Hemos tenido esta tarde (a eso de las cinco y media) un "espantable" y maravilloso vendaval. El cielo se ha arremolinado sobre sí mismo y, en medio de un despilfarro de invisible fuerza y vistosa revolución, ha puesto algunos árboles, tejas y paredes con los pies para arriba.
Supongo que no puedo describir bien lo que ocurrió ante mis ojos, y mejor no lo intento. Me basta decir que, al ver todo aquello desde el tercer piso de una casa ubicada sobre una loma, comprendí definitivamente por qué Joseph Conrad, hombre de mares agitados, se inclina tan poderosamente hacia "el corazón de las tinieblas", a las potencias oscuras que están siempre como a punto de engullir el mundo entero, a la sorda y ominosa fuerza natural que a veces parece distraerse dando muestras de su potencia destructora...
De no ser porque mucha gente sufre de veras con estas tormentas; si no fuera por la humillación que encierran, me atrevería a decir que me gustan estos "espectáculos naturales", con su inquietante revoloteo de pájaros enmudecidos. Nada, ni siquiera el crujido de los techos, ni la danza macabra de los árboles, ni la eventual explosión de una sirena en esas circunstancias, nada refleja mejor el tamaño de aquella conmoción como el vuelo de los pájaros. Sólo pensar en sus ojos desorbitados por la desesperada lucha contra el elemento que los sacude tan terriblemente me pone los pelos de punta: imagino que aquella lucha contra ese gigante invisible es como la de un hombre desesperado que se enfrenta, inerme, a la furia de un dios en medio de la noche del alma.

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