jueves, 22 de diciembre de 2011

El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry

Con ocasión de las festividades de fin de año, no dejes de leer esta joya de O. Henry.


Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

FIN

martes, 20 de diciembre de 2011

Para las damas del piso de arriba

"Supongo que ha llegado el momento de aclarar de dónde viene ese aire meditabundo del que con tanta frecuencia me acusan. Seguramente ha sido fácil para ustedes tildarme de viejo misántropo, y por cierto que algo de razón hay en ello. Sin embargo, la verdadera causa de mi enfurruñado silencio, de mi falta de solidaridad, está arraigada en una propensión más infantil: mi gusto por las ideas tristes.

Ya de joven padecía con los libros sobre dinosaurios y sobre otras cosas irrecuperables, pero ahora que envejezco sufro las revelaciones que me traen los hechos más sencillos de la vida. Un joven que se divierte escandalizando a los vecinos de esta calle en que vivo, una libreta de direcciones que había estado olvidada en el fondo de cualquier caja de chécheres y aparece de pronto con su garrapateo de nombres, con su carga de recuerdos y olvidos dolorosos... Cualquier cosa de esas.

Todas esas cosas; y entre todas ellas, una imagen que me ronda desde hace algunas semanas. A veces, sobre todo los sábados por la tarde, cuando estoy sentado frente al televisor o ante mi caña de pescar, sufro la ilusión de que un hombre joven a quien nunca antes he visto se acerca por mi espalda y, tras tocarme el hombro para llamar mi atención, me da una horrenda cuchillada en el abdomen. Luego, con el ceño apretado y los ojos burlones, se sienta frente a mí -que me desespero viendo tanta cosa- y me dice:

-Lo ves, viejo. Eso siempre ha estado ahí. En realidad, eres toda esa mierda que llevas por dentro.

Pero no crean que esto logra asustarme. Más bien me entristece, me desconcierta al poner frente a mí la evidencia de que la víscera más aterradora, la que se agita con mayor inquietud, la menos apetecible para un gusano receloso, es el corazón.

Lo peor, sin embargo, es que después de estos "encuentros" me veo obligado a salir de compras, a correr la aventura de encontrarme con ustedes por ahí.

Por eso esta carta: porque aún guardo la esperanza de que sabrán comprender mis amarguras. No dejen por lo menos de intentarlo.

El bueno de Dios sea con ustedes.

Amorosamente,

R. C."

viernes, 16 de diciembre de 2011

El jardín de la sabiduría



En los días de mediados de abril es una delicia mirar por la ventana. La clase es estupenda, como todas las del profesor de Literatura Oriental, y por eso al joven J... ese placer que da la vista del jardín se le ha vuelto medio pecaminoso.
Al otro extremo del salón, M..., la menuda y hermosa M... (quien además es heroína de los poemas de J... y objeto terso y despiadado de todas sus fantasías juveniles) levanta la mano y pregunta algo: una de sus tiernas bobadas. El profesor ha sido claro, contundente, dando otra muestra de su conocida fama de pedagogo inalterable.
Todo cuanto se había sacudido ante aquella duda, volvió enseguida a su lugar.
J... ha querido volver entonces a la contemplación de los girasoles y el césped reverdecido que bordean su salón, pero la voz varonil de A..., su compañera de fila, lo retiene:
--Profesor, ¿usted por qué sabe tanto?
Esta vez se genera una tensión distinta. El salón se llena con el aleteo de nuevas dudas, con murmullos y susurros que saltan de un puesto a otro.
--Porque tú sabes muy poco, hija --responde el profesor con una plácida sonrisa (quien lo conociera tan bien como J... sabría que en realidad está desconcertado por el descaro de su propia astucia).
La clase se sume entonces en uno de sus mejores silencios.
Súbitamente entristecido, J... ha perdido las ganas de mirar hacia el jardín.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Noche inconclusa


"Muchos hijueputas", fue lo único que dijo mi compañera cuando me encontró recostado contra la puerta de la caseta con un tiro en el ombligo.

Sin perder tiempo montó el revólver y salió corriendo hacia el portón auxiliar, el lugar que señalaba mi mano ensangrentada. Un momento después oí varios disparos. El eco de los tiros, magnificado por el espacio inmenso de la bodega, me hizo temer que hubiese vaciado su arma. Después escuché tres totazos de aquella maldita nueve milímetros, pero me tranquilizó enseguida la respuesta de la vieja treinta y ocho. Así se siguieron oyendo durante un par de minutos, tiros bien calculados, ya sin el descontrol de los primeros. Tiros exentos de odio, llenos de mala intención.

Por eso me entregué a la confianza de que, si no le había dado a los ladrones, al menos habría encontrado la manera de mantenerse a salvo mientras llegaban los refuerzos de la policía. Pero entonces sonó un fuerte estampido y se abrió este silencio que lo envuelve todo desde hace una hora, esta inmovilidad que acentúa tan terriblemente el dolor de los primeros calambres.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Para eso son los amigos


Salí de su apartamento y pedí el ascensor. Mientras lo esperaba en la impecable claridad del pasillo, disfrutando por última vez el furor de aquella vista, entendí por fin el sentido de sus palabras.

Justo estaba yo hablando de lo grande que era el mar, de lo pequeña y rotunda que se veía la ciudad desde allí (por dentro me preguntaba qué significaría poder ver esto todas las mañanas), cuando él cortó mi asombro con aquella frase:

-De tanto sonreírme la vida -dijo, con su tono de siempre-, le ha quedado una mueca que ahora no sé si es de dolor o de desprecio.

Después nos pusimos a contar lo que nos había pasado durante tantos años de separación. Yo dije todas las mentiras que pude para ocultar la frustración de estar pobre y casado, pero acostumbrándome definitivamente a lo que tenía. Él, por su parte, se empeñó cuanto pudo en arrancar las sábanas de despecho que sus palabras habían dejado caer sobre los caros muebles de su apartamento.

Intentos vanos de engañarnos, sinceros intentos de no lastimar la amistad ambiciosa y soñadora que en días muy remotos habíamos tenido.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una historia moralizante


A la edad que yo tenía entonces ese tipo de verdades, por más que a uno se las den molidas, le quedan dando vueltas en el gaznate. No en vano decía aquel burro de Plinio que la Juventud (la flaca y loca Juventud) es la única defensa que la Resignación (poderosa enemiga de los hombres) encuentra en nuestros corazones.
Nicanor Ortiz.

