"Muchos hijueputas", fue lo único que dijo mi compañera cuando me encontró recostado contra la puerta de la caseta con un tiro en el ombligo.
Sin perder tiempo montó el revólver y salió corriendo hacia el portón auxiliar, el lugar que señalaba mi mano ensangrentada. Un momento después oí varios disparos. El eco de los tiros, magnificado por el espacio inmenso de la bodega, me hizo temer que hubiese vaciado su arma. Después escuché tres totazos de aquella maldita nueve milímetros, pero me tranquilizó enseguida la respuesta de la vieja treinta y ocho. Así se siguieron oyendo durante un par de minutos, tiros bien calculados, ya sin el descontrol de los primeros. Tiros exentos de odio, llenos de mala intención.
Por eso me entregué a la confianza de que, si no le había dado a los ladrones, al menos habría encontrado la manera de mantenerse a salvo mientras llegaban los refuerzos de la policía. Pero entonces sonó un fuerte estampido y se abrió este silencio que lo envuelve todo desde hace una hora, esta inmovilidad que acentúa tan terriblemente el dolor de los primeros calambres.
Estimado escritor, que bueno.
ResponderEliminarestimado escritor, usted es bueno jajaja. excelente. Lo felicito
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