Esta tarde, entrando a Crespo, hemos caído en un trancón de dos horas.
Un estudiante de lengua embarrada en francés (luego supe, por uno de sus compañeros que ha pasado sus nueve años entre Francia, Rusia, Israel y Colombia) estuvo a punto de enloquecer cuando le informé que, según mis cálculos, en lugar de a las tres y diez, llegaría a su casa después de las cinco. Creo que sacó cuentas y no quedó contento: todo su delirio –acentuado terriblemente por sus grandes ojos enrojecidos- consistía en exclamar, entre dientes fuertemente apretados, que llegando a esa hora sólo le quedaría una antes de irse a dormir.
En algún momento me pidió que le permitiera bajarse, explicándome que haría a pie el resto del trayecto hasta Bocagrande:
-Pero a pie son tres horas más –le expliqué para desconsolarlo.
Detuvo sus quejas por un momento (por lo que se ve, para sacar de nuevo sus cuentas), y luego me espetó, como diciéndome con gestos: “idiota, pero es que no lo ves”:
-Entonces llegaré a las ocho y podré estar despierto más tiempo.
Me sentí vencido. Quise ser vil, recriminarle que sus molestias de ahora no eran nada en comparación con las padecidas pos los niños pobres de esta ciudad… hasta pensé en los niños judíos como él de hace setenta años. Pero me contuve. Callé y le dejé estar con su rabia y su locura.
Al final sólo me reservé un pequeño y miserable triunfo. En el momento de entregarlo a su madre, le dije al oído:
-¿Ves que no era tan grave?
Pero el muy cretino estaba sordo de felicidad y se arrojó riendo a los brazos que lo esperaban abiertos en el andén.
Ahora que lo veo con calma, creo que lo peor de todo fue el engaño en que me pusieron sus cálculos. Según lo que decía sobre tener que irse a la cama a la seis, llegué a creer que su madre era la típica tirana, puta, gruñona, castigadora implacable. En cambio, me encontré ante una mujer —ciertamente hermosa— que lo recibía con besos por todas partes y le decía, entre mimos empalagosos:
— ¿Cómo está mi rey, mi actorcito de mamá?.
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