jueves, 26 de julio de 2012

Apología del realismo



 Unas palabras exaltadas en favor de la sobriedad

Una cuestión que debe resolver, ineludiblemente, quien empieza a escribir tiene que ver con lo que en un determinado momento se le revela como realmente digno de contarse. Es decir, debe decidir qué asuntos son los que harán parte de ese mundo que quiere crear.
En sus primeros textos, la mayoría de escritores se inclina hacia lo dramático, hacia el patetismo de las situaciones que marcan los límites de la condición humana. De ahí que sus poemas y cuentos se conviertan interminables inventarios de lamentaciones y quejas que van desde la terca marcha de los relojes hasta la también terca mudez de Dios. Con el tiempo, ese espíritu de insatisfacción sigue intacto; pero –ante la indiferencia de los silenciosos titanes― su voz se tuerce sobre la injusticia humana. Nacen de este giro los compromisos políticos y los malos poemas revolucionarios que casi siempre terminan en fría resignación. A veces, sin embargo, el joven espíritu del escritor no se recupera de las primeras heridas y, una publicación tras otra, el público verá nacer su frondosa caterva de criaturas doloridas.
Hay, en cuanto a estas posibilidades, una infinidad de matices que harán la buena y mala literatura de todas partes.
Como puede verse, en los últimos días he estado muy ocioso. A tal punto que me he puesto a hablar como si yo mismo fuera un veterano escritor enfrascado en arduas reflexiones sobre su propio arte. No estoy seguro de que llegue yo a tal condición, ni me atrevo a considerarme escritor más allá del hecho de que me entretengo escribiendo. Pero se da el caso de que, tras darles tantas vueltas a estos asuntos, he empezado a andar por un camino poco antes transitado por mí, y sin querer me he puesto ante una idea en la que se pueden entrever atisbos de una verdad irresistible.
Entre otras cosas, he pensado que una vez se enfrenta uno al riesgo de crear personajes a imagen y semejanza de obsesiones demasiado personales (al menos en la forma de “encarnarlas”) o de adherir alguna ideología poco propicia al tratamiento literario, se hace evidente que pocas actitudes le causan tanto bien a la escritura como la que permite el realismo. A riesgo de ser demasiado obvio, podría afirmarse que esta tendencia ―tantas veces reinventada por tantos movimientos del pasado― es la que deja al escritor en una mejor postura frente a la realidad. Supone, por decirlo de alguna manera, la obligación de mantener la sangre fría (aquellos que saben en qué consiste la inspiración, sabrán valorar lo que esto implica).
No sé si sea una buena analogía, pero se me ocurre que un escritor de propósitos realistas ha de ser como un médico en tiempos de guerra, o de peste: podrán caer mil a su diestra (Salmo 91) y otros tantos estar agonizando, sufriendo, clamando a su izquierda, pero él se mantendrá fiel a su sagrado deber de dejar en pie el honor de los acontecimientos. No dará lugar en su mente ni al asco ni a la compasión, sino que buscará siempre el sosiego que le permita, por igual, hundir la jeringa o esgrimir el bisturí. Nada ha de turbarle: ni el ruido, ni el dolor, ni las promesas vanas de paz que le haga su propio cansancio.
Eso ha de ser el escritor realista: unos ojos atentos, unos oídos abiertos al fragor de muerte que atonta al mundo del que escribe. No dará albergue en su despensa ni a la sensiblería ni a la moraleja.
Atento a esto, el escritor realista tendrá que volver los ojos al ancho mundo, sin olvidar la falsedad y la nobleza que iluminan por igual al pasado en que habitan los más caros recuerdos (suyos y de sus prójimos) y al futuro en que resplandecen las más temibles promesas de destrucción. Mirar hacia afuera, pero no tan lejos que se olvide lo esencial del ahora que palpita entre sus manos: los conflictos, los temores, los fantasmas, las alegrías falsas y verdaderas de quienes han tenido el azar de ver este mismo tiempo, de vivir su mismo apocalípsis.
Como cualquier otro extremismo, la vocación realista de un escritor deja por fuera sus propias esperanzas y las de quienes han apostado por el activismo en favor de la conservación del planeta, de los animales, de la Libertad (en toda su extensión)… en fin, a los defensores de las causas perdidas.