Ahora entiendo que ciertas cosas pasan porque sí. Aquella noche, cuando ya estaba de regreso en casa, me lo dijo el tío Roberto: “Esas cosas pasan, hijo”. Uno al final no sabe si puede fiarse de los hombres sentenciosos, pero el tío tenía razón. Yo trabajaba entonces en una librería y, si no fuera porque esa tarde me retrasé durante el almuerzo, seguro no me habría metido en problemas. A veces miro hacia atrás y, aunque quisiera ver todo aquello como un hecho sin importancia, debo confesar que pocas cosas de mi vida son tan dignas de recordarse.
Pero ya estoy viejo. Cuando se está viejo no valen los reproches, y lo peor es que uno se vuelve sentencioso. Como el tío Roberto, que un día me sentó frente a él para decirme cosas que luego se fueron volviendo verdad: me dijo que, viéndolo bien, las mujeres son todas buenas, que los hombres no ven bien y por eso las mujeres son malas a veces, que la cerveza es muy saludable para los nervios, que en ciertos momentos de su vida la gente suele descorazonarse... Siempre recuerdo al tío Roberto. Era un viejo zorro de los de aquellos tiempos.
La librería de la que hablo estaba ubicada en el cruce de dos calles con casas de grandes balcones, en la zona antigua de la ciudad. Era un buen sitio y yo entonces pensaba que tenía el mejor trabajo del mundo. No diré que ganaba mejor que un mesero, pero aquel era un lugar estupendo cuando imaginaba que saldría de allí para hacer grandes cosas. A veces me sorprendía suspirando (ya fuera porque los libros llegaban hasta el techo muy alto o porque había en el mostrador unas primorosas estatuillas de Sancho y Don Quijote o porque en el aire siempre flotaban buena música y aroma de café), al tiempo que repetía en mis adentros que era una suerte para mí poder ganarme la vida rodeado de tantas cosas agradables.
Una librería es un negocio particularmente raro (y apuesto completa mi vejez a que solamente quien haya sido librero sabe de lo que hablo). Aquella contaba además con un café, por lo que de vez en cuando se presentaban algunas dificultades adicionales, como la que esa tarde estuvo a punto de hacerme cometer una locura contra un hombre inocente: el cliente aquel muy conocido por todos que usaba copete alto y pedía palitos de aceituna con pepinillos.
Yo trabajaba en la parte de libros, pero casi todo el tiempo tenía que estar a cargo del café. Aunque había que lavar vasos y todo eso, debo decir que me gustaba bastante el espacio que quedaba detrás de la barra. De algún modo me pertenecía. Era como una ratonera y aún en los momentos de mayor ajetreo uno podía esconderse ahí detrás para leer un poco. Incluso se contaba que hacía varios años uno de los primeros dependientes solía traer a sus chicas para tirárselas detrás de la barra. Un fanfarrón que vino después, y que todo el tiempo estaba echando malos chistes, bautizó el café como el rincón de la impostura.
El día del incidente salí a almorzar después de la una. Fui a un restaurante que quedaba cerca, pues debía volver enseguida. Creo que la dueña llegaba de Bogotá esa tarde y teníamos que arreglar un par de asuntos con la administradora.
En esa época yo era bastante “disperso” (eso decía la administradora cuando quería ofenderme) y me resultaba muy difícil mantener una noción clara de mis responsabilidades. Iba por el mundo como quien no logra comprender que si no trabaja hoy no podrá comer mañana. Como que hacía lo que me daba la gana y sólo voltear la cabeza era excusa suficiente para cambiar la ruta. Iba y venía sin importarme gran cosa lo que eso pudiera significar. Pero por un tiempo estuve esforzándome y logré al menos ir sin contratiempos de mi casa al trabajo y a veces alcanzaba a llegar para la cena con mis padres y el tío Roberto.
Pero ese día me quedé viendo las noticias y justo cuando salía del restaurante cruzó por delante de mí la criatura más encantadora que veía desde mi primera comunión. Era una joven de esas que trabajan en el día y asisten a sus clases nocturnas con el uniforme de oficina. Debía ser empleada de alguno de los bancos que funcionaban a pocas cuadras de la librería. Era hermosa, lo juro, como pocas oficinistas, y creo que fue su caminar pausado lo que más me gustó. Ya iban a ser las dos, pero ella parecía no enterarse. Llevaba una carpeta contra el pecho; de vez en cuando bajaba los ojos para mirarla y era como si estuviera viendo su propia forma de caminar. Desee llegar junto a ella y susurrarle cosas al oído mientras la tomaba por la cintura, amarla contra una pared hasta que llegara la noche.
Como era de esperarse, me limité a aprovechar su andar lento para alcanzarla y seguirla de cerca pensando en las épocas más felices de mi vida. Soñé que me casaba con ella y que la nuestra era una marcha nupcial. La imaginé vestida de verde caminando hacia un altar de flores. En realidad, ya lo de la iglesia había pasado y justo en ese momento los dos caminábamos hacia nuestro nido de amor, alrededor del cual unos pajecitos de piedra nos invitaban a acostarnos. Puedo jurar que escuchaba una música suave tocada por algún paje malicioso que se ocultaba debajo de la cama.
Mi corazón ladraba con un ritmo escandaloso, lo tenía entre las sienes, y en el pecho se me revolvía un remolino de angustia cuando ella se volvía de vez en cuando para ver si la estaba siguiendo. Era encantadora y su trasero se dibujaba tan redondo en la tela verde del pantalón que no sabía si iba a alcanzar a llegar a la cama antes de echármele encima.
Cuando llegamos a la primera esquina, ella delante con su caminar pausado, yo detrás con los ojos puestos en su trasero, ya le había hecho dos hermosos niños y creo que la tenía encinta del tercero. Ahora nuestro andar por esa calle era el de dos esposos que han viajado por el mundo durante años y están de vuelta paseando con sus hijos. El mayor iba delante de nosotros y la niña, un poco más pequeña, se enredaba entre las piernas de su madre. Yo los seguía de cerca como un guardián silencioso, sintiéndome satisfecho de mi hermosa familia.
Cuando a veces estaba a punto de hacer caer a su mami, la niña se volvía hacía mí con una sonrisa de picardía que me gustaba mucho. “Te ríes igual que tu madre”, pensaba yo, y me hallaba feliz con mi lugar en ese círculo de gente bella. Salvo por su extrema seriedad, Damián se parecía mucho a ellas; era un muchacho inteligente que vivía pensando en sus libros todo el tiempo.
Damián dobló en la siguiente esquina y con él su madre y su hermana. Aunque hubiese querido que fuéramos hasta el final de esa calle que conduce al mar, me dispuse a seguirlos (creo que me gustaba que ya Damián estuviera tomando sus propias decisiones). En ese momento una voz demasiado conocida me llamó desde el fondo de mi pasado como librero, desde lo más profundo de ese tiempo en que yo pensaba que una librería es un lugar de trabajo estupendo porque estaba convencido de que saldría de allí para hacer grandes cosas. Era la voz de Carlota, la administradora.
Antes de entrar a la librería (como el niño que han obligado a guardarse porque ya está demasiado tarde para jugar en la calle) tuve el pesar de mirarla por última vez (como el niño que ve impotente que su pelota sigue dando tumbos calle abajo). Supe, como ese niño, que ya la había perdido y lo peor fue que no pude consolarme con la ilusión de nuestro hogar y nuestros dos hijos, ni logró entristecerme más la idea de ese embarazo que en adelante debería seguir afrontando sin mí. Allá iba ella con su hermoso trasero y su caminar sin prisas. Aquí estaba yo, de vuelta al mejor lugar del mundo.
