Desde que firmó sudivorcio, Abel Capado podía pasar horas enteras leyendo libros
(teológicos, de psicología, novelas, poemas…) o escuchando canciones en busca de
un personaje, de una voz que le dijera que no era ninguna desgracia el haber sido
traicionado. Tan difícil como le resultaba encontrar una salida por sí mismo,
se había entregado a la marea de los principios, a veces inconciliables, que
alimentaban el alma de esos poetas cantores, tan dispuestos para la alegría como para el lagrimeo. De modo que no lograba mantenerse sereno
durante un solo día, y tan pronto se tranquilizaba por el ejemplo de entereza de tal o cual personaje en su misma situación, como se convencía de
que había hecho mal en no matar a su mujer. Pero no siempre es fácil decidir
sobre estas cosas, y buena parte de los cuarenta y tres años que sobrevivió al
golpe fatal de esa traición los gastó leyendo sus libros y escuchando sus
canciones. Creo que llegó a tener la más grade biblioteca del desamor que se
haya conocido.
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