El
reconocimiento del otro parte siempre de una consciencia, clara o no, de uno
mismo, y viceversa: el yo sólo se define en su confrontación con el otro (o lo
otro). De ahí que el concepto de “identidad” sea tan importante para emprender
cualquier tipo de discusión sobre las “relaciones éticas”: siempre estamos
frente al otro desde el autoconocimiento (para el caso, no importa si
equivocado) de quiénes somos nosotros mismos.
Savater es
claro, y hasta esquemático, al presentar las posibles relaciones del yo con la
otredad, discernibles por el grado de reciprocidad e igualación de los sujetos
involucrados. En el plano de mayor distanciamiento, está la relación del yo con
lo absolutamente otro, con el dios y con cuanto sobrepasa la condición humana.
Es el tipo de vínculo que, desde la religión, se da entre el creador y su
criatura. Pero esta relación se establece en términos absolutos: mientras el
hombre medieval, en su visión teocéntrica hallaba en esta relación todo el
sentido que cabía esperar para su vida, los seres posmodernos retratados por
Fadanelli no encuentran ya en la divinidad la objetivación de un dador de sentido
para la travesía vital. De hecho son seres con una visión desacralizada del
mundo, personas marginales a quienes no les ha quedado mucho tiempo para
ocuparse de sus almas, empeñados como están en no dejar que sus cuerpos sufran
o mueran. Si acaso, hay todavía temores heredados de una cosmovisión demasiado
arraigada que todavía le da cierta vigencia a la figura de dios, pero poco se
necesita para ser desechada ante la primera confrontación con lo que es
necesario para sobrevivir. Piénsese por ejemplo en la madre del narrador, una mujer que se declara a sí misma una buena
mujer y buena esposa, y que, sin embargo, no duda en mandar a matar a la amante
de su marido: “Quiero a mi familia, señor Ramírez, y quiero conservarla. No me
importa si me voy al infierno por esto, pero en esta vida nadie va a quitarme a
mi marido”. No sé si sea aventurado decir que, aunque la mayoría de nosotros
estamos dispuestos a aceptar la omnipotencia de Dios, pocos se sentirán
incómodos con la idea de que es un viejito un tanto chocho al que no es
necesario hacerle demasiado caso.
Un plano
más abajo, Savater menciona las relaciones del otro definidas por la violencia
en el ámbito de la política. En el ámbito muy general, muy amplio, de la
política en cuanto actividad que engloba todas las actividades humanas y que
define el orden jerárquico de las relaciones humanas. Es la relación entre
estos individuos marginales, Johnny y el narrador, Rebeca y Elena, entre ellos
mismos y con la sociedad mexicana. Ellos, digámoslo así, son los perdedores de
la historia mexicana (y universal): son hijos de los que fueron humillados y
ofendidos por los fuertes del pasado y del presente. Ese orden social no se
menciona en ningún momento de la novela, no hay en ella una sola frase que
encarne una crítica social, pero la simple enumeración de lo que estos
muchachos no tienen es suficiente para entender la rapacidad, la inequidad que
han dado forma a nuestras sociedades. Además, están las relaciones de fuerza
entre los propios personajes: el Johnny que se impone al narrador en un
principio, y que luego dará lugar a un reconocimiento mutuo en la libre
realización de un destino marcado por la violencia y el crimen. Las relaciones
paralelas, equivalentes, entre Johnny y su hermana Rebeca, y el narrador y su hermana
Elena. Al final, podría decirse que La
otra cara de Rock Hudson es hasta costumbrista en la fidelidad del retrato
de una sociedad regida por la ley del más fuerte, o del menos débil.
Para
referirnos al tercer tipo de relación: la que se da entre iguales, podemos
afirmar que en esto se afirma la evolución dramática de esta historia. La
novela de Fadanelli es la historia de un descenso moral hacia el mundo del
crimen, de una caída inevitable, de la pérdida definitiva de una inocencia que
ya estaba perdida. El reconocimiento final entre el narrador y Johnny se da en
cuanto el primero desciende desde la altura moral que le daban sus quince años
“sin crimen cometido” hacia la aceptación y la realización de sí mismo en la
compañía de un hombre para quien asesinar o traficar con drogas no es motivo de
desvelo.
Dado lo
anterior, para el cuarto tipo de relación (el amor) no había esperanzas: el único vínculo de esta naturaleza que puede observarse en la
novela, si bien desinteresado y de una gran entrega, está rodeado por la sombra del incesto.
En el mundo edificado (o simplemente retratado) por Fadanelli no hay lugar para felicidad: una vieja maldición advierte que ésta será negada para siempre a quienes hayan perdido la inocencia.
*Trabajo realizado en el área de Novela y filosofía, Maestría en Literatura y creación literaria, Centro de estudios Culturales Casa Lamm, México, D. F.