domingo, 30 de diciembre de 2012

Mamá viaja por la noche


Hace unos días he recibido la visita de mi madre. Cada vez que la veo de nuevo -ya sea después de un par de semanas o tras una larga temporada de ausencia- tengo la ilusión de verla emerger de una inmensa negrura. Supongo que esto tiene mucho que ver con los dos infartos que sufrió hace unos años. Fueron dos ataques terribles que, según su médico, no le destrozaron el corazón por puro milagro.
Y he aquí que antenoche realizó un viaje de nueve horas para venir a Cartagena a resolver algunos asuntos pendientes con el abogado que le está diligenciando la pensión. Durante dos días fuimos de un despacho a otro bajo un sol de cuarenta grados, sin que ninguna alusión a su corazón enfermo fuera suficiente para arrastrarla por más de media hora al reposo de un restaurante o el sosiego sombreado de alguna plaza del Centro.
Después de aquel trajín, me ha sido imposible luchar contra la nostalgia de "las matas abandonadas" en el jardín de su casa, y anoche emprendió el viaje de regreso, dejándome la impresión de haber vagado todo este tiempo de la mano de un ser inconcebible. Me ha dejado también el deseo de escribir su historia y al mismo tiempo -para precoz desconsuelo mío- la comprobación de que tal empeño demandaría una cantidad de páginas incontables y un talento que tal vez no tengo. Por tal razón, quiero limitarme a presentar dos realidades que ella ha hecho surgir ante mí.

La primera está formada por la población de sujetos maravillosos que habitan mi olvido. Es casi aterrador darse uno cuenta de todo lo que va dejando de recordar: cada una de las personas que alguna vez nos dijeron una frase cariñosa, quienes tuvieron un gesto compasivo para nuestra debilidad o alimentaron la fantasía de nuestros primeros años... Todos por igual relegados a un limbo injusto y demasiado propenso a perderse para siempre. Digo esto porque quiero agradecer y renovar la alegría (esa alegría infantil que nos dan las revelaciones) de hablar con mi madre acerca de algunas personas, muertas en su mayoría, en quienes no había vuelto a pensar una sola vez durante los últimos diez años.
Ahí está Ñelo con la blancura verdosa de su ojo derecho, su caminar inflexible apoyado sobre un bastón de cañaguate, el sombrero vueltiao y la aseguranza cruzada con una pita sobre la barriga que sobresalía por la camisa rala, siempre desabotonada.
Y la señora Rebeca, "plebe y dicharachera", abuela de Sorangel, la indiferente novia de mi infancia.
Y el finado Gustavo, que se sentaba en un taburete a la puerta de su casa y nos atrapaba en vuelo para sacarnos la "pelleja" (la técnica consistía en cogerno el pellejo de la barriga entre el dedo pulgar y el índice, estirarlo de golpe hacia arriba y soltarlo en el momento justo para ver que tanto sonaba: a más decibeles, más gordo y saludable estaba uno).
Y la diminuta señora Cristi, con sus ojitos tibetanos: abuela de Eni, nuestra nana de doce años.
Y la señora Carmen, tía lejana de mi padre, que tuvo el más famoso criadero de caballitos de palo y murió insuperada en la fórmula para hacer "arropillas".
Y el Bony, un vecino que usaba patillas al estilo escocés y de quien siempre tuve la impresión de haberle visto afeitándose con su navaja automática.
Y Pello Lindao, el gigantón, siempre dormido en una cama minúscula de la que sobresalían sus piernas desde la pantorrilla.
Y Lascarro, el viejo de la gripa interminable y los pantalones de campana, que se robaba el alambre  de púa que cercaba el cementerio para fabricar bases de tinajas.
Y Ruiz, el viejo Yenco, ñato empedernido y tontuelo de vocación: el árbitro que gritaba las faltas en vez de pitarlas; el que se anticipó a los teléfonos con cámara cuando le pidió al hijo, que vivía en Venezuela, que le comprara unos zapatos igualitos a los que tenía puestos; el inspector de policía que fue sorprendido robándose una mata de yuca.
Y al final de todos, admirado por todos, Nicanor Ortiz, mi tío-abuelo, fabulador empedernido que hace varias décadas llenó de narraciones fantásticas las noches de un pueblo sin luz: el hombre ciego que, al resplandor de los candiles, perpetuó, hecha leyenda, la historia de unos hombres cansados, analfabetos y nobles, y de unas mujeres ricas en mitos y agüeros, sabias para la crianza de los hijos y pacientes amansadoras de la tierra.

Lo otro que me ha regalado la visita de mi madre es la imagen -más o menos patética- de un bus que hiende los cientos de kilómetros de oscuridad que la separan de casa. Pero ya en este punto no logro verla a ella (a quien acompañé a la estación y despedí sin ganas de llorar pero sintiéndome más triste y más solo que nunca): no logro imaginarla unida a la imagen de este bus que viaja tan rápido hacia un amanecer en tierras lejanas.
El bus es un animal oscuro (un cuervo, un búfalo a trote sobre las secas praderas interminables) que se mueve veloz tras un chorro de luz: un animal inmenso, inmemorial de tan soñado, dueño de un corazón infatigable que lo empuja hacia las entrañas de las tinieblas... y sobre ese corazón viaja mi madre, sosegada sobre los brazos de su propio cansancio, dueña de todo eso que nunca podré saber acerca de mí mismo: dispuesta a aparecer mañana ante mis hermanas, a surgir ante ellas, como el sol, desde la inmensa negrura de la noche.


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