Durante mi ausencia había llegado el señor Juan Garcés (le ponía rojo que los desconocidos lo llamaran de otra forma), uno de los clientes más asiduos del café. Siempre pedía banderillas de aceituna con pepinillos, que acompañaba con cerveza italiana. “Es lo mejor para después del almuerzo”, solía decir, y se cruzaba de piernas frente a su mesa de la esquina.
Era medio gordo, medio alto, medio viejo, el tipo de hombre del que uno no alcanza a distinguir bien un fondo y al que nunca se puede señalar de hipócrita o de bondadoso. De modo que sobre él no se podría decir cosas como éstas:
“En el fondo, el señor Garcés es un malparido”.
“Pero, en el fondo, el hombre es hasta buena gente”.
“En el fondo, don Juan no es más que un pendejo que vive del renombre de su familia”.
Porque además pagaba lo que consumía y a veces dejaba propina, y creo que a los dueños no les disgusta para nada que personas así visiten sus negocios.
Yo cumplía con servirle lo que pedía, como el que tiene un burro y sabe que debe darle paja todos los días. Ni siquiera esperaba que me llamara, pues ya lo nuestro se había vuelto un ritual. Un asunto de rutina que yo asumía con una sonrisa. Aunque siempre fui consciente de su falta de fondo, había aprendido a soportarlo de la mejor manera. En la librería todos sabíamos que parte de su tranquilidad estaba en poder comerse su bocadillo y para entonces yo no me sentía capaz de turbar la dichosa vida de un hombre a quien resultaba tan fácil comparar con un burro. Lo dejaba estar, y punto.
Pero esa tarde yo había estado negociando con el diablo y andaba de muy mala leche. La cercanía de aquella muchacha me había trastornado de tal manera que el hecho de tener que volver a mi trabajo mientras la imaginaba yendo por la calle con su andar tan lento, me volvía loco de indignación. Sentía que esta renuncia, justificada sólo por la obligación de completarle el almuerzo al señor Juan Garcés, era una humillación. A pesar de quererme tan poco a mí mismo, sentí el tamaño de aquella afrenta como una caliente bofetada. Y decidí que debía regresarla. Así como se oye.
Sin decir una sola palabra, me dirigí hacia la mesa del señor Garcés y lo golpeé dos veces en la cara. Con la segunda cachetada, dada con el revés de la mano, el pobre hombre se fue contra el piso. Cayó de la silla y yo no perdí ocasión de aporrearlo en el suelo. Era tan agradable sentir cómo mi pie se estrellaba contra sus blandos costados. En algún momento aproveché el tacón para machacarle la cabeza.
Creo que los crujidos de su cráneo se escuchaban en cada rincón de la librería. El pobre movía las manos y los pies igual que un escarabajo bocarriba. Pero aquello no era suficiente para él, pues ahora parecía reírse. Sabía que en realidad estaba llorando, pero me resultaba insoportable su espantosa mueca y el ruido que salía de su boca abierta como un agujero negro. Quería silenciarlo. Para ello empecé a molerlo con las patas de la silla, en la actitud de quien unta una sustancia desagradable contra el piso.
Pero el cretino no se callaba. No cerraba la boca ni se quedaba quieto, y lo que le estaba saliendo hacía el final era un lamento de animal herido.
Ante la imposibilidad de hacer que se callara, terminé por cogerlo de los pies para arrojarlo a la calle. En esas estaba, dándole puntapiés mientras lo arrastraba, cuando volvió a sonar la voz de Carlota:
—El señor Juan llegó hace rato y te está esperando.
—Sí.
—¿Y entonces qué haces ahí viendo lejos? Ve a atenderlo.
Maldita sea la voz de Carlota.
Sentí, y ella lo sabía, que había encontrado el tono perfecto para humillarme. El tono de los jefes, seco, sin mala intención, dueño de una orden que la línea de mando vuelve ineludible. A un jefe lo acatas o te vas y yo seguía convencido de que aquel era el mejor lugar del mundo. A pesar de la pérdida de la muchacha no había cerca de mis posibilidades otro refugio con libros hasta el techo, de modo que me mordí los puños y me dispuse a alimentar al respetable señor Juan.
Pero el diablo es puerco (eso también me lo dijo el tío Roberto) y antes de abrir la puerta de la nevera ya tenía la cabeza llena de malas ideas. Definitivamente, estaba decidido a cobrárselas a mi borrico. Esta vez sería más sutil, pero sé que le valdría por mil pescozones. Nada le dolería tanto como verse agredido en el estómago y en esos momentos yo era dueño del poder para hacerle sufrir. Podría torturarlo a mi antojo y eso me ponía eufórico. Pero resolví proceder con calma. Por un instante me sentí orgulloso de mí mismo. “Soy una mierda”, me dije, y estuve a punto de soltar una carcajada.
Con toda la calma de un hombre que ha tenido tiempo de medir sus pasos, y actuando como si representara un gran espectáculo para mis compañeros, abrí el frasco de encurtidos, destapé una cerveza y fui luego a sentarme frente al señor Juan. Todo sin prisas. Me comí una a una, lentamente y sin dejar de mirarlo a los ojos, sus deliciosas banderillas. Enseguida me eché un trago de la cerveza italiana y, antes de que alguien pudiera decir o hacer nada con que frenar esa locura, levanté la botella y brindé:
—Tiene usted razón, señor Juan. Esto es lo mejor para después del almuerzo.
El pobre hombre estaba tieso. No conseguía soltar una sola palabra para defenderse de semejante insolencia. Y seguramente hubiese permanecido así toda la tarde, de no ser por la voz de Carlota. Esta vez me estaba estrujando, me preguntaba algo acerca de las cosas que pasaban en mi cabeza, “en qué estás pensando, gran pendejo”, creo que le oí decir. Entonces me sentí inmenso como el estante de libros del fondo:
—Señorita Carlota, puede usted hacer lo que quiera —le dije, exagerando cuanto pude el gesto de quitarme el delantal y tirarlo contra el piso después de secarme las manos—. Aunque le sugiero con todo respeto que empiece por servir usted misma las banderillas del respetable señor Garcés. Las cervezas más frías están en el congelador.
Luego, levantando la mano, grité: “Hasta luego, señor Juan. Dios lo bendiga. Hasta luego, muchachos”. Y dejé que la puerta de la calle se cerrara sola, despacio pero imparable, detrás de mí.
—¿Qué tienes, muchacho, estás enfermo? ¡Dios mío, qué ojos de loco!
—Creo que me ha sentado un poco mal el almuerzo, señorita Carlota. Pero no se preocupe. Estoy bien.
—Es que me da pena con el señor Juan. Tú sabes cómo es él a veces.
—No se preocupe. Enseguida lo atiendo.
Y le serví sus banderillas de aceituna con pepinillo, y él se las comió lentamente, deleitándose entre trago y trago de su cerveza italiana.
Todo el resto de esa tarde estuve pensando en la mujer que había perdido, en Damián, en la niña de hermosa sonrisa que hubiese sido mi hija… en que el mundo, definitivamente, es una cosa despiadada que da vueltas.
Al final decidí hacer algo mucho peor, que es lo que quería contarles. Pero los años me han enseñado que nadie debe hablar mal de sí mismo, así que me limitaré a decir que aquel día quedé sin trabajo. Contrario a lo que yo mismo habría podido esperar, cuando estuve en la calle me sentí feliz. Creo que entonces conservaba todavía la esperanza de estar saliendo de allí para hacer grandes cosas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Otro relato costumbrista

