―Ya viene ―gritó alguien al fondo de la calle y la
multitud que se había formado frente a la catedral sufrió una brusca sacudida. Los
que estaban cerca de la barrera policial se inclinaron hacia adelante para ver
mejor y los de segunda fila se empinaron y pusieron en alto las cámaras
fotográficas.
Falsa alarma. Era la tercera
vez que hacían aquel anuncio, y también ahora los curiosos se reacomodaron con
un suspiro al comprobar que se trataba de una patrulla de la policía.
Ya llevábamos casi una hora
esperando y, a pesar de que la casona del Instituto Geográfico Agustín Codazzi
y los árboles del parque Simón Bolívar daban buena sombra, el calor empezaba a
volverse insoportable. Sin embargo, nadie se atrevía a abandonar su puesto por
temor de que en cualquier momento apareciera la carroza fúnebre.
El hombre disfrazado de
campesino típico (un tal Juancho Colombia) seguía ondeando la bandera nacional,
modificada para la ocasión con un listón blanco y algunas cintas moradas. Los
policías entraban y salían de la catedral, según lo indicaran las voces de
mando de un coronel y dos tenientes, estoicamente vestidos con guerreras verde
olivo de manga larga. Uno de los oficiales, el blanco bajito, no podía ocultar
sus finas maneras y a veces se acercaba a algún miembro de la guardia de honor
para pedirle que enderezara el fusil o le arreglaba él mismo el cuello de la
camisa. Algunos agentes, los más ostentosos, hablaban permanentemente por radio
o por celular, y se acercaban de vez en cuando a la multitud para advertirnos
que no debíamos empujar tanto las vallas con las que habían formado un espacio
para la limusina de la funeraria (en realidad, como vimos después, se trataba
de una camioneta cuatro por cuatro pomposamente adaptada para arriar muertos).
Los demás, los civiles,
amontonados en la calle y dentro del templo, sólo éramos un golpe de gente
contenida, un manojo de objetos abanicados contra el fogaje de la tarde, tensos por la prolongada espera de la caravana, que según algunos rumores estaba estancada en el cruce de
Chambacú. Indistintos, mezclados y sudorosos, conjugábamos entre todos un
gentío en el que los turistas que pasaron por ahí esa tarde pudieron ver los
rostros que forman esta ciudad: había vendedores ambulantes, mujeres con ropa
de oficina, estudiantes universitarios, mensajeros atrasados, abogados jóvenes
y veteranos, amas de casa evadidas de la casa, damas muy pintorescas que,
recubiertas de lino finísimo, hacían equilibrio sobre sus tacones
discotequeros. No faltaba, sobre todo, el doctor, el “Docto”, y su cohorte de
desempleados haciéndole venias hasta el suelo.
En algún momento irrumpió,
por los lados de la plaza Simón Bolívar, un vendedor de paletas:
“¡A la orden! ―gritó como un
obsceno pajarraco de media tarde― Traigo de coco, de corozo, de tamarindo.
¡Traigo las de mandarinoooosqui!”.
La tensión creció cuando el
señor arzobispo, Jorge Enrique Jiménez, y sus auxiliares aparecieron en el atrio
de la catedral. (Uno de éstos tenía un tétrico parecido con el hombre que ahora
estábamos esperando). No tardamos en ver que también al prelado empezaba a
estorbarle la espera. Al parecer, le habían dicho que ya el muerto estaba cerca
del templo (y así era, pero en la calle muchas personas le salían al encuentro
para despedirlo y eso estaba retrasando la ceremonia más allá de lo previsto). Metido
hasta las orejas en la mitra, de vez en cuando bajaba él mismo hasta la acera y
estiraba el cuello para ver si aparecía por fin el cortejo fúnebre. Luego se
volvía desilusionado hacia el pórtico, donde el doble del difunto se secaba con
un pañuelo el rostro empapado de sudor.
