martes, 10 de julio de 2012

Historia local de la infamia 3: Una mujer a una nariz pegada



Sospecho que nunca olvidaré la nariz de Dania. Es una nariz ajena, per se, a cualquier rostro que uno quiera asociar con la belleza. Una nariz arbitraria, autónoma, con una especie de vida interior atormentada que la mantiene constantemente a punto de explotar. Al ver sus puntitos negros y esa fuerte contextura que la hace tan despótica y audaz, uno no puede dejar de pensar en un vigoroso y libre albedrío: en un maquiavelismo despiadado.
       Al encontrarme con Dania cada mañana, debo luchar irremediablemente con la tentación de darle a esa nariz los buenos días. Por fortuna, siempre consigo contenerme y hablo con Dania de la manera más natural que puedo. Como quien dice, escarbo el cielo buscando pájaros madrugadores, con tal de no mirar su nariz. Es la única forma que encuentro de no entregarme sin vergüenza a un estudio detenido de aquella maravilla de la desproporción.
        Pero ella (Dania, quiero decir) es muy buena gente, a pesar de toda la maldad que uno pudiera endilgarle a causa de aquel terrible atributo. A lo mejor, ahora que este viaje me aleja de mi antigua vida, me olvidaré pronto de Dania; pero temo que el recuerdo de su nariz tendrá también el coraje de ir al pie de mi cama de viejo para cerrarme los ojos muertos.

1 comentario:

  1. Esta trama me recuerda el cuento La nariz de Gogol, en ella esta se manifiesta como la condición casi que carituresca de los defectos físicos que uno se mete en la mente o mas recuerda de una persona mas que sus atributos nobles o su personalidad. Me gusta este micro relato

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