él mismo el cuello de la camisa. Algunos agentes, los más ostentosos, hablaban permanentemente por radio o por celular, y se acercaban de vez en cuando a la multitud para advertirnos que no debíamos empujar tanto las vallas con las que habían formado un espacio para la limusina de la funeraria (en realidad, como vimos después, se trataba de una camioneta cuatro por cuatro pomposamente adaptada para arriar muertos).
Los demás, los civiles, amontonados en la calle y dentro del templo, sólo éramos un golpe de gente contenida, un manojo de objetos abanicados contra el fogaje de la tarde, tensos por la prolongada espera de la caravana, que según algunos rumores estaba estancada en el cruce de Chambacú. Indistintos, mezclados y sudorosos, conjugábamos entre todos un gentío en el que los turistas que pasaron por ahí esa tarde pudieron ver los rostros que forman esta ciudad: había vendedores ambulantes, mujeres con ropa de oficina, estudiantes universitarios, mensajeros atrasados, abogados jóvenes y veteranos, amas de casa evadidas de la casa, damas muy pintorescas que, recubiertas de lino finísimo, hacían equilibrio sobre sus tacones discotequeros. No faltaba, sobre todo, el doctor, el “Docto”, y su cohorte de desempleados haciéndole venias hasta el suelo.
En algún momento irrumpió, por los lados de la plaza Simón Bolívar, un vendedor de paletas:
“¡A la orden! ―gritó como un obsceno pajarraco de media tarde― Traigo de coco, de corozo, de tamarindo. ¡Traigo las de mandarinoooosqui!”.
La tensión creció cuando el señor arzobispo, Jorge Enrique Jiménez, y sus auxiliares aparecieron en el atrio de la catedral. (Uno de éstos tenía un tétrico parecido con el hombre que ahora estábamos esperando). No tardamos en ver que también al prelado empezaba a estorbarle la espera. Al parecer, le habían dicho que ya el muerto estaba cerca del templo (y así era, pero en la calle muchas personas le salían al encuentro para despedirlo y eso estaba retrasando la ceremonia más allá de lo previsto). Metido hasta las orejas en la mitra, de vez en cuando bajaba él mismo hasta la acera y estiraba el cuello para ver si aparecía por fin el cortejo fúnebre. Luego se volvía desilusionado hacia el pórtico, donde el doble del difunto se secaba con un pañuelo el rostro empapado de sudor.

Y finalmente el muerto llegó. Eran las 4:20. Había transcurrido más de una hora desde que el féretro con el cuerpo de Campo Elías Terán Dix, ex alcalde de Cartagena, abandonara el Coliseo Bernardo Caraballo, donde lo estuvieron velando desde la noche anterior. Llegó en medio de una procesión formada por cientos de seguidores y curiosos. Muy a tono con el estilo radial que hizo a Campo Elías tan famoso entre los sectores populares de la ciudad, el séquito venía gritando arengas en su honor.
―¡Viva Campo Elías!
―¡Viva!
―¡Abajo los corruptos!
―¡Abajo!
―¡Viva para siempre el Mandarinosqui mayor!
―¡Viva!
No sé decir si son lágrimas las que corren por aquellos rostros indignados y sudorosos. Y no me queda tiempo para discernirlo, pues en el momento del arribo los eventos parecen haber cobrado otro ritmo. Todo sucede más rápido, y apenas si logro ver el ajetreo de quienes buscan la manera de ingresar por las puertas laterales del templo las incontables coronas de flores. Veo la paciencia del conductor del carro fúnebre, que avanza a centímetros entre la apretada multitud. Veo las manos levantadas que sostienen teléfonos celulares y disparan cámaras fotográficas. Veo la guardia de honor, que por fin logra abrir el compartimento trasero de la cuatro por cuatro y sacar en vilo el pesado ataúd. Escucho entonces la música que baja desde el artesonado de la catedral, anunciando a los que esperan adentro (entre quienes se cuentan el gobernador, los familiares, los amigos y los enemigos del difunto), que la misa de cuerpo presente está por comenzar.
Al final de tanta agitación observo también la caída del lúgubre entusiasmo que nos mantuvo en vilo desde las tres de la tarde, y me embarga la certeza de que, a la vuelta de un par de horas, esta calle y esa iglesia estarán vacías otra vez, como si aquí no hubiera pasado nada.
Antes de que terminen de acomodar el ataúd frente al altar, la marea de gente en la calle empieza a bajar ostensiblemente. Algunos curiosos entran a la iglesia detrás del féretro y otros vuelven a lo suyo, reemprendiendo la marcha que interrumpió aquel acontecimiento. Resignado a lo que sé que viene ―el panegírico del difunto, el perdón de sus pecados y el descenso al lecho final―, me debato entre quedarme a comprobar aquellos rituales o volver a casa antes de la hora pico.
En esas estoy, apoyado contra el pórtico de piedra del Agustín Codazzi, viendo cómo se desintegra la multitud, cuando escucho la voz cansina de una mujer. Con el rabo del ojo veo que está recostada contra la pared, a menos de un metro de mí, y ahora tengo la impresión de que ella ha estado hablando todo este tiempo, pero su voz se perdía en el rumor que acompañó nuestra espera. En la medida en que la gente se aleja y los muros de la catedral agrandan el silencio del rito fúnebre, la voz de la mujer se hace más clara y más fuerte.
