martes, 24 de septiembre de 2013

"Enoch y el gorila", de F. O´Connor.

He leído en esto días "Enoch y el gorila", de Flannery O'Connor. Descubro en este cuento una gran sutileza. Salvo algunas cuantas palabras dichas en contra de Enoch Emery, la narración --o la mano del narrador-- es de una admirable y tensa y sutilísima ironía. Se sabe que, al menos físicamente, estamos ante un hombre desagradable y que, a pesar de la inocencia que lo mueve, no inspira más que desprecio. Pero esto apenas se logra intuir, porque desde el principio el lector se siente arrastrado a una inevitable simpatía hacia las infantiles aspiraciones del personaje. Enoch quiere caminar bajo la lluvia sin mojarse, a pesar de que el paraguas que le han prestado no es más que un amasijo de tela raída y varillas oxidadas. Enoch quiere hacerse amigo de un gorila que lo manda "a la mierda" en el primer intento. Enoch quiere ser él mismo el hombre dentro del disfraz de gorila y termina cometiendo un crimen del que apenas tenemos conciencia.

También es sutil, magistralmente sutil, el mecanismo que controla los objetivos del punto de vista narrativo. Como en el Flaubert que relato el último y desesperado ir y venir de de Madame Bovary, el narrador de O'Connor es un maestro en el cambio de los lentes con que observa las andanzas de Enoch: unas veces se aleja, otras se acerca, y sin previo aviso se escurre o se estanca en la oscuridad que rodea a esta pobre criatura de su cuento. Lo rodea de muchas formas para dejarnos ver la ambigua persona, los ambiguos hechos de Enoch. 

Es éste, en términos generales, un buen relato: admirable ejemplo de cómo se ha de contar una vida miserable.

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