Y finalmente el muerto llegó. Eran las
4:20. Había transcurrido más de una hora desde que el féretro con el cuerpo de
Campo Elías Terán Dix, ex alcalde de Cartagena, abandonara el Coliseo Bernardo
Caraballo, donde lo estuvieron velando desde la noche anterior. Llegó en medio
de una procesión formada por cientos de seguidores y curiosos. Muy a tono con
el estilo radial que hizo a Campo Elías tan famoso entre los sectores populares
de la ciudad, el séquito venía gritando arengas en su honor.
―¡Viva Campo Elías!
―¡Viva!
―¡Abajo los corruptos!
―¡Abajo!
―¡Viva para siempre el
Mandarinosqui mayor!
―¡Viva!
No sé decir si son lágrimas
las que corren por aquellos rostros indignados y sudorosos. Y no me queda
tiempo para discernirlo, pues en el momento del arribo los eventos parecen
haber cobrado otro ritmo. Todo sucede más rápido, y apenas si logro ver el
ajetreo de quienes buscan la manera de ingresar por las puertas laterales del
templo las incontables coronas de flores. Veo la paciencia del conductor del
carro fúnebre, que avanza a centímetros entre la apretada multitud. Veo las
manos levantadas que sostienen teléfonos celulares y disparan cámaras
fotográficas. Veo la guardia de honor, que por fin logra abrir el compartimento
trasero de la cuatro por cuatro y sacar en vilo el pesado ataúd. Escucho
entonces la música que baja desde el artesonado de la catedral, anunciando a los
que esperan adentro (entre quienes se cuentan el gobernador, los familiares,
los amigos y los enemigos del difunto), que la misa de cuerpo presente está por
comenzar.
Al final de tanta agitación observo
también la caída del lúgubre entusiasmo que nos mantuvo en vilo desde las tres
de la tarde, y me embarga la certeza de que, a la vuelta de un par de horas,
esta calle y esa iglesia estarán vacías otra vez, como si aquí no hubiera
pasado nada.
Antes de que terminen de
acomodar el ataúd frente al altar, la marea de gente en la calle empieza a
bajar ostensiblemente. Algunos curiosos entran a la iglesia detrás del féretro
y otros vuelven a lo suyo, reemprendiendo la marcha que interrumpió aquel
acontecimiento. Resignado a lo que sé que viene ―el panegírico del difunto, el
perdón de sus pecados y el descenso al lecho final―, me debato entre quedarme a
comprobar aquellos rituales o volver a casa antes de la hora pico.
En esas estoy, apoyado contra
el pórtico de piedra del Agustín Codazzi, viendo cómo se desintegra la multitud,
cuando escucho la voz cansina de una mujer. Con el rabo del ojo veo que está
recostada contra la pared, a menos de un metro de mí, y ahora tengo la
impresión de que ella ha estado hablando todo este tiempo, pero su voz se
perdía en el rumor que acompañó nuestra espera. En la medida en que la gente se
aleja y los muros de la catedral agrandan el silencio del rito fúnebre, la voz
de la mujer se hace más clara y más fuerte.
―Yo estuve con Campo desde
que lo llevaron a la funeraria ―dice, para quien quiera escucharla.
―Me fui para mi casa entre
oscuro y claro, cuando lo iban sacando para el coliseo.
Entonces me vuelvo y la miro.
Es una mujer de unos setenta años, menuda, que viste un traje enterizo de media
pierna con el cuello adornado por una tira de encaje crudo. (Debo decir que
coincide muy bien con la imagen que siempre he tenido de Úrsula Iguarán, ya
ciega y en plena decadencia). Sin saber por qué, indecente y astuto, mientras
habla me paro frente a ella y la reparo una vez más. Calza unas sandalias de
caucho rosado, de las que asoman unos dedos polvorientos y rematados por uñas
cariadas. Su rostro moreno está cuarteado por profundas arrugas que, cuando ríe
o aprieta el entrecejo al hablar, le iluminan el rostro con los destellos de
una piel cetrina.
―¿Y usted pasó la noche en
el coliseo? ―le pregunto, como por darle largo a la conversa.
―No, no. Yo me fui para mi
casa en la nochecita. Pero esta mañana madrugué y estoy escapada desde las
seis.
Se ríe tímidamente, como si
acabara de confesarme una travesura.
