domingo, 4 de septiembre de 2011

Apuntes para un relato que bien podría titularse: “Margaret o el color de la sangre”*



"En los cuentos de Ricardo Carpio hay sensibilidad, ojo de narrador y conciencia del oficio", Juan Gabriel Vásquez (Premio Alfaguara de Novela, 2011)

En horas de la tarde…

Sólo un demonio habría sabido explicarme por qué me sentía tan inquieto. Margaret continuaba acostada junto a mí, desnuda y hermosa, pero yo sólo pensaba en nuestra muerte… llevaba horas tratando de adivinar cómo carajos iríamos a morir ella y yo.
Tal vez sea porque ahora es una mujer ajena, me dije, y tu deber era cruzar la calle cuando la viste venir.
Pero no, me corregí enseguida, tu deber es tirártela hasta que el mundo reviente.
Y me apliqué a su pezón derecho, en una señal bastante clara para ella.

Más tarde la acerqué al centro comercial. Me había dicho que antes de llegar a casa iría a comprar la cena de su marido. Parece que el hombre se mandaba algunas vainas raras, pero la quería de veras y ella se estaba empeñando en ser encantadora. Sabía muy bien que su comportamiento en la cama bastaba para hacerle nacer a cualquiera el deseo de convertirse en su esclavo, pero esta vez era distinto.

—Quiero ser complaciente con él —me decía mientras la desnudaba.
(…)
—Quiero sentirme buena y aun mientras estás tú aquí comiéndome pienso que esto es por su bien.
(…)
—Pudiera decirse que estoy tomando lecciones para ser una mejor amante o que realizo a conciencia la hermosa fantasía de muchos hombres casados… Ya sabes, eso de que comparten cama con una perra.
(…)
—Tal vez no me comprendas, pero de ti ya no espero nada.
Y me daba un beso para cerrarme la boca.


A eso de las ocho y media.

Regresé a casa después de dar un paseo por las afueras de la ciudad.
Ninguna mujer puede imaginar lo que esa vuelta al desierto significa para un amante solitario. Nunca sabrá que, por más que él se empeñe en abrir puertas y ventanas, todo cuanto ella ha dejado tras de sí se convierte en aire venenoso. Y por eso tal vez no entienda el miedo que le impide bañarse a pesar del calor endemoniado, ni el acto de impotencia en que se enfrascará más tarde tratando de resucitarla para hacerse soportable el largo resto de esa noche sin ella.
Si lo viera tendido en la cama revuelta, empeñado en agotar los canales del televisor, creería cualquier cosa menos que su único propósito es encontrar alguna imagen feliz de la mujer que a esas horas se acuesta honradamente con su esposo.


No eran más de las nueve cuando sonó el celular.

Era Margaret, estaba llorando y los gemidos no la dejaban hablar. Lo único que le entendí fue que debía ir a su casa enseguida, que el maricón de su esposo llegó borracho y se puso a jugar con un arma, y ahora estaba en el piso del cuarto con un tiro en alguna parte. Imaginé enseguida los sesos del tipo regados por ahí y lo maldije por traerme otra vez la pregunta aquella sobre mi propia muerte.
Por extraño que pueda parecer, no conseguía ver una sola gota de sangre en la escena que ella inútilmente trataba de pintarme.


Nueve y cuarenta y nueve.

También me resultó extraño que al llegar a su casa no hubiera policías ni curiosos. En estos casos uno espera que haya gente asomándose por las ventanas y que tendrá necesidad de simular muy bien su turbación cuando alguien se acerque para hablarle sobre el supuesto accidente. Pero no había nadie. Mientras bajaba de la moto llegué a pensar que a Margaret se le estaba yendo la mano, si es que pretendía hacerme una broma. Esta posibilidad alcanzó a angustiarme por la sospecha de que tal vez quisiera aprovechar alguna demora del esposo para tirarme a su cama, o que simplemente hubiese decidido presentarnos, algo así como:
—Mira, Esposo, te presento a mi Amante. Amante, te presento a mi Esposo. Espero que se lleven bien, ya que si van a compartir mi cuerpo sería estupendo que compartieran conmigo un rato agradable frente a esta mesa que el bueno de Dios nos ofrece. Disfruten las pastas, creo que esta noche me han quedado deliciosas…
Realmente estaba dudando de si yo mismo no habría llegado demasiado lejos, si lo más conveniente no era volver a casa y llamarla diciendo que la moto me estaba dando problemas. Pero ―como el mensajero que toca el timbre a pesar del aviso de perro asesino que acaba de ver en la verja― me hallaba fascinado por la idea de que más allá de esa puerta tan bien iluminada se hubiera desatado una pesadilla.