―Yo estuve con Campo desde que lo llevaron a la funeraria ―dice, para quien quiera escucharla.
―Me fui para mi casa entre oscuro y claro, cuando lo iban sacando para el coliseo.
Entonces me vuelvo y la miro. Es una mujer de unos setenta años, menuda, que viste un traje enterizo de media pierna con el cuello adornado por una tira de encaje crudo. (Debo decir que coincide muy bien con la imagen que siempre he tenido de Úrsula Iguarán, ya ciega y en plena decadencia). Sin saber por qué, indecente y astuto, mientras habla me paro frente a ella y la reparo una vez más. Calza unas sandalias de caucho rosado, de las que asoman unos dedos polvorientos y rematados por uñas cariadas. Su rostro moreno está cuarteado por profundas arrugas que, cuando ríe o aprieta el entrecejo al hablar, le iluminan el rostro con los destellos de una piel cetrina.
―¿Y usted pasó la noche en el coliseo? ―le pregunto, como por darle largo a la conversa.
―No, no. Yo me fui para mi casa en la nochecita. Pero esta mañana madrugué y estoy escapada desde las seis.
Se ríe tímidamente, como si acabara de confesarme una travesura.
―Menos mal que Dios no desampara al que anda con él ―me explica, antes de contarme que allá en el coliseo se encontró con un “docto” que le regaló un billetico para que almorzara. Mientras habla, se entrelaza las manos sobre la cabeza, y las deja ahí arriba, como quien está acostumbrado a las tragedias y a la resignación. Tiene las manos pequeñas y arrugadas, haciendo juego con su rostro maltratado por la intemperie.
―Me imagino que después se vino con la caravana.
Hago este comentario sin tener claro adónde quiero llegar. Quizá sea que me ha ganado el deseo de medir el fervor de los adeptos al difunto.
―No ―me aclara―. Yo me vine antes de que saliera el entierro. Cuando llegué al centro la catedral todavía estaba sola. No había tanta gente en la calle.
―¿Y usted votó por Campo? ―le pregunto, ahora que estamos en confianza.
―Claro. Todos allá en el Pozón votamos por Campo. Si él ganó fue por nosotros, que lo queríamos mucho. Hay gente que habla mal de él, pero yo no tengo queja. Yo lo conocía desde que trabajaba en la emisora. Como mi hijo es vendedor de tinto, me venía con él todos los días para la plaza y muchas veces me encontraba a Campo cuando iba llegando a la emisora. Entonces yo lo saludaba y él me ponía el brazo encima del hombro ―la mujer hace un gesto en el aire para mostrarme cómo― y me daba alguna cosita. A veces decía riéndose que yo lo iba a arruinar, pero nunca dejaba de darme algo para los buses.
Cuando dice esto último la voz se le quiebra un poco y una lágrima le corre por la mejilla. Hace una breve pausa para secarse los ojos, pero retoma el hilo enseguida.
―Yo le dije un día: “Oiga, docto, yo quiero que usted sea alcalde”. Él nomás se echó a reír y me dijo que a lo mejor un día de esos se lanzaba a la alcaldía.
Ella sonríe y mira hacia la catedral, como subrayando el final de aquella lejana conversación con Campo Elías. Óscar Collazos, uno de los periodistas que ha seguido más de cerca el proceso que terminó por concretar el deseo de esta mujer, ha sabido interpretar muy bien el sentido de la historia que se estaba cerrando en la catedral: “No bastaba ser de origen humilde ni reconocerse en las mayorías afrodescendientes de la ciudad ―dice Collazos en una de sus columnas― para llevar por buen cauce un atrevido proyecto de gobierno y de cambio”. Sin embargo, la evidencia de que Cartagena ha tenido con Campo Elías, y su acompañamiento de “fuerzas políticas y empresariales, sanas algunas, perversas otras”, uno de los periodos de mayor inestabilidad administrativa, no alcanza para desmoronar la fe de la mujer que ahora tengo frente a mí:
―¿No va a entrar a la misa? ―le pregunto.
Me explica que no vino a presenciar los oficios religiosos, sino que está ahí porque quiere acompañar a Campo hasta el cementerio, que queda al otro lado de la ciudad. Me inquieta saber cómo hará para irse, y ella me responde que, según oyó decir en el coliseo, hay unos buses esperando a los seguidores en el Parque de la Marina.
―De paso cojo el número de la tumba, pa ver si me gano el chance esta semana. Porque Campo está en el cielo y yo sé que desde allá le pide a Dios por nosotros los pobres.
En ese momento suena mi teléfono. Debo irme, le digo, consciente de que, con la sobreabundancia de carros que padece la ciudad, en una hora más será muy difícil transitar por la avenida Pedro de Heredia.
―Fue un gusto hablar con usted ―le digo al despedirme.
En ese instante me percato de que no le he preguntado cómo se llama.
―María Isabel Fernández ―me responde, y agacha la cabeza.
―Fue un gusto conocerla, doña María.
―Igualmente, joven. Que Dios lo bendiga.
―Gracias ―le digo, y me alejo de aquel lugar con unas ganas repentinas de salir corriendo. Voy pensando que, como Campo Elías, también Dios tiene una muy buena fanaticada entre los pobres.