Siempre escuchaba a su abuelo hablar sobre la concesión de las tierras en su tiempo, y tenía que confesarse que él no hubiera sido capaz de amasar ninguna riqueza. Sólo podía verse a sí mismo como el miembro ése de la familia que puede muy bien despilfarrar en dos meses los ahorros de cinco generaciones. Sabía que no iba a ser un gran hombre. Era demasiado perezoso, y ahora creía que nunca le importó demasiado si lograba construirse una casa. Tenía siempre preocupaciones más inmediatas, y si no fuera porque de vez en cuando se alentaba a emprender la conquista de una jovencita desprevenida, hasta se hubiese arriesgado a confesar que lo único que quería era estarse tirado hasta el hastío, y que si esperaba algo de sí mismo era el valor para pegarse un tiro cuando las cosas tocaran fondo. Pero entonces volvía a pensar en su abuelo, en la risa agazapada con que contaba esas cosas, como si le estuviera diciendo: "pobre muchacho", y volvía sobre los reproches, y la falta de convicción le tiraba de los pies. Era en momentos así cuando dejaba de estar seguro de que fuera buena la vida que llevaba.
Pero, un día sucedió lo inesperado. Alguien llamó a la puerta, y Remberto Moscote, así se llamaba, salió a abrirla...
No hay comentarios:
Publicar un comentario