sábado, 7 de mayo de 2016

Abuela


A Débora Chávez, madre de todos.

Ya vieja te conocimos, abuela.
El cuerpo pequeño y la voz apagada.
El paso vacilante
y seguro
por el laberinto de tu caserón
lleno de santos y misterios.

Los ojos cansados de sufrir tus hijos,
se iluminaron mansamente en el amanecer de tus nietos.
Algunos –quiera Dios que sean muchos-
te guardan junto al recuerdo feliz
de la primera luz de los sábados
y las tardes lluviosas del invierno.

Te guardan, todavía, como eras.
Un sabio olor de vestidos
largamente guardados en baúles sin tiempo;
un plato de comida contra el borde filoso del hambre,
un dulce blanco y rojo en los labios golosos del capricho,
una puerta y un corazón que nunca se cerraban...
la única luz encendida en los primeros
días difíciles de nuestra infancia.

Eras vieja, abuela, como nuestro temor
a la muerte,
que tú tan bien conocías.
Como las voces de la ingrata juventud
que nos llamó muy pronto
lejos de tu caserón lleno de misterios descifrados
y baúles polvorientos,
indiferentes a las largas tardes del invierno
en que te fuiste cansando
de mirar
sola
la lluvia.