Una cuestión que debe resolver, ineludiblemente, quien
empieza a escribir tiene que ver con lo que en un determinado momento se le revela como realmente digno de contarse. Es decir, debe decidir
qué asuntos son los que harán parte de ese mundo que quiere crear.
En sus primeros textos, la mayoría de escritores se inclina
hacia lo dramático, hacia el patetismo de las situaciones que marcan los
límites de la condición humana. De ahí que sus poemas y cuentos se conviertan
interminables inventarios de lamentaciones y quejas que van desde la terca
marcha de los relojes hasta la también terca mudez de Dios. Con el tiempo, ese
espíritu de insatisfacción sigue intacto; pero –ante la indiferencia de los
silenciosos titanes― su voz se tuerce sobre la injusticia humana. Nacen de
este giro los compromisos políticos y los malos poemas revolucionarios que casi
siempre terminan en fría resignación. A veces, sin embargo, el joven espíritu
del escritor no se recupera de las primeras heridas y, una publicación tras
otra, el público verá nacer su frondosa caterva de criaturas doloridas.
Hay, en cuanto a estas posibilidades, una infinidad de
matices que harán la buena y mala literatura de todas partes.
Como puede verse, en los últimos días he estado muy ocioso.
A tal punto que me he puesto a hablar como si yo mismo fuera un veterano
escritor enfrascado en arduas reflexiones sobre su propio arte. No estoy seguro
de que llegue yo a tal condición, ni me atrevo a considerarme escritor más allá
del hecho de que me entretengo escribiendo. Pero se da el caso de que, tras darles tantas vueltas a estos asuntos, he empezado a andar por un camino poco
antes transitado por mí, y sin querer me he puesto ante una idea en la que se
pueden entrever atisbos de una verdad irresistible.
Entre otras cosas, he pensado que una vez se enfrenta uno al riesgo de crear personajes a imagen y
semejanza de obsesiones demasiado personales (al menos en la forma de
“encarnarlas”) o de adherir alguna ideología poco propicia al tratamiento
literario, se hace evidente que pocas actitudes le causan tanto bien a la
escritura como la que permite el realismo. A riesgo de ser demasiado obvio, podría
afirmarse que esta tendencia ―tantas veces reinventada por tantos
movimientos del pasado― es la que deja al escritor en una mejor postura frente a
la realidad. Supone, por decirlo de alguna manera, la obligación de mantener la
sangre fría (aquellos que saben en qué consiste la inspiración, sabrán valorar
lo que esto implica).
No sé si sea una buena analogía, pero se me ocurre que un
escritor de propósitos realistas ha de ser como un médico en tiempos de guerra, o de peste: podrán caer mil a su diestra (Salmo 91) y otros tantos estar
agonizando, sufriendo, clamando a su izquierda, pero él se mantendrá fiel a su
sagrado deber de dejar en pie el honor de
los acontecimientos. No dará lugar en su mente ni al asco ni a la compasión, sino
que buscará siempre el sosiego que le permita, por igual, hundir la jeringa o
esgrimir el bisturí. Nada ha de turbarle: ni el ruido, ni el dolor, ni las
promesas vanas de paz que le haga su propio cansancio.
Eso ha de ser el escritor realista: unos ojos atentos, unos
oídos abiertos al fragor de muerte que atonta al mundo del que escribe. No dará
albergue en su despensa ni a la sensiblería ni a la moraleja.
Atento a esto, el escritor realista tendrá que volver los
ojos al ancho mundo, sin olvidar la falsedad y la nobleza que iluminan por
igual al pasado en que habitan los más caros recuerdos (suyos y de sus prójimos) y al futuro en que resplandecen las más temibles promesas de destrucción. Mirar
hacia afuera, pero no tan lejos que se olvide lo esencial del ahora que palpita
entre sus manos: los conflictos, los temores, los fantasmas, las alegrías
falsas y verdaderas de quienes han tenido el azar de ver este mismo tiempo, de
vivir su mismo apocalípsis.
Como cualquier otro extremismo, la vocación realista de un
escritor deja por fuera sus propias esperanzas y las de quienes han apostado
por el activismo en favor de la conservación del planeta, de los animales, de
la Libertad (en toda su extensión)… en fin, a los defensores de las causas
perdidas.