Un hombre de cuarenta años toma el autobús a las cinco y cuarenta y siete de la tarde, poco antes de que las oficinas regurgiten sobre la noche su bullente amasijo de cansancio y estrés. Se para durante algunos segundos en mitad del pasillo y recorre con la mirada las filas de asientos. Entre los pasajeros de los últimos puestos reconoce la cabeza blancuzca de un viejo amigo (que al parecer conserva la costumbre de leer la Biblia en cualquier lugar). Enseguida lo ataca la misma aprensión de siempre: el temor a encontrarse con un conocido a esas horas, el fastidio de las conversaciones automáticas e interminables que tendrán lugar si uno se deja sorprender.

Por eso se sienta, no vaya a ser que lo reconozca.

No tarda mucho en percatarse de otra presencia, esta vez desconocida pero igual de tortuosa para él. En el puesto del lado, junto a la ventanilla, va sentada una joven mujer. Nada de malo habría en ello sino fuera por que es tan bella, y en este mundo no hay cosa que le haga padecer más que la absurda necesidad de iniciar una conversación cada vez que esto pasa (aunque lo que en realidad lo tortura es su incapacidad de encontrar las palabras adecuadas).

El clima es estupendo y eso no sirve para iniciar una conversación, sobre todo cuando el trayecto no es lo suficientemente largo para saltar de ese tema hacia una cursi explicación acerca de lo bueno que es conocer personas nuevas. Sólo el tiempo de las rutas largas sería capaz de fecundar este azar; sólo un conquistador nato podría crear en tan pocos minutos esa confianza que permite esbozar la ilusión de que es posible encontrarse otra vez, en un lugar más agradable que este asiento de autobús sobre el filo de la tarde.

El cacharro avanza. El Centro histórico va quedando atrás y la ciudad se hace cada vez más fea.

Siempre lo ha aterrado un poco el sentimiento de que ir desde el Centro hacia cualquier parte de la ciudad es una especie de descenso, un sumergirse lamentablemente en la parquedad de lo que no está iluminado por el mar o refrescando por las sombras de las antiguas construcciones coloniales. Pero ni el conductor ni los pasajeros parecen percatarse de eso. Se nota que cada quien está en lo suyo: el regreso a casa, el paseo nocturno de las mascotas, el hambre, las ganas de saciar el hambre...

Tampoco ella se percata de su angustia. Mira todo el tiempo hacia afuera y él, que intuye la belleza de sus ojos, daría el resto de sus atardeceres para que ella se decidiera a mirarlo. Tal vez un gesto o una sonrisa de esa mujer pudieran darle ánimos. Pero ella sólo sabe callar, y él padece también la belleza de su silencio.

Recuerda que hace tiempo, en una época en que todavía gustaba de cruzar los límites de la ciudad, conoció a una hermosa chica en un autobús. Después de diez horas se habían amado, se habían prometido nuevos encuentros y habían desaparecido hasta el moribundo sol de hoy.

Despierta de esta ensoñación, en la que ha estado buscando valor para el presente, cuando se percata de que las calles empiezan a hacerse cada vez más conocidas. Como último recurso prueba a desplegar el periódico, que sin darse cuenta ha estado estrujando entre las manos, pero enseguida entiende que un periódico abierto no es una buena forma de despertar la curiosidad de una mujer. “Una mujer como esta”, piensa. Un hombre como él no será nunca capaz de poseerla. Se necesita… Pero él no sabe qué se necesita, y cuando el autobús se detiene accede dócilmente a su rendición.

