jueves, 12 de julio de 2012

Las minificciones y yo


Ya sé por qué no me gustan las minificciones (o, para ser más justo, por qué en el fondo no puedo dejar de menospreciarlas). En literatura, como en la vida cotidiana, soy amante de los personajes: de los conmovedores, los sinceramente cursis, los atormentados, los triste, los frívolos sin aspiraciones de profundidad, los lascivos, los confundidos y los demasiado claros…
Los personajes cotidianos son una muestra de vida espontánea y a veces uno piensa que el mundo no anda bien cuando conoce un carácter dislocado, una persona de esas que no encajan; pero, en general, uno puede confiar en que el destino de las gentes dicta que las cosas sean como tienen que ser. Aunque esto suene despiadado o conformista, cada vez me convenzo más de que la cuestión es así.
Los seres literarios, en cambio, son resultado de un gesto premeditado, y en esa medida están bien o mal hechos. Todos son como esa criatura que el doctor Frankenstein hizo con retazos de varias personas: una abstracción abarcadora de una idea del sujeto, una muestra más expresiva de la complejidad humana. Pero por eso mismo viven el riesgo de la creación, la posibilidad de que alguno de sus elementos constitutivos quede fuera de lugar.
En ambos casos, los personajes se definen en sus gestos y a veces la claridad o la confusión que nos inspiran están marcadas por la realidad interior que nos revela el tono de sus palabras. Y como los gestos varían y una de nuestra obsesiones más arraigadas es el deseo de darle justo valor a nuestras palabras, nunca el instante de un párrafo o una página darán cabida suficiente a la complejidad de las razones que tiene un personaje para decir o hacer. En la reiteración se confirma la verdad más elemental de nuestro carácter, y si hay algo de lo que podremos dolernos es de nuestra incapacidad para aprender a actuar por fuera de nuestra triste naturaleza. Siempre actuamos igual, por más que nos hayamos flagelado ante una actuación pasada, porque hay voces e impulsos dentro de nosotros que asumen el control cuando nuestra conciencia se torna incapaz de tomar decisiones. Siempre envidiamos al que vemos actuar como nosotros pensamos que debiera actuarse, sobre todo porque nuestra lectura de sus actos es más equivocada de lo que estamos dispuestos a aceptar y porque generalmente uno ignora la pobre criatura que habita en el corazón y la cabeza de los hombres de mayor entereza.
La reiteración, digo, es difícil dentro del corto espacio de una página, y creo que se torna imposible cuando nos circunscribimos a un párrafo o una línea. Al menos se vuelve imposible hacerlo sin que se vea el artificio, sin que eso le reste efectividad.
No es que la extensión garantice nada, e incluso podemos afirmar que suele ser uno de los peores males de la literatura, pero es que a cada cosa debe corresponderle su justa medida, y la vida de un hombre y lo que la define (me refiero a la singularidad que la define) difícilmente cabrán en un espacio en el que hay apenas lugar para un atisbo de genialidad o sorpresa. 


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