domingo, 18 de septiembre de 2011

Sin título


Sopor aeternus, Las flores del mal


Si quieres ir desde aquí hasta la casa de Mary, tienes que elegir al menos entre dos caminos. Ya sabes que todas las calles conectan con todas, y que es por eso que no se pierden los mensajeros, pero eso no es lo que a ti debe importarte ahora. Así que puedes ir en bus o a pie, y eso quiere decir que o vas por la Avenida o atraviesas la alameda y tomas el puentecito de madera que está antes del cementerio. 
Hace dos días estuve pensando seriamente en ir a su casa. La llamé y quedé con ella en llegar a las seis. Había sido un día soleado, y la verdad es que no tenía ganas de calentarme en vano. El sol no me gusta mucho, y creo que es por eso que tolero mi trabajo en la librería. Todo el tiempo estoy encerrada entre libros nuevecitos. 
Apenas refrescó la tarde me fui caminando. Después de cruzar el puente debí andar largo rato al pie del muro que bordea el cementerio. Hacía una brisita fresca que llenaba el sendero con el olor de las flores que adornan las lápidas. No sé porqué, pero me puse muy contenta de saber que ese cementerio es el lugar más bello que conozco. A veces pienso en él como en una primavera: así debe de ser la primavera, como el cementerio central, lleno siempre de flores frescas… oloroso el aire que se respira cuando decides caminar al pie del muro… inigualable la vista cuando te subes al parapeto de la Avenida y lo ves todo de frente, multicolor, vivo, con personas marchitas que caminan entre las flore preguntándose cómo se sentirá estar muerto. Y veces también se me ocurre que seguramente así es el cielo, como una primavera llena de muertos y de un intenso olor de flores. 
El caso es que ahí estaba yo, con deseos de ver a Mary y respirando como cansada por culpa de las flores que invadían con su olor aquel sendero medio oculto entre la hierba. Y el olor me siguió mientras subía el parapeto de la Avenida para tomar la calle que va directo hasta la casa de Mary, y se pegó tanto a mí, que al fin me tocó reconocer que tenía ganas de entrar al cementerio. Muchas veces había hecho este mismo recorrido y ahora entendía que siempre tuve ganas de verlo por dentro. A esa hora, con el trasfondo gris de un día que ya empezaba a dar sus últimos suspiros, las flores no eran tan vistosas como por la mañana, pero quise entrar y bajé por la vereda. 
El vigilante trató de impedirme la entrada, alegando que pronto iban a cerrar, pero le expliqué que tenía que decirle algo a mi madre, pues la pobre había estado tan sola hoy que cumplía dos años de muerta, y que yo había viajado durante muchas horas para venir a hablar con ella. Y me creyó el buen hombre. Y casi llora, pero no dejé que me acompañara. Tuve que decirle que me sentiría mejor si podía estar a solas con mi madre.
Como quien sabe bien hacia donde se dirige, me decidí por el parque de la izquierda. Tal vez sólo quería ver qué clase de flores eran las que lanzaban su olor hasta la calle. El vigilante me seguía mirando y yo no quería que fuera a pensar mal de mí, y por eso llegué junto al muro y elegí pronto una lápida. La estuve viendo un buen rato, y pensé que debía parecerme realmente a una persona que contempla la tumba de su madre. Luego anduve un poco entre todas aquellas lápidas cubiertas de flores, leyendo nombres, calculándole edades a la muerte, viendo en los epitafios el dolor y el alivio y la alegría de las familias… y pensé que la muerte como que duele en la misma parte y que es verdad que los muertos no son malos. 
Y de pronto todo se volvió como si yo fuera la persona más solitaria del mundo, y como que todos esos muertos fueran míos, como que yo los hubiera perdido a todos ellos, y no aguanté, te lo juro, y empecé a llorar. Y lloré como creo que nunca he llorado en mi vida, como cuando sueño que veo mi propio cadáver. Me sentí sola, me vi sola, y no pude más que llorar por mí y por todas esas personas muertas y por las que paseaban aún entre aquel reguero de flores medio marchitas, y pensé que este llanto mío, mi cara llorosa, mi forma de llorar, me entiendes, se había muerto ya un montón de veces en las abuelas mías que no conocí, y seguiría muriéndose después. 
No sé porque piensa una en esas cosas, y estaba a punto de reírme de mi locura, pero cuando noté que muchas de aquellas flores eran de plástico empecé a llorar de nuevo, duro… casi aullaba, creo. Me dolía tanto que, después de todo, los muertos estuvieran tan solos. Que lo peor de la muerte sea estar muerto y no poder decirle uno a quien lo visita: “esas flores no me gustan” o “me siento sola, ven a verme con más frecuencia” o “siento que me pudro por dentro”. Maldito invento el de las flores artificiales, tan hipócritas las malditas flores de pasta, y maldito seas tú si te atreves a llevarme de esas cuando me muera. No me vayas a hacer eso, porque pensaría muy mal de ti. Pensaría que eres un desgraciado hipócrita.
Creo que fue por eso que Mary se enojó conmigo, porque dice que me esperó hasta tarde y no llegué. Y después no he sabido nada más, sólo que no quiere hablarme. Pero bueno, allá ella.    

1 comentario:

  1. Excelente, andando caminos en una oscura y clara realidad entre los muertos que son de todos. Flores plásticas, sin saber a ciencia cierta cuando cumplir la cita.

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