Diez menos diez.

No alcancé a llamar. Margaret abrió la puerta en el instante en que iba a tocar el timbre. Por un segundo creí confirmada mi sospecha de estar acolitando alguna travesura, pero noté enseguida que las manos le temblaban como atacadas de párkinson y tenía un ojo hinchado.
Llevaba un mechón de pelo pegado a la frente: una sanguijuela que le estaba chupando a su rostro toda expresión de vida. La bata roja que traía puesta no ayudaba mucho a disolver esa horrible impresión de desangramiento.
Sin darme tiempo de decir nada, me arrastró por el brazo hasta el lugar donde había dejado a su esposo. El tipo estaba acostado boca arriba e iba vestido con la que debía ser su ropa de trabajo. Una sábana empapada de sangre le servía de almohada. Al ver ese gesto de compasión recordé las palabras que Margaret me dijo por la tarde y supe, casi con orgullo, que había respondido bien a esta prueba inesperada para su buena voluntad.
La bala le abrió un agujero justo en el centro del mentón. Aunque la devastación del impacto alcanzaba a desfigurarle un poco la cara, por fortuna no se veían astillas de huesos asomando por ningún lado y el cerebro se había conservado en su sitio. Es más, aunque resultara tan improbable, el tipo seguía vivo.
La agitación que debió padecer al principio —tal vez desesperado ante la ineficacia del disparo, o por el dolor que le vino después del desespero— había formado a su alrededor algo parecido a las alas que suelen hacerse en la arena los muchachos que van por tarde a la playa. Cuando intentaba tragar aire, presa de algún ahogo convulsivo, le salían renovados borbotones de sangre por el punto negro de la barbilla.
Miré alrededor, pero no vi el arma por ninguna parte.


Diez en punto.

―¿Qué pasó? ―le pregunté, después que ya no encontré más cosas absurdas que preguntarme a mí mismo.
Cuando vi el rastro de sangre que salía de la habitación y se regaba en todas las direcciones de la casa, me puse a inventar suposiciones. Al final me quedé con la idea de que, después del disparo, Margaret estuvo dando vueltas sin saber bien lo que hacía, entrando y saliendo morbosamente de aquel lugar espantoso.
Tal vez tenía la esperanza de que todo aquello fuera imaginación suya. Tal vez estuviera fascinada por el olor, por el color, por el fluir despacioso de la sangre.
Hasta que decidió llamarme.
Y ahí estaba yo, haciendo preguntas estúpidas.


Ocho y cuarto.

Pero ella no se fijaba en nada y empezó a contarme lo que pasó, que es un cuento largo, hasta que entraron a esta habitación, él con síntomas de haber estado bebiendo y ella diciéndose a sí misma que no tenía derecho a reclamar.
Entonces comenzó un asunto bien raro, porque él había dicho que quería jugar con ella y sacó del bolsillo del pantalón una bata roja de seda sintética.
Ella entró al baño y se la puso.
Al regresar vio que la estaba esperando sentado en esa cama de ahí, con el revólver aprisionado entre la rodilla y la palma de la mano.
Sin darle tregua para comprender lo que vendría a continuación, empezó a preguntarle toda clase de cosas: que si era cierto que no llevaba ropa interior y estaba depilada, que si había oído decir que las perras siempre iban así porque aprovechaban para masturbarse mientras se quitaban los pelos, etc.
Y ella creyó que era parte de un juego, porque a veces jugaba conmigo a ser yo un policía corrupto y ella una ladrona desvergonzada. Había empezado a excitarse, pero enseguida se dio cuenta de que la estaba insultando en serio, hablando de algunos rumores que andaban por ahí, que eso de los rumores era para las putas, etc.
Y se le fue encima y la golpeó en la cara. Forcejearon en silencio hasta cansarse, como dos tontos que juegan. Cuando ella cayó al suelo pensando que iba a matarla, él se echó hacia atrás, se puso el revólver ahí (en vano trataba ella de señalarse el mentón mientras me contaba lo sucedido) y se disparó mientras le pedía que lo mirara a los ojos.


