Quién iba creer que a Celso Andujar -un hombrón de
ojos bizcos y finos ademanes mujeriles- le sudaran tanto las manos. Era, sin
exagerar, como una colegiala a punto de hacer su presentación de canto el día
de las madres. Esto lo descubrimos el jueves santo por la noche, cuando llegó a
la fiesta y nos dio ese saludito tímido y nervioso que es marca inobjetable de
quienes -puertas adentro- sacian sin piedad sus más bajos apetitos.
El
resto de esa noche todo fue tomar, bailar, olvidarse de las penas propias y
ajenas. A eso de las cuatro, cuando quisimos en vano emerger indemnes de
aquella borrachera, Celso se había puesto a llorar sobre el hombro de la amiga
que lo trajo. Sin exagerar, hay que decir que ninguna colegiala es capaz de
llorar con tanta pureza y enjundia.
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