

En los días de mediados de abril es una delicia mirar por la ventana. La clase es estupenda, como todas las del profesor de Literatura Oriental, y por eso al joven J... ese placer que da la vista del jardín se le ha vuelto medio pecaminoso.
Al otro extremo del salón, M..., la menuda y hermosa M... (quien además es heroína de los poemas de J... y objeto terso y despiadado de todas sus fantasías juveniles) levanta la mano y pregunta algo: una de sus tiernas bobadas. El profesor ha sido claro, contundente, dando otra muestra de su conocida fama de pedagogo inalterable.
Todo cuanto se había sacudido ante aquella duda, volvió enseguida a su lugar.
J... ha querido volver entonces a la contemplación de los girasoles y el césped reverdecido que bordean su salón, pero la voz varonil de A..., su compañera de fila, lo retiene:
--Profesor, ¿usted por qué sabe tanto?
Esta vez se genera una tensión distinta. El salón se llena con el aleteo de nuevas dudas, con murmullos y susurros que saltan de un puesto a otro.
--Porque tú sabes muy poco, hija --responde el profesor con una plácida sonrisa (quien lo conociera tan bien como J... sabría que en realidad está desconcertado por el descaro de su propia astucia).
La clase se sume entonces en uno de sus mejores silencios.
Súbitamente entristecido, J... ha perdido las ganas de mirar hacia el jardín.
Mi amigo Ricardo nos sorprende a diario con sus ocurrencias. Felicidades. Pronto estarás entre los grandes.
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