Diez y diez.

A esta parte llegó, como llega un inválido hasta el último peldaño de una escalera, a través de los sollozos. La saqué de la habitación y la llevé a uno de los cuartos auxiliares. Después de dejarla recostada en la cama, regresé a la habitación principal sin saber bien lo que hacía.
Presa del dolor, el hombre se revolcaba en el suelo, totalmente mudo y con los ojos clavados en la luz del techo. Por la tensión de sus piernas parecía que intentaba darse la vuelta, pero se fue quedando quieto y después cerró los ojos, agobiado por la inutilidad del esfuerzo.
Creí que había muerto y me esforcé por sentirme mal. A fin de cuentas el más perjudicado con todo esto era yo, que no podría disfrutar del estado narcótico en que se convierte el sueño cuando entras en él con la televisión encendida.
Me acerqué despacio al borde gelatinoso del charco de sangre, temiendo despertarlo de esa calma que le daba el aspecto de un niño que ha estado llorando por mucho tiempo y ahora cierra los ojos para sobrellevar el hipo.
Pese a la agitación que le arremolinaba el pecho, era claro que su rostro y sus manos habían dejado de recibir sangre.
Abrió los ojos de nuevo. Al verme empezó a agitar los brazos tratando de asirse a mis pantalones, como si quisiera arrastrarme al abismo en que se estaba hundiendo irremediablemente.
Pero él ya estaba tan lejos que me molestó al instante nuestro vacío intercambio de miradas y salí una vez más en busca de Margaret.


Después…

―¿Qué haré, dime, qué hago? ―ya estaba serena otra vez, ya era nuevamente esa mujer capaz de acostarse con su marido después de pasar la tarde en mi habitación. Pensé que la amaba más que nunca, que toda esa sangre alrededor de ella la hacía más encantadora.
Quise explicarle que, dadas las circunstancias, lo mejor era llamar pronto a una ambulancia, o a la policía, pero me limité a abrazarla con todas mis fuerzas.
―Quiero seguir siendo buena ―la oí decir con voz indiferente, como cuando me hablaba de esas cosas mientras la desnudaba por las tardes.
Me apartó con suavidad y empezó a caminar hacia la ducha. La bata se fue deslizando por su espalda hasta ser en el piso otra criatura ensangrentada. Cuando encendió la luz del baño estaba completamente desnuda, pero lo que más me sedujo fueron sus pies manchados de sangre. Sentí un golpe en el corazón cuando imaginé que se trataba de la protagonista de una novela gótica que perdió sus zapatos mientras huía de una mansión endemoniada en medio del bosque. Se veía tan indefensa, tan necesitada de alguien que restregara sus pies.
Entré al baño y me detuve detrás de ella, sintiendo apenas el temblor que parecía estar destrozando cuanto había bajo la luz de sus hombros. Abrí el chorro de agua y la acaricié despacio hasta que empezó a llorar de nuevo. Entonces me tiré a sus pies y comencé a besarlos, ciego por la idea de que era la sangre de sus plantas destrozadas. Supuse que debía ser terrible para su tierno corazón el haber caminando toda la noche entre los parajes más escabrosos de ese bosque capaz de desquiciar a cualquiera.
“Pobrecita”, pensé, mientras le acariciaba los dedos.
“Pobre mi niña”, mordiendo sus rodillas, apoyando mi subida en la curva de su espalda.
“Pero ya estoy aquí”, cuando le di a su hermosa luna el beso más decente y más tierno que nunca he dado.
“Pobres de nosotros”, cuando salí de su ombligo para besarla en la boca; cuando descubrí que había dejado de llorar, que sonaría muy desconsiderado si le preguntaba dónde había ocultado el revólver.

*Estos apuntes hacen parte del libro Un buen lugar bajo la lluvia, publicado en la colección Voces del fuego, Ediciones Pluma de Mompox, 2011.

2 comentarios:

  1. Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro.

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  2. Eso lo dijo Ciorán, y creo que en este caso vale. ;)

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