Ya en la acera, desearía tenerla cerca otra vez, alagarla, acariciar su cabello, decirle cosas lindas (o sucias) al oído. Pero el vehículo se bambolea ya bajo la luz de los faroles. De cualquier forma, piensa, nadie podrá contradecirle cuando -en busca de consuelo- diga que esta noche hace un clima estupendo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Sin título


Sopor aeternus, Las flores del mal


Si quieres ir desde aquí hasta la casa de Mary, tienes que elegir al menos entre dos caminos. Ya sabes que todas las calles conectan con todas, y que es por eso que no se pierden los mensajeros, pero eso no es lo que a ti debe importarte ahora. Así que puedes ir en bus o a pie, y eso quiere decir que o vas por la Avenida o atraviesas la alameda y tomas el puentecito de madera que está antes del cementerio. 
Hace dos días estuve pensando seriamente en ir a su casa. La llamé y quedé con ella en llegar a las seis. Había sido un día soleado, y la verdad es que no tenía ganas de calentarme en vano. El sol no me gusta mucho, y creo que es por eso que tolero mi trabajo en la librería. Todo el tiempo estoy encerrada entre libros nuevecitos. 
Apenas refrescó la tarde me fui caminando. Después de cruzar el puente debí andar largo rato al pie del muro que bordea el cementerio. Hacía una brisita fresca que llenaba el sendero con el olor de las flores que adornan las lápidas. No sé porqué, pero me puse muy contenta de saber que ese cementerio es el lugar más bello que conozco. A veces pienso en él como en una primavera: así debe de ser la primavera, como el cementerio central, lleno siempre de flores frescas… oloroso el aire que se respira cuando decides caminar al pie del muro… inigualable la vista cuando te subes al parapeto de la Avenida y lo ves todo de frente, multicolor, vivo, con personas marchitas que caminan entre las flore preguntándose cómo se sentirá estar muerto. Y veces también se me ocurre que seguramente así es el cielo, como una primavera llena de muertos y de un intenso olor de flores. 
El caso es que ahí estaba yo, con deseos de ver a Mary y respirando como cansada por culpa de las flores que invadían con su olor aquel sendero medio oculto entre la hierba. Y el olor me siguió mientras subía el parapeto de la Avenida para tomar la calle que va directo hasta la casa de Mary, y se pegó tanto a mí, que al fin me tocó reconocer que tenía ganas de entrar al cementerio. Muchas veces había hecho este mismo recorrido y ahora entendía que siempre tuve ganas de verlo por dentro. A esa hora, con el trasfondo gris de un día que ya empezaba a dar sus últimos suspiros, las flores no eran tan vistosas como por la mañana, pero quise entrar y bajé por la vereda. 
El vigilante trató de impedirme la entrada, alegando que pronto iban a cerrar, pero le expliqué que tenía que decirle algo a mi madre, pues la pobre había estado tan sola hoy que cumplía dos años de muerta, y que yo había viajado durante muchas horas para venir a hablar con ella. Y me creyó el buen hombre. Y casi llora, pero no dejé que me acompañara. Tuve que decirle que me sentiría mejor si podía estar a solas con mi madre.
Como quien sabe bien hacia donde se dirige, me decidí por el parque de la izquierda. Tal vez sólo quería ver qué clase de flores eran las que lanzaban su olor hasta la calle. El vigilante me seguía mirando y yo no quería que fuera a pensar mal de mí, y por eso llegué junto al muro y elegí pronto una lápida. La estuve viendo un buen rato, y pensé que debía parecerme realmente a una persona que contempla la tumba de su madre. Luego anduve un poco entre todas aquellas lápidas cubiertas de flores, leyendo nombres, calculándole edades a la muerte, viendo en los epitafios el dolor y el alivio y la alegría de las familias… y pensé que la muerte como que duele en la misma parte y que es verdad que los muertos no son malos. 
Y de pronto todo se volvió como si yo fuera la persona más solitaria del mundo, y como que todos esos muertos fueran míos, como que yo los hubiera perdido a todos ellos, y no aguanté, te lo juro, y empecé a llorar. Y lloré como creo que nunca he llorado en mi vida, como cuando sueño que veo mi propio cadáver. Me sentí sola, me vi sola, y no pude más que llorar por mí y por todas esas personas muertas y por las que paseaban aún entre aquel reguero de flores medio marchitas, y pensé que este llanto mío, mi cara llorosa, mi forma de llorar, me entiendes, se había muerto ya un montón de veces en las abuelas mías que no conocí, y seguiría muriéndose después. 
No sé porque piensa una en esas cosas, y estaba a punto de reírme de mi locura, pero cuando noté que muchas de aquellas flores eran de plástico empecé a llorar de nuevo, duro… casi aullaba, creo. Me dolía tanto que, después de todo, los muertos estuvieran tan solos. Que lo peor de la muerte sea estar muerto y no poder decirle uno a quien lo visita: “esas flores no me gustan” o “me siento sola, ven a verme con más frecuencia” o “siento que me pudro por dentro”. Maldito invento el de las flores artificiales, tan hipócritas las malditas flores de pasta, y maldito seas tú si te atreves a llevarme de esas cuando me muera. No me vayas a hacer eso, porque pensaría muy mal de ti. Pensaría que eres un desgraciado hipócrita.
Creo que fue por eso que Mary se enojó conmigo, porque dice que me esperó hasta tarde y no llegué. Y después no he sabido nada más, sólo que no quiere hablarme. Pero bueno, allá ella.    

domingo, 4 de septiembre de 2011

Apuntes para un relato que bien podría titularse: “Margaret o el color de la sangre”*



"En los cuentos de Ricardo Carpio hay sensibilidad, ojo de narrador y conciencia del oficio", Juan Gabriel Vásquez (Premio Alfaguara de Novela, 2011)

En horas de la tarde…

Sólo un demonio habría sabido explicarme por qué me sentía tan inquieto. Margaret continuaba acostada junto a mí, desnuda y hermosa, pero yo sólo pensaba en nuestra muerte… llevaba horas tratando de adivinar cómo carajos iríamos a morir ella y yo.
Tal vez sea porque ahora es una mujer ajena, me dije, y tu deber era cruzar la calle cuando la viste venir.
Pero no, me corregí enseguida, tu deber es tirártela hasta que el mundo reviente.
Y me apliqué a su pezón derecho, en una señal bastante clara para ella.

Más tarde la acerqué al centro comercial. Me había dicho que antes de llegar a casa iría a comprar la cena de su marido. Parece que el hombre se mandaba algunas vainas raras, pero la quería de veras y ella se estaba empeñando en ser encantadora. Sabía muy bien que su comportamiento en la cama bastaba para hacerle nacer a cualquiera el deseo de convertirse en su esclavo, pero esta vez era distinto.

