Un hombre de cuarenta años toma el autobús a las cinco y cuarenta y siete de la tarde, poco antes de que las oficinas regurgiten sobre la noche su bullente amasijo de cansancio y estrés. Se para durante algunos segundos en mitad del pasillo y recorre con la mirada las filas de asientos. Entre los pasajeros de los últimos puestos reconoce la cabeza blancuzca de un viejo amigo (que al parecer conserva la costumbre de leer la Biblia en cualquier lugar). Enseguida lo ataca la misma aprensión de siempre: el temor a encontrarse con un conocido a esas horas, el fastidio de las conversaciones automáticas e interminables que tendrán lugar si uno se deja sorprender.
Por eso se sienta, no vaya a ser que lo reconozca.
No tarda mucho en percatarse de otra presencia, esta vez desconocida pero igual de tortuosa para él. En el puesto del lado, junto a la ventanilla, va sentada una joven mujer. Nada de malo habría en ello sino fuera por que es tan bella, y en este mundo no hay cosa que le haga padecer más que la absurda necesidad de iniciar una conversación cada vez que esto pasa (aunque lo que en realidad lo tortura es su incapacidad de encontrar las palabras adecuadas).
El clima es estupendo y eso no sirve para iniciar una conversación, sobre todo cuando el trayecto no es lo suficientemente largo para saltar de ese tema hacia una cursi explicación acerca de lo bueno que es conocer personas nuevas. Sólo el tiempo de las rutas largas sería capaz de fecundar este azar; sólo un conquistador nato podría crear en tan pocos minutos esa confianza que permite esbozar la ilusión de que es posible encontrarse otra vez, en un lugar más agradable que este asiento de autobús sobre el filo de la tarde.
El cacharro avanza. El Centro histórico va quedando atrás y la ciudad se hace cada vez más fea.
Siempre lo ha aterrado un poco el sentimiento de que ir desde el Centro hacia cualquier parte de la ciudad es una especie de descenso, un sumergirse lamentablemente en la parquedad de lo que no está iluminado por el mar o refrescando por las sombras de las antiguas construcciones coloniales. Pero ni el conductor ni los pasajeros parecen percatarse de eso. Se nota que cada quien está en lo suyo: el regreso a casa, el paseo nocturno de las mascotas, el hambre, las ganas de saciar el hambre...
Tampoco ella se percata de su angustia. Mira todo el tiempo hacia afuera y él, que intuye la belleza de sus ojos, daría el resto de sus atardeceres para que ella se decidiera a mirarlo. Tal vez un gesto o una sonrisa de esa mujer pudieran darle ánimos. Pero ella sólo sabe callar, y él padece también la belleza de su silencio.
Recuerda que hace tiempo, en una época en que todavía gustaba de cruzar los límites de la ciudad, conoció a una hermosa chica en un autobús. Después de diez horas se habían amado, se habían prometido nuevos encuentros y habían desaparecido hasta el moribundo sol de hoy.
Despierta de esta ensoñación, en la que ha estado buscando valor para el presente, cuando se percata de que las calles empiezan a hacerse cada vez más conocidas. Como último recurso prueba a desplegar el periódico, que sin darse cuenta ha estado estrujando entre las manos, pero enseguida entiende que un periódico abierto no es una buena forma de despertar la curiosidad de una mujer. “Una mujer como esta”, piensa. Un hombre como él no será nunca capaz de poseerla. Se necesita… Pero él no sabe qué se necesita, y cuando el autobús se detiene accede dócilmente a su rendición.
Ya en la acera, desearía tenerla cerca otra vez, alagarla, acariciar su cabello, decirle cosas lindas (o sucias) al oído. Pero el vehículo se bambolea ya bajo la luz de los faroles. De cualquier forma, piensa, nadie podrá contradecirle cuando -en busca de consuelo- diga que esta noche hace un clima estupendo.
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