Porque es el error lo único que justifica el tesón de estas ganas de vivir: sólo el inevitable deseo de que las cosas no sean como tienen que ser.
domingo, 11 de marzo de 2012
Metamorfosis
Pocas veces la había visto lucir tan hermosa. Aunque llegaba en un momento en que me faltaba tranquilidad para darme cuenta de cosas como esa, noté enseguida que algo había pasado en su rostro, o en su pelo, que la hacía particularmente atractiva. A simple vista ella es lo que suele calificar como una mujer agraciada, pero, insisto, yo nunca había notado la inviolable claridad de sus ojos, el engarce exacto que hacen su mandíbula y su barbilla, el tenue desplazarse de su cuerpo espigado y perfecto.
Debo confesar que nunca me he sentido cómodo cuando estoy frente a una mujer hermosa, aun si quien está frente a mí es la propia Silvana, la mujer esta que dice amarme, que no se ha guardado nada y de quien puedo esperarlo todo con tan solo abrir la boca o estirar la mano. Imagino que me intimidan, que encierran una especie de elogio que desde mi humilde (y humillada) humanidad no creo merecer. Porque si algo se puede decir de mí es que soy de los tipos a los que se les puede decir feo sin cargos de conciencia. Feo a secas. Un feo rotundo.
Pero ya se ve: ella ha vuelto. Y esta vez está más hermosa que nunca. Un poco más llenita, tal vez, pero con una especie de énfasis en cada parte de su cuerpo, con los rastros notables de una esmerada tarde de embellecimiento. Tal vez calculo mal, pero hace casi un mes que no la veo. Y lo peor es que ahora siento que la he estado extrañando sin darme cuenta. Siento que me duele el haberla dejado ir… el haberla echado después de una discusión que ahora me parece absurda. Cómo pude hacer aquello, me digo, ¡qué feo soy también por dentro!
He sentido ganas de decirle todo esto, pero me detengo y la dejo entrar. Le abro mi casa y mi vida, alentado esta vez por el atontamiento, o tal vez por un involuntario gesto de galantería. La invito a pasar, a sentarse en el mueble de la sala mientras me dirijo a la cocina por algo de beber. Pero ella me dice a secas que necesita hablar conmigo:
—Necesito que hablemos —me ha dicho, y hay en esa frase un dejo de tristeza que está a punto de conmoverme.
—Está bien. Hablemos… pero déjame ofrecerte algo de beber. Tengo algunas cervezas en la nevera.
—Agua está bien. No puedo tomar.
—Muy bien. Ponte cómoda.
Dispuesto a aceptarlo todo, cada vez más consciente de que nunca he querido perderla (a pesar de lo que dije la última vez que la vi), voy por dos vasos de agua.
—Estoy embarazada –me ha dicho al verme volver de la cocina.
Está sentada en el mueble verde de la sala. Se ha cruzado de piernas, y por primera vez noto que ha engordado más de la cuenta, que unos gorditos diabólicos le asoman por debajo de los codos. Vista bajo la luz de la lámpara de la esquina, se nota que durante todo este tiempo que estuvo ausente no ha hecho más que dormir y comer. Basta ver sus ojos medio estúpidos, sus labios demasiado gruesos, la horrible malicia que le ha crecido por todas partes... la invencible decisión que le veo, mientras vacía su vaso de agua, de instalarse en mi vida para siempre.
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este texto es incuestionable, dentro de lo literario.el tema y los personajes tácticos y reales y el personaje aun mas intactil; el hijo.
ResponderEliminarMe gusto, "GORDITO" que combina muy bien con el despectivo de feo por dentro y por fuera.