—Quiero ser complaciente con él —me decía mientras la desnudaba.
(…)
—Quiero sentirme buena y aun mientras estás tú aquí comiéndome pienso que esto es por su bien.
(…)
—Pudiera decirse que estoy tomando lecciones para ser una mejor amante o que realizo a conciencia la hermosa fantasía de muchos hombres casados… Ya sabes, eso de que comparten cama con una perra.
(…)
—Tal vez no me comprendas, pero de ti ya no espero nada.
Y me daba un beso para cerrarme la boca.


A eso de las ocho y media.

Regresé a casa después de dar un paseo por las afueras de la ciudad.
Ninguna mujer puede imaginar lo que esa vuelta al desierto significa para un amante solitario. Nunca sabrá que, por más que él se empeñe en abrir puertas y ventanas, todo cuanto ella ha dejado tras de sí se convierte en aire venenoso. Y por eso tal vez no entienda el miedo que le impide bañarse a pesar del calor endemoniado, ni el acto de impotencia en que se enfrascará más tarde tratando de resucitarla para hacerse soportable el largo resto de esa noche sin ella.
Si lo viera tendido en la cama revuelta, empeñado en agotar los canales del televisor, creería cualquier cosa menos que su único propósito es encontrar alguna imagen feliz de la mujer que a esas horas se acuesta honradamente con su esposo.


No eran más de las nueve cuando sonó el celular.

Era Margaret, estaba llorando y los gemidos no la dejaban hablar. Lo único que le entendí fue que debía ir a su casa enseguida, que el maricón de su esposo llegó borracho y se puso a jugar con un arma, y ahora estaba en el piso del cuarto con un tiro en alguna parte. Imaginé enseguida los sesos del tipo regados por ahí y lo maldije por traerme otra vez la pregunta aquella sobre mi propia muerte.
Por extraño que pueda parecer, no conseguía ver una sola gota de sangre en la escena que ella inútilmente trataba de pintarme.


Nueve y cuarenta y nueve.

También me resultó extraño que al llegar a su casa no hubiera policías ni curiosos. En estos casos uno espera que haya gente asomándose por las ventanas y que tendrá necesidad de simular muy bien su turbación cuando alguien se acerque para hablarle sobre el supuesto accidente. Pero no había nadie. Mientras bajaba de la moto llegué a pensar que a Margaret se le estaba yendo la mano, si es que pretendía hacerme una broma. Esta posibilidad alcanzó a angustiarme por la sospecha de que tal vez quisiera aprovechar alguna demora del esposo para tirarme a su cama, o que simplemente hubiese decidido presentarnos, algo así como:
—Mira, Esposo, te presento a mi Amante. Amante, te presento a mi Esposo. Espero que se lleven bien, ya que si van a compartir mi cuerpo sería estupendo que compartieran conmigo un rato agradable frente a esta mesa que el bueno de Dios nos ofrece. Disfruten las pastas, creo que esta noche me han quedado deliciosas…
Realmente estaba dudando de si yo mismo no habría llegado demasiado lejos, si lo más conveniente no era volver a casa y llamarla diciendo que la moto me estaba dando problemas. Pero ―como el mensajero que toca el timbre a pesar del aviso de perro asesino que acaba de ver en la verja― me hallaba fascinado por la idea de que más allá de esa puerta tan bien iluminada se hubiera desatado una pesadilla.


Diez menos diez.

No alcancé a llamar. Margaret abrió la puerta en el instante en que iba a tocar el timbre. Por un segundo creí confirmada mi sospecha de estar acolitando alguna travesura, pero noté enseguida que las manos le temblaban como atacadas de párkinson y tenía un ojo hinchado.
Llevaba un mechón de pelo pegado a la frente: una sanguijuela que le estaba chupando a su rostro toda expresión de vida. La bata roja que traía puesta no ayudaba mucho a disolver esa horrible impresión de desangramiento.
Sin darme tiempo de decir nada, me arrastró por el brazo hasta el lugar donde había dejado a su esposo. El tipo estaba acostado boca arriba e iba vestido con la que debía ser su ropa de trabajo. Una sábana empapada de sangre le servía de almohada. Al ver ese gesto de compasión recordé las palabras que Margaret me dijo por la tarde y supe, casi con orgullo, que había respondido bien a esta prueba inesperada para su buena voluntad.
La bala le abrió un agujero justo en el centro del mentón. Aunque la devastación del impacto alcanzaba a desfigurarle un poco la cara, por fortuna no se veían astillas de huesos asomando por ningún lado y el cerebro se había conservado en su sitio. Es más, aunque resultara tan improbable, el tipo seguía vivo.
La agitación que debió padecer al principio —tal vez desesperado ante la ineficacia del disparo, o por el dolor que le vino después del desespero— había formado a su alrededor algo parecido a las alas que suelen hacerse en la arena los muchachos que van por tarde a la playa. Cuando intentaba tragar aire, presa de algún ahogo convulsivo, le salían renovados borbotones de sangre por el punto negro de la barbilla.
Miré alrededor, pero no vi el arma por ninguna parte.


Diez en punto.

―¿Qué pasó? ―le pregunté, después que ya no encontré más cosas absurdas que preguntarme a mí mismo.
Cuando vi el rastro de sangre que salía de la habitación y se regaba en todas las direcciones de la casa, me puse a inventar suposiciones. Al final me quedé con la idea de que, después del disparo, Margaret estuvo dando vueltas sin saber bien lo que hacía, entrando y saliendo morbosamente de aquel lugar espantoso.
Tal vez tenía la esperanza de que todo aquello fuera imaginación suya. Tal vez estuviera fascinada por el olor, por el color, por el fluir despacioso de la sangre.
Hasta que decidió llamarme.
Y ahí estaba yo, haciendo preguntas estúpidas.


Ocho y cuarto.

