Justo estaba yo hablando de lo grande que era el mar, de lo pequeña y rotunda que se veía la ciudad desde allí (por dentro me preguntaba qué significaría poder ver esto todas las mañanas), cuando él cortó mi asombro con aquella frase:
-De tanto sonreírme la vida -dijo, con su tono de siempre-, le ha quedado una mueca que ahora no sé si es de dolor o de desprecio.
Después nos pusimos a contar lo que nos había pasado durante tantos años de separación. Yo dije todas las mentiras que pude para ocultar la frustración de estar pobre y casado, pero acostumbrándome definitivamente a lo que tenía. Él, por su parte, se empeñó cuanto pudo en arrancar las sábanas de despecho que sus palabras habían dejado caer sobre los caros muebles de su apartamento.
Intentos vanos de engañarnos, sinceros intentos de no lastimar la amistad ambiciosa y soñadora que en días muy remotos habíamos tenido.
Excelente narrativa. Amigo estaremos celebrando los premios que le depara la vida.
ResponderEliminarMi estimado, escritor que buen escrito.
ResponderEliminar