lunes, 9 de julio de 2012

Una casa con jardín


Agosto 17 de 2008.

Hoy nos hemos mudado nuevamente. Es la tercera vez que lo hacemos este año. Katty no se siente bien, y parece que será muy difícil encontrar un lugar que sea capaz de brindarle la tranquilidad que tanto necesita. Después de su caída las cosas no marchan como esperábamos, pero qué le vamos a hacer.
        La casa es muy bonita, y al menos tengo la seguridad de que a Katty también le ha gustado. Es más, sé que no son propiamente los lugares los que la molestan, sé que se conforma con una habitación en que las cortinas estén siempre corridas. El barrio es muy tranquilo, y lo que más me complace es que esta vez tendré la oportunidad de cultivar un jardín. Espero que nos dure.

8:30 p.m.

Hemos cenado en la habitación pri.ncipal. El comedor está desordenado todavía. Durante la tarde he estado recorriendo el piso de arriba, dándome cuenta de la mejor forma de mantener las habitaciones con buena ventilación. Sé que Katty no querrá abrir la suya, pero para mí el asunto de la ventilación es fundamental, estoy convencido de que uno debe mantenerse rodeado de buen aire.
        En el desván que se abre sobre el cielorraso, he encontrado un par de cajas llenas de polvo y de objetos viejos. Adornos navideños, juguetes rotos, trozos de encaje, algunos álbumes, un manojo de cartas, un juego completo de medias de bebé.
        He estado viendo todo eso por un buen tiempo, y me ha llamado mucho la atención una carta que dirige una señora Francisca Olivares a una amiga. La he leído varias veces. Luego he buscado en vano una carta de contestación o cualquier otra cosa que me permita comprender un pasaje oscuro que aparece hacia la mitad de la carta. Me extraña que no tenga ninguna conexión con el resto de cosas que escribe.
        Ahora lo consigno:
…Había pensado escribirte sobre la historia de Martha y su padre. Quería darte cada detalle de cuanto supe, pero al final he jurado silencio. Creo que no podía hacer menos por ella. Cosas terribles suelen suceder bajo los techos donde vive la gente común, y las puertas que vemos todos los días, mientras vamos al trabajo o salimos de compras, ocultan secretos que de ser oídos harían llover sangre. Sólo eso digo, en la esperanza de que Martha algún día deje de sentirse miserable. A fin de cuentas, no he podido pensar en el asunto sin llegar a la conclusión de que ella sólo ha sido una mujer inocente con un destino muy triste...
        Espero que más tarde podré revisar estos papeles con calma. No sé si contarle a Katty, ella es muy supersticiosa y es muy probable que todo esto la intranquilice. No quisiera tener que mudarme otra vez.

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