Pero ella no se fijaba en nada y empezó a contarme lo que pasó, que es un cuento largo, hasta que entraron a esta habitación, él con síntomas de haber estado bebiendo y ella diciéndose a sí misma que no tenía derecho a reclamar.
Entonces comenzó un asunto bien raro, porque él había dicho que quería jugar con ella y sacó del bolsillo del pantalón una bata roja de seda sintética.
Ella entró al baño y se la puso.
Al regresar vio que la estaba esperando sentado en esa cama de ahí, con el revólver aprisionado entre la rodilla y la palma de la mano.
Sin darle tregua para comprender lo que vendría a continuación, empezó a preguntarle toda clase de cosas: que si era cierto que no llevaba ropa interior y estaba depilada, que si había oído decir que las perras siempre iban así porque aprovechaban para masturbarse mientras se quitaban los pelos, etc.
Y ella creyó que era parte de un juego, porque a veces jugaba conmigo a ser yo un policía corrupto y ella una ladrona desvergonzada. Había empezado a excitarse, pero enseguida se dio cuenta de que la estaba insultando en serio, hablando de algunos rumores que andaban por ahí, que eso de los rumores era para las putas, etc.
Y se le fue encima y la golpeó en la cara. Forcejearon en silencio hasta cansarse, como dos tontos que juegan. Cuando ella cayó al suelo pensando que iba a matarla, él se echó hacia atrás, se puso el revólver ahí (en vano trataba ella de señalarse el mentón mientras me contaba lo sucedido) y se disparó mientras le pedía que lo mirara a los ojos.


Diez y diez.

A esta parte llegó, como llega un inválido hasta el último peldaño de una escalera, a través de los sollozos. La saqué de la habitación y la llevé a uno de los cuartos auxiliares. Después de dejarla recostada en la cama, regresé a la habitación principal sin saber bien lo que hacía.
Presa del dolor, el hombre se revolcaba en el suelo, totalmente mudo y con los ojos clavados en la luz del techo. Por la tensión de sus piernas parecía que intentaba darse la vuelta, pero se fue quedando quieto y después cerró los ojos, agobiado por la inutilidad del esfuerzo.
Creí que había muerto y me esforcé por sentirme mal. A fin de cuentas el más perjudicado con todo esto era yo, que no podría disfrutar del estado narcótico en que se convierte el sueño cuando entras en él con la televisión encendida.
Me acerqué despacio al borde gelatinoso del charco de sangre, temiendo despertarlo de esa calma que le daba el aspecto de un niño que ha estado llorando por mucho tiempo y ahora cierra los ojos para sobrellevar el hipo.
Pese a la agitación que le arremolinaba el pecho, era claro que su rostro y sus manos habían dejado de recibir sangre.
Abrió los ojos de nuevo. Al verme empezó a agitar los brazos tratando de asirse a mis pantalones, como si quisiera arrastrarme al abismo en que se estaba hundiendo irremediablemente.
Pero él ya estaba tan lejos que me molestó al instante nuestro vacío intercambio de miradas y salí una vez más en busca de Margaret.


Después…

―¿Qué haré, dime, qué hago? ―ya estaba serena otra vez, ya era nuevamente esa mujer capaz de acostarse con su marido después de pasar la tarde en mi habitación. Pensé que la amaba más que nunca, que toda esa sangre alrededor de ella la hacía más encantadora.
Quise explicarle que, dadas las circunstancias, lo mejor era llamar pronto a una ambulancia, o a la policía, pero me limité a abrazarla con todas mis fuerzas.
―Quiero seguir siendo buena ―la oí decir con voz indiferente, como cuando me hablaba de esas cosas mientras la desnudaba por las tardes.
Me apartó con suavidad y empezó a caminar hacia la ducha. La bata se fue deslizando por su espalda hasta ser en el piso otra criatura ensangrentada. Cuando encendió la luz del baño estaba completamente desnuda, pero lo que más me sedujo fueron sus pies manchados de sangre. Sentí un golpe en el corazón cuando imaginé que se trataba de la protagonista de una novela gótica que perdió sus zapatos mientras huía de una mansión endemoniada en medio del bosque. Se veía tan indefensa, tan necesitada de alguien que restregara sus pies.
Entré al baño y me detuve detrás de ella, sintiendo apenas el temblor que parecía estar destrozando cuanto había bajo la luz de sus hombros. Abrí el chorro de agua y la acaricié despacio hasta que empezó a llorar de nuevo. Entonces me tiré a sus pies y comencé a besarlos, ciego por la idea de que era la sangre de sus plantas destrozadas. Supuse que debía ser terrible para su tierno corazón el haber caminando toda la noche entre los parajes más escabrosos de ese bosque capaz de desquiciar a cualquiera.
“Pobrecita”, pensé, mientras le acariciaba los dedos.
“Pobre mi niña”, mordiendo sus rodillas, apoyando mi subida en la curva de su espalda.
“Pero ya estoy aquí”, cuando le di a su hermosa luna el beso más decente y más tierno que nunca he dado.
“Pobres de nosotros”, cuando salí de su ombligo para besarla en la boca; cuando descubrí que había dejado de llorar, que sonaría muy desconsiderado si le preguntaba dónde había ocultado el revólver.

*Estos apuntes hacen parte del libro Un buen lugar bajo la lluvia, publicado en la colección Voces del fuego, Ediciones Pluma de Mompox, 2011.

viernes, 26 de agosto de 2011

"El hambre tiene cara de perro"

Pues qué le vamos a hacer. Que me acusen si quieren, pero que no vengan el glotón de mi suegro y el pendejo de mi cuñado a decir que cómo es posible que yo haya llegado a esos extremos. Las mujeres, que digan lo que les venga en gana, porque ellas no saben lo que significa levantarse uno a media noche, sediento y medio erguido, y encontrarse así no más en la cocina a una mujer como Paloma... comiéndose un mango. Tendrían que ver el hambre de esa pobre muchacha, las ganas con que chupaba ese mango por todas partes, afanada en que no se le fueran a ensuciar los dedos con el precioso jugo de la fruta.
Ay, que no me digan que lo que hice no es de caballeros, si para los caballeros el caballo se quedó amarrado donde las damas dejaron la yegua. Pero lo que son las vainas: ahora la casa está llena de santos, y a la pobre Paloma la echaron no más, como quien saca el diablo a la calle, y a mí que ni me alientan ni me conduelen.
Qué le vamos a hacer, que ni el diablo es pobre, ni los santos comen salao. Bendito el que está allá arriba, que de vez en cuando nos echa un ojito. Apuesto a que nos perdona, a Paloma y a mí, que nos hayamos comido los mangos ajenos. El hambre tiene cara de perro, de perro cogido a palos, y eso ni quien lo niegue.