―Menos mal que Dios no
desampara al que anda con él ―me explica, antes de contarme que allá en el
coliseo se encontró con un “docto” que le regaló un billetico para que
almorzara. Mientras habla, se entrelaza las manos sobre la cabeza, y las deja
ahí arriba, como quien está acostumbrado a las tragedias y a la resignación.
Tiene las manos pequeñas y arrugadas, haciendo juego con su rostro maltratado
por la intemperie.
―Me imagino que después se
vino con la caravana.
Hago este comentario sin
tener claro adónde quiero llegar. Quizá sea que me ha ganado el deseo de medir el
fervor de los adeptos al difunto.
―No ―me aclara―. Yo me vine
antes de que saliera el entierro. Cuando llegué al centro la catedral todavía
estaba sola. No había tanta gente en la calle.
―¿Y usted votó por Campo? ―le
pregunto, ahora que estamos en confianza.
―Claro. Todos allá en el
Pozón votamos por Campo. Si él ganó fue por nosotros, que lo queríamos mucho.
Hay gente que habla mal de él, pero yo no tengo queja. Yo lo conocía desde que
trabajaba en la emisora. Como mi hijo es vendedor de tinto, me venía con él todos
los días para la plaza y muchas veces me encontraba a Campo cuando iba llegando
a la emisora. Entonces yo lo saludaba y él me ponía el brazo encima del hombro ―la
mujer hace un gesto en el aire para mostrarme cómo― y me daba alguna cosita. A
veces decía riéndose que yo lo iba a arruinar, pero nunca dejaba de darme algo
para los buses.
Cuando dice esto último la
voz se le quiebra un poco y una lágrima le corre por la mejilla. Hace una breve
pausa para secarse los ojos, pero retoma el hilo enseguida.
―Yo le dije un día: “Oiga,
docto, yo quiero que usted sea alcalde”. Él nomás se echó a reír y me dijo que
a lo mejor un día de esos se lanzaba a la alcaldía.
Ella sonríe y mira hacia la
catedral, como subrayando el final de aquella lejana conversación con Campo
Elías. Óscar Collazos, uno de los periodistas que ha seguido más de cerca el
proceso que terminó por concretar el deseo de esta mujer, ha sabido interpretar
muy bien el sentido de la historia que se estaba cerrando en la catedral: “No
bastaba ser de origen humilde ni reconocerse en las mayorías afrodescendientes
de la ciudad ―dice Collazos en una de sus columnas― para llevar por buen cauce
un atrevido proyecto de gobierno y de cambio”. Sin embargo, la evidencia de que
Cartagena ha tenido con Campo Elías, y su acompañamiento de “fuerzas políticas
y empresariales, sanas algunas, perversas otras”, uno de los periodos de mayor
inestabilidad administrativa, no alcanza para desmoronar la fe de la mujer que
ahora tengo frente a mí:
―¿No va a entrar a la misa? ―le
pregunto.
Me explica que no vino a presenciar los oficios religiosos, sino que está ahí porque quiere acompañar a Campo hasta
el cementerio, que queda al otro lado de la ciudad. Me inquieta saber cómo hará
para irse, y ella me responde que, según oyó decir en el coliseo, hay unos
buses esperando a los seguidores en el Parque de la Marina.
―De paso cojo el número de
la tumba, pa ver si me gano el chance esta semana. Porque Campo está en el
cielo y yo sé que desde allá le pide a Dios por nosotros los pobres.
En ese momento suena mi
teléfono. Debo irme, le digo, consciente de que, con la sobreabundancia de
carros que padece la ciudad, en una hora más será muy difícil transitar por la
avenida Pedro de Heredia.
―Fue un gusto hablar con
usted ―le digo al despedirme.
En ese instante me percato
de que no le he preguntado cómo se llama.
―María Isabel Fernández ―me responde,
y agacha la cabeza.
―Fue un gusto conocerla,
doña María.
―Igualmente, joven. Que Dios
lo bendiga.
―Gracias ―le digo, y me
alejo de aquel lugar con unas ganas repentinas de salir corriendo. Voy pensando
que, como Campo Elías, también Dios tiene una muy buena fanaticada entre los
pobres.