jueves, 12 de julio de 2012

Las minificciones y yo


Ya sé por qué no me gustan las minificciones (o, para ser más justo, por qué en el fondo no puedo dejar de menospreciarlas). En literatura, como en la vida cotidiana, soy amante de los personajes: de los conmovedores, los sinceramente cursis, los atormentados, los triste, los frívolos sin aspiraciones de profundidad, los lascivos, los confundidos y los demasiado claros…
Los personajes cotidianos son una muestra de vida espontánea y a veces uno piensa que el mundo no anda bien cuando conoce un carácter dislocado, una persona de esas que no encajan; pero, en general, uno puede confiar en que el destino de las gentes dicta que las cosas sean como tienen que ser. Aunque esto suene despiadado o conformista, cada vez me convenzo más de que la cuestión es así.
Los seres literarios, en cambio, son resultado de un gesto premeditado, y en esa medida están bien o mal hechos. Todos son como esa criatura que el doctor Frankenstein hizo con retazos de varias personas: una abstracción abarcadora de una idea del sujeto, una muestra más expresiva de la complejidad humana. Pero por eso mismo viven el riesgo de la creación, la posibilidad de que alguno de sus elementos constitutivos quede fuera de lugar.
En ambos casos, los personajes se definen en sus gestos y a veces la claridad o la confusión que nos inspiran están marcadas por la realidad interior que nos revela el tono de sus palabras. Y como los gestos varían y una de nuestra obsesiones más arraigadas es el deseo de darle justo valor a nuestras palabras, nunca el instante de un párrafo o una página darán cabida suficiente a la complejidad de las razones que tiene un personaje para decir o hacer. En la reiteración se confirma la verdad más elemental de nuestro carácter, y si hay algo de lo que podremos dolernos es de nuestra incapacidad para aprender a actuar por fuera de nuestra triste naturaleza. Siempre actuamos igual, por más que nos hayamos flagelado ante una actuación pasada, porque hay voces e impulsos dentro de nosotros que asumen el control cuando nuestra conciencia se torna incapaz de tomar decisiones. Siempre envidiamos al que vemos actuar como nosotros pensamos que debiera actuarse, sobre todo porque nuestra lectura de sus actos es más equivocada de lo que estamos dispuestos a aceptar y porque generalmente uno ignora la pobre criatura que habita en el corazón y la cabeza de los hombres de mayor entereza.
La reiteración, digo, es difícil dentro del corto espacio de una página, y creo que se torna imposible cuando nos circunscribimos a un párrafo o una línea. Al menos se vuelve imposible hacerlo sin que se vea el artificio, sin que eso le reste efectividad.
No es que la extensión garantice nada, e incluso podemos afirmar que suele ser uno de los peores males de la literatura, pero es que a cada cosa debe corresponderle su justa medida, y la vida de un hombre y lo que la define (me refiero a la singularidad que la define) difícilmente cabrán en un espacio en el que hay apenas lugar para un atisbo de genialidad o sorpresa. 


martes, 10 de julio de 2012

Historia local de la infamia 3: Una mujer a una nariz pegada



Sospecho que nunca olvidaré la nariz de Dania. Es una nariz ajena, per se, a cualquier rostro que uno quiera asociar con la belleza. Una nariz arbitraria, autónoma, con una especie de vida interior atormentada que la mantiene constantemente a punto de explotar. Al ver sus puntitos negros y esa fuerte contextura que la hace tan despótica y audaz, uno no puede dejar de pensar en un vigoroso y libre albedrío: en un maquiavelismo despiadado.
       Al encontrarme con Dania cada mañana, debo luchar irremediablemente con la tentación de darle a esa nariz los buenos días. Por fortuna, siempre consigo contenerme y hablo con Dania de la manera más natural que puedo. Como quien dice, escarbo el cielo buscando pájaros madrugadores, con tal de no mirar su nariz. Es la única forma que encuentro de no entregarme sin vergüenza a un estudio detenido de aquella maravilla de la desproporción.
        Pero ella (Dania, quiero decir) es muy buena gente, a pesar de toda la maldad que uno pudiera endilgarle a causa de aquel terrible atributo. A lo mejor, ahora que este viaje me aleja de mi antigua vida, me olvidaré pronto de Dania; pero temo que el recuerdo de su nariz tendrá también el coraje de ir al pie de mi cama de viejo para cerrarme los ojos muertos.

lunes, 9 de julio de 2012

Una casa con jardín


Agosto 17 de 2008.

Hoy nos hemos mudado nuevamente. Es la tercera vez que lo hacemos este año. Katty no se siente bien, y parece que será muy difícil encontrar un lugar que sea capaz de brindarle la tranquilidad que tanto necesita. Después de su caída las cosas no marchan como esperábamos, pero qué le vamos a hacer.
        La casa es muy bonita, y al menos tengo la seguridad de que a Katty también le ha gustado. Es más, sé que no son propiamente los lugares los que la molestan, sé que se conforma con una habitación en que las cortinas estén siempre corridas. El barrio es muy tranquilo, y lo que más me complace es que esta vez tendré la oportunidad de cultivar un jardín. Espero que nos dure.

8:30 p.m.

Hemos cenado en la habitación pri.ncipal. El comedor está desordenado todavía. Durante la tarde he estado recorriendo el piso de arriba, dándome cuenta de la mejor forma de mantener las habitaciones con buena ventilación. Sé que Katty no querrá abrir la suya, pero para mí el asunto de la ventilación es fundamental, estoy convencido de que uno debe mantenerse rodeado de buen aire.
        En el desván que se abre sobre el cielorraso, he encontrado un par de cajas llenas de polvo y de objetos viejos. Adornos navideños, juguetes rotos, trozos de encaje, algunos álbumes, un manojo de cartas, un juego completo de medias de bebé.
        He estado viendo todo eso por un buen tiempo, y me ha llamado mucho la atención una carta que dirige una señora Francisca Olivares a una amiga. La he leído varias veces. Luego he buscado en vano una carta de contestación o cualquier otra cosa que me permita comprender un pasaje oscuro que aparece hacia la mitad de la carta. Me extraña que no tenga ninguna conexión con el resto de cosas que escribe.
        Ahora lo consigno:
…Había pensado escribirte sobre la historia de Martha y su padre. Quería darte cada detalle de cuanto supe, pero al final he jurado silencio. Creo que no podía hacer menos por ella. Cosas terribles suelen suceder bajo los techos donde vive la gente común, y las puertas que vemos todos los días, mientras vamos al trabajo o salimos de compras, ocultan secretos que de ser oídos harían llover sangre. Sólo eso digo, en la esperanza de que Martha algún día deje de sentirse miserable. A fin de cuentas, no he podido pensar en el asunto sin llegar a la conclusión de que ella sólo ha sido una mujer inocente con un destino muy triste...
        Espero que más tarde podré revisar estos papeles con calma. No sé si contarle a Katty, ella es muy supersticiosa y es muy probable que todo esto la intranquilice. No quisiera tener que mudarme otra vez.