viernes, 26 de agosto de 2011

"El hambre tiene cara de perro"

Pues qué le vamos a hacer. Que me acusen si quieren, pero que no vengan el glotón de mi suegro y el pendejo de mi cuñado a decir que cómo es posible que yo haya llegado a esos extremos. Las mujeres, que digan lo que les venga en gana, porque ellas no saben lo que significa levantarse uno a media noche, sediento y medio erguido, y encontrarse así no más en la cocina a una mujer como Paloma... comiéndose un mango. Tendrían que ver el hambre de esa pobre muchacha, las ganas con que chupaba ese mango por todas partes, afanada en que no se le fueran a ensuciar los dedos con el precioso jugo de la fruta.
Ay, que no me digan que lo que hice no es de caballeros, si para los caballeros el caballo se quedó amarrado donde las damas dejaron la yegua. Pero lo que son las vainas: ahora la casa está llena de santos, y a la pobre Paloma la echaron no más, como quien saca el diablo a la calle, y a mí que ni me alientan ni me conduelen.
Qué le vamos a hacer, que ni el diablo es pobre, ni los santos comen salao. Bendito el que está allá arriba, que de vez en cuando nos echa un ojito. Apuesto a que nos perdona, a Paloma y a mí, que nos hayamos comido los mangos ajenos. El hambre tiene cara de perro, de perro cogido a palos, y eso ni quien lo niegue.

lunes, 22 de agosto de 2011

Sobre la vida de un hombre que nunca supo si sabía demasiado (primera entrega)


Siempre escuchaba a su abuelo hablar sobre la concesión de las tierras en su tiempo, y tenía que confesarse que él no hubiera sido capaz de amasar ninguna riqueza. Sólo podía verse a sí mismo como el miembro ése de la familia que puede muy bien despilfarrar en dos meses los ahorros de cinco generaciones. Sabía que no iba a ser un gran hombre. Era demasiado perezoso, y ahora creía que nunca le importó demasiado si lograba construirse una casa. Tenía siempre preocupaciones más inmediatas, y si no fuera porque de vez en cuando se alentaba a emprender la conquista de una jovencita desprevenida, hasta se hubiese arriesgado a confesar que lo único que quería era estarse tirado hasta el hastío, y que si esperaba algo de sí mismo era el valor para pegarse un tiro cuando las cosas tocaran fondo. Pero entonces volvía a pensar en su abuelo, en la risa agazapada con que contaba esas cosas, como si le estuviera diciendo: "pobre muchacho", y volvía sobre los reproches, y la falta de convicción le tiraba de los pies. Era en momentos así cuando dejaba de estar seguro de que fuera buena la vida que llevaba.
Pero, un día sucedió lo inesperado. Alguien llamó a la puerta, y Remberto Moscote, así se llamaba, salió a abrirla...