lunes, 22 de agosto de 2011

Sobre la vida de un hombre que nunca supo si sabía demasiado (primera entrega)


Siempre escuchaba a su abuelo hablar sobre la concesión de las tierras en su tiempo, y tenía que confesarse que él no hubiera sido capaz de amasar ninguna riqueza. Sólo podía verse a sí mismo como el miembro ése de la familia que puede muy bien despilfarrar en dos meses los ahorros de cinco generaciones. Sabía que no iba a ser un gran hombre. Era demasiado perezoso, y ahora creía que nunca le importó demasiado si lograba construirse una casa. Tenía siempre preocupaciones más inmediatas, y si no fuera porque de vez en cuando se alentaba a emprender la conquista de una jovencita desprevenida, hasta se hubiese arriesgado a confesar que lo único que quería era estarse tirado hasta el hastío, y que si esperaba algo de sí mismo era el valor para pegarse un tiro cuando las cosas tocaran fondo. Pero entonces volvía a pensar en su abuelo, en la risa agazapada con que contaba esas cosas, como si le estuviera diciendo: "pobre muchacho", y volvía sobre los reproches, y la falta de convicción le tiraba de los pies. Era en momentos así cuando dejaba de estar seguro de que fuera buena la vida que llevaba.
Pero, un día sucedió lo inesperado. Alguien llamó a la puerta, y Remberto Moscote, así se llamaba, salió a abrirla...

sábado, 26 de marzo de 2011

Alfonso y el tigre

Después del incidente con el tigre, Alfonso padeció fuertes dolores de cabeza durante más de una semana. Pero era un hombre terco, y a pesar de la comprobada inutilidad de las aspirinas sólo los coágulos de sangre lo decidieron a visitar al doctor.
—A ver, dígame qué le pasa —le dijo el médico, parado frente a él.
—No sé —respondió Alfonso, que estaba sentado en la camilla—. Por eso vine —se sentía cohibido por el excesivo olor a limpieza del consultorio.
—Veamos —dijo el doctor, y tras un suspiro de formalidad, le introdujo en la boca la paletita de madera—. Mmmm. Ya veo… —otro suspiro.
Después de auscultarlo, el doctor fue a sentarse detrás del escritorio. Apoyado de codos sobre la mesa, empezó el cuestionario de rutina, al tiempo que garabateaba las respuestas sobre un papel amarillento. ¿Nombre completo? Alfonso Hernández Moreno. ¿Edad? 36. ¿Tipo de sangre? O positivo. ¿Alergias? Ninguna…
—Y qué es lo que se siente, señor Alfonso —lo miró el doctor hacia el final de las preguntas.
—Realmente, doctor, no sé. Bueno, ahora no sé. Primero fue un dolor de cabeza muy fuerte. Llegué a creer que me mataría, pero las aspirinas lo aplacaron al principio. Incluso esa noche pude dormir bastante bien —se calló. Mientras hablaba, había venido a sentarse frente al doctor, que seguía tomando apuntes. Éste lo miró: un cierto dejo de lástima empezaba a notársele.
—Ya veo… —y se puso a escribir.
—Pero al día siguiente —retomó Alfonso— pensé que la cabeza se me iba a partir por la mitad. Gracias a Dios, las aspirinas… aunque esta vez me quedó un dolorcito como de cansancio, aquí en la nuca, doctor. Y así hasta que las pastillas no sirvieron de nada. Pero vea que uno se acostumbra a cualquier cosa y la verdad es que ya yo me había hecho a la idea. El problema para mí son los coágulos de sangre que se me empezaron a venir por la boca hace ya dos días. Entonces sí me preocupé, doctor, y por eso vine.
—Ya veo. Dígame una cosa, señor Alfonso, ¿cómo son esos coágulos?
—De sangre, doctor. Aunque yo les noto algo raro, como unos grumos blancuzcos, rosados.
—A ver, señor Alfonso —y puso los codos sobre el escritorio—, dígame algo más: ¿usted había sufrido de estos dolores antes? ¿Sabe si en su familia alguien más padece o padeció cefalalgias o migraña?
—No, doctor, nunca. Es más, creo que sé cuál es la causa del asunto. Usted sabe que hace unos días se celebraron los carnavales.
—Sí —respondió el doctor—. Yo me disfracé de burro —y sin poder evitarlo se echó a reír.
Alfonso esperó con mansedumbre.
—Pues vea, doctor —dijo al fin, mientras el doctor se secaba las lágrimas—, esa semana me quedé trabajando. Mi abuelo se había muerto unos días antes y yo no estaba de buenos ánimos.
—Lo siento —dijo el doctor, y aunque seguía pensando en su cola de burro, logró reprimirse.
—Usted sabe que nunca faltan los compañeros pesados. No sé quién maldito entró en mi oficina a la hora del almuerzo y dejó un tigre amarrado a la pata de la mesa. Usted imaginará mi susto al momento de abrir la puerta. Por fortuna el animal estaba bien amarrado y, aunque quedé indefenso por el desmayo, no me hizo nada. Me desperté en la enfermería, ya con el maldito dolor de cabeza.
—Ya veo —dijo el doctor con ojos distraídos y volvió a sus apuntes. Tras un silencio pensativo, agregó—: Mire, señor Alfonso, espero que no se alarme por lo que voy a decirle. Después de todo, cuando el paciente llega al estado en que usted se encuentra, los peligros reales ya han pasado. Su problema es muy sencillo: lo que usted ha venido vomitando en esas continuas hemorragias es su cerebro. No me mire así. Tal vez, al desmayarse, recibió un fuerte golpe en la cabeza, quizás tan fuerte que le licuó los sesos. El dolor explica la lenta fragmentación de su masa cerebral y esos grumos que usted dice haber visto mezclados con la sangre no son otra cosa que trocitos de su cerebro. Pero, ya se lo dije, el riesgo mayor ha pasado, y lo más seguro es que los dolores desaparezcan cuando haya terminado de evacuar su cabeza. Es muy probable que después de eso usted se sienta despistado por momentos o que empiece a olvidar algunas cosas, pero no se preocupe: es natural. Después de todo, uno termina por acostumbrarse a lo que sea. Créame, usted podrá vivir con eso.
El doctor —que mientras hablaba no había dejado de pensar en su cola de burro—tenía razón. Dos días después de la consulta, Alfonso vomitó la última vez, y ya no volvió a sentir dolores de cabeza.