sábado, 20 de octubre de 2012

Historia local de la infamia 4: Abel Capado


Desde que firmó sudivorcio, Abel Capado podía pasar horas enteras leyendo libros (teológicos, de psicología, novelas, poemas…) o escuchando canciones en busca de un personaje, de una voz que le dijera que no era ninguna desgracia el haber sido traicionado. Tan difícil como le resultaba encontrar una salida por sí mismo, se había entregado a la marea de los principios, a veces inconciliables, que alimentaban el alma de esos poetas cantores, tan dispuestos para la alegría como para el lagrimeo. De modo que no lograba mantenerse sereno durante un solo día, y tan pronto se tranquilizaba por el ejemplo de entereza de tal o cual personaje en su misma situación, como se convencía de que había hecho mal en no matar a su mujer. Pero no siempre es fácil decidir sobre estas cosas, y buena parte de los cuarenta y tres años que sobrevivió al golpe fatal de esa traición los gastó leyendo sus libros y escuchando sus canciones. Creo que llegó a tener la más grade biblioteca del desamor que se haya conocido.