Pues qué le vamos a hacer. Que me acusen si quieren, pero que no vengan el glotón de mi suegro y el pendejo de mi cuñado a decir que cómo es posible que yo haya llegado a esos extremos. Las mujeres, que digan lo que les venga en gana, porque ellas no saben lo que significa levantarse uno a media noche, sediento y medio erguido, y encontrarse así no más en la cocina a una mujer como Paloma... comiéndose un mango. Tendrían que ver el hambre de esa pobre muchacha, las ganas con que chupaba ese mango por todas partes, afanada en que no se le fueran a ensuciar los dedos con el precioso jugo de la fruta.
Ay, que no me digan que lo que hice no es de caballeros, si para los caballeros el caballo se quedó amarrado donde las damas dejaron la yegua. Pero lo que son las vainas: ahora la casa está llena de santos, y a la pobre Paloma la echaron no más, como quien saca el diablo a la calle, y a mí que ni me alientan ni me conduelen.
Qué le vamos a hacer, que ni el diablo es pobre, ni los santos comen salao. Bendito el que está allá arriba, que de vez en cuando nos echa un ojito. Apuesto a que nos perdona, a Paloma y a mí, que nos hayamos comido los mangos ajenos. El hambre tiene cara de perro, de perro cogido a palos, y eso ni quien lo niegue.
Caramba, ahora entiendo bien el hombre con hambre cambia de cara. me gustó